miércoles, 8 de enero de 2014

El experimento Milgram

En 1961 Adolf Eichmann fue juzgado y sentenciado a muerte en Jerusalén por sus crímenes contra la humanidad durante el nazismo. Era responsable de logística en el transporte de judíos a campos de concentración y participó de algún modo en el Holocausto. Su defensa fue que él estaba cumpliendo órdenes superiores, que él no sólo no era antisemita, además tenía familiares judíos.
El psicólogo de la universidad de Yale, Stanley Milgram, famoso también por haber participado en la también polémica “Teoría de los 6 grados de separación”, se preguntó si eran posibles los argumentos de la defensa del criminal nazi. Para ello elaboró diversos estudios, siendo éste el más famoso:
A través de anuncios en un periódico se reclamaban voluntarios para participar en un ensayo relativo al “estudio de la memoria y el aprendizaje”, por lo que se les pagaba 4$ más dietas. A los voluntarios que se presentaron se les ocultó que en realidad iban a participar en una investigación sobre la obediencia. Los participantes eran personas de entre 20 y 50 años de edad y de todo tipo de educación.
El experimento requiere tres personas: El experimentador (el investigador de la universidad), el “maestro” (el voluntario que leyó el anuncio en el periódico) y el “alumno” (un cómplice del experimentador que se hace pasar por otro participante en el experimento). El experimentador le explica al participante que tiene que hacer de maestro, y tiene que castigar con descargas eléctricas al alumno cada vez que falle una pregunta.
Separado por un módulo de vidrio del “maestro”, el “alumno” se sienta en una especie de silla eléctrica y se le ata para “impedir un movimiento excesivo”. Se le colocan electrodos en su cuerpo y se señala que las descargas pueden llegar a ser extremadamente dolorosas pero que no provocarán daños irreversibles.
Se comienza dando tanto al “maestro” como al “alumno” una descarga real de 45 voltios a fin de que el “maestro” compruebe el dolor del castigo y la sensación desagradable que recibirá su “alumno”. Seguidamente el investigador, sentado en el mismo módulo en el que se encuentra el “maestro”, proporciona unos cuestionarios que debe responder correctamente el “alumno”. Si la respuesta es errónea, el “alumno” recibirá del “maestro” una primera descarga de 15 voltios que irá aumentando en intensidad hasta los 30 niveles de descarga existentes, es decir, 450 voltios. Si es correcta, se pasará a la palabra siguiente.
El “maestro” cree que está dando descargas al “alumno” cuando en realidad todo es una simulación: El “alumno” finge sentir dolor. Así, a medida que el nivel de descarga aumenta, el “alumno” comienza a golpear en el vidrio que lo separa del “maestro” y se queja de su condición de enfermo del corazón, luego aullará de dolor, pedirá el fin del experimento, y finalmente, al alcanzarse los 270 voltios, gritará de agonía. Si el nivel de supuesto dolor alcanza los 300 voltios, el “alumno” dejará de responder a las preguntas y fingirá estertores previos al coma.
Por lo general, cuando los “maestros” alcanzaban los 75 voltios, se ponían nerviosos ante las quejas de dolor de sus “alumnos” y deseaban parar el experimento, pero la férrea autoridad del investigador les hacía continuar. Al llegar a los 135 voltios, muchos de los “maestros” se detenían y se preguntaban el propósito del experimento. Cierto número continuaba asegurando que ellos no se hacían responsables de las posibles consecuencias. Algunos participantes incluso comenzaban a reír nerviosos al oír los gritos de dolor provenientes de su “alumno”.
Si el “maestro” expresaba al investigador su deseo de no continuar, éste le indicaba imperativamente y según el grado:
  • Continúe, por favor.
  • El experimento requiere que usted continúe.
  • Es absolutamente esencial que usted continúe.
  • Usted no tiene opción alguna. Debe continuar.
Si después de esta última frase el “maestro” se negaba a continuar, se paraba el experimento. Si no, se detenía después de que hubiera administrado el máximo de 450 voltios tres veces seguidas.
Antes de llevar a cabo el experimento, el equipo de Milgram estimó cuáles podían ser los resultados en función de encuestas hechas a estudiantes, adultos de clase media y psicólogos. Consideraron que el promedio de descarga se situaría en 130 voltios con una obediencia al investigador cercana al 0%. Todos ellos creyeron unánimemente que solamente algunos sádicos aplicarían el voltaje máximo.
Sin embargo, resumiendo mucho (pues el experimento da para muchas conclusiones),  se comprobó que el 65% de los sujetos que participaron como “maestros” en el experimento administraron el voltaje límite de 450 a sus “alumnos”, aunque a muchos les colocase el hacerlo en una situación absolutamente incómoda. Ningún participante paró en el nivel de 300 voltios, límite en el que el alumno dejaba de dar señales de vida.
Ninguno de los participantes que se negaron a administrar las descargas eléctricas finales solicitaron que terminara el experimento (que se dejaran de realizar ese tipo de sesiones) ni acudieron al otro cuarto a revisar el estado de salud de la víctima sin antes solicitar permiso para ello.
En 1999, Thomas Blass, profesor de la universidad de Maryland publicó un análisis de todos los experimentos de este tipo realizados hasta entonces y concluyó que el porcentaje de participantes que aplicaban voltajes notables se situaba entre el 61% y el 66% sin importar el año de realización ni la localización de los estudios.
Una de las conclusiones de esto es muy dura pero a la vez muy obvia: Una mayoría de seres humanos obedece a otro que considera superior antes que plantearse lo que está haciendo ni por qué lo está haciendo. Personalmente, no entiendo el desconcierto que sufrió Milgran al ver los resultados, es algo que ha pasado en los ejércitos toda la vida cuando ha habido guerras: colocar la obediencia al superior por encima de la piedad hacia otro ser humano. Y que desde luego explica la excusa utilizada por los alemanes que apoyaron a Hitler o los soviéticos que apoyaron a Stalin: ¿Dónde está la frontera entre la culpa por obedecer y la responsabilidad individual? Tema demasiado espeso pero que desde luego da que pensar.
¿Y qué tiene que ver todo esto con la economía? Fácil, ¿Quién ostenta la autoridad en este planeta? O dicho de otro modo, ¿quién percibe el ciudadano que es el que manda en por ejemplo España? El gobierno estatal, el presidente autonómico, el alcalde…ellos son la autoridad y su mensaje era muy claro antes de la crisis (y en la actualidad no ha variado tanto): “consumid, aunque tengáis que endeudaros, para generar más ingresos” No sólo nunca se fomentó el ahorro ni la prudencia, no sólo jamás se pensó en educar al pueblo con nociones básicas de buena administración de los ingresos y los gastos, es que se fomentó desde todas las administraciones lo que ha originado esta debacle: consumo desmesurado y endeudamiento, pues se promovía el negocio inmobiliario sabiendo que sólo unos pocos no necesitaban hipotecas para pagar. Si ellos mandan y ellos hinchan y fomentan las burbujas, sólo un pequeño porcentaje de la población puede sustraerse a esa obediencia -que además apela a sentidos muy arraigados en el ser humano como por ejemplo el imaginarnos siempre un futuro mejor-, a esa fe ciega en que el que manda hace lo que hace porque sabe más que nosotros.
Tremendo error, puesto que nuestros gobernantes lo que han demostrado es que miran más por el corto plazo incluso que nosotros. Pero desde luego, Milgram nos ha dado la excusa perfecta para echar las culpas a otro. ¿A ti te sirve?
PD – Como curiosidad, hay que decir que muchos han criticado los métodos de dicho estudio por “inmorales” pero el 84% de participantes dijeron a posteriori que estaban “contentos” o “muy contentos” de haber participado en el estudio.

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