El “problema” demográfico

Si hacemos una encuesta a unos pocos miles de españoles y les preguntamos cómo es que no leen más, que hay datos que demuestran que la sociedad cada vez lee menos, estoy convencido que la mayoría diría que es por falta de tiempo. Y casi seguro que afirmarían que si tuvieran ayudas para trabajar menos horas, leerían más. No sé si alguno de vosotros os lo creeríais pero yo desde luego no. Y me pasa lo mismo cuando preguntan en sondeos a las parejas si desean tener más hijos y la mayoría contesta que sí y que si no tienen más la causa es que no tienen suficientes guarderías, permisos y//o bonificaciones económicas. Y no me lo creo porque no es una cuestión de facilidades, países que dan muchas y desde hace muchos años no tienen precisamente una alta tasa de natalidad y otros mucho más pobres y con menos medios, sí que las tienen. En cuanto tenemos mejor calidad de vida apreciamos más el ocio que podemos disfrutar y decidimos tener menos hijos. Esta conclusión puede no gustar a mucha gente pero la cuestión es si es cierta o no. Saber si tengo o no razón es importante porque si la tengo todas las medidas para fomentar la natalidad tendrán un alto coste económico sin apenas resultado cuando es mucho más fácil respetar la decisión de las personas y no gastar dinero de todos en premiar a la minoría que quiere tener más hijos.

Esto puede parecer una blasfemia porque hay un consenso general que aboga por la necesidad de un aumento de la natalidad pero dejadme que me explique. Primero vamos con datos: En cuanto una economía tiene éxito y desarrollo económico, su fertilidad cae por debajo de la tasa de reemplazo (2). Japón tiene 1,48, Corea del Sur 1,32, Taiwán 1,22, Vietnam ya está en 1,95 tras años de fuerte crecimiento demográfico. China puso fin a su política del hijo único en 2016, ese año hubo 17,86 millones de nacimientos pero el año pasado sólo fueron 15,23 millones, una cifra inferior a la del 2015 (16,55 millones) cuando seguía vigente esa norma. El patrón claro es que las economías exitosas tienen menores tasas de fertilidad: la de Chile (1,76) es menor que la de Argentina (2,27), y los estados indios más ricos, como Maharashtra y Karnataka, ya exhiben tasas de cerca de 1,8 mientras en los estados más pobres de Uttar Pradesh y Bihar todavía se observan tasas de fertilidad por encima de 3. Creo que de esto se puede inferir que no es cuestión de posibilidades económicas, sino de voluntariedad.

Los investigadores Darrel Bricker y John Ibbitson han identificado que desde que las tasas de fertilidad de Estados Unidos y Europa Occidental bajaron de la marca de 2 en la década de los 70, solo ocurren tasas mayores puntuales allí donde los inmigrantes de primera generación de países más empobrecidos las traen consigo y ponen como principal ejemplo de esto a los Estados Unidos. Es importante la apreciación de “primera generación” porque lo cierto es que también los emigrantes acaban reduciendo su número de hijos en los países ricos, una argelina media tiene muchos más descendientes hoy que la francesa de hoy que es nieta de la argelina que emigró hace más de medio siglo. Y no soy el único en pensar así, según Adair Turner “En todas las economías exitosas en que las mujeres están bien educadas y son libres de elegir si tener hijos, existe una tasa de fertilidad inferior al reemplazo, resultante del promedio de conductas individuales diversas. Por lo general, entre un 15 y 20% de las mujeres eligen no tener hijos, muchas optan por uno o dos, y algunas por más todavía. Todas sus opciones son dignas de respeto. En contraste, gobernantes masculinos autoritarios y chovinistas, como el Presidente ruso Vladimir Putin, el Presidente turco Recep Tayyip Erdogan o el Presidente brasileño Jair Bolsonaro ven el crecimiento demográfico como un imperativo nacional y una alta fertilidad como un deber femenino”.


Él va más allá y defiende un cierto declive demográfico como algo positivo (“mientras más baja sea la población mundial, menos grave será la competencia por el uso de las tierras a causa de la creciente demanda de alimentos, la necesidad de generar bioenergía en una economía con nivel cero de emisiones de carbono y la deseabilidad de preservar la biodiversidad y la belleza natural”) pero hoy no voy a entrar en ese espinoso asunto sino en que es evidente que el mundo no sufre un problema de escasez de personas sino de correcta distribución: es absurdo que haya países sobrepoblados que sean pobres mientras otros ricos están necesitando jóvenes. Las previsiones de población mundial para 2050 han aumentado desde 9,2 mil millones en la proyección realizada en 2008 a 9,8 mil millones en la última revisión de 2017. El Medio Oriente y sobre todo África, que según estimaciones de la ONU, podría pasar de los 1,3 mil millones actuales a 4,5 mil millones para 2100, tienen la culpa.


En cuanto a la falta de jóvenes en Europa como problema económico, una manera de arreglarlo es la emigración y si la conseguimos regular tiene además la ventaja de verse sus efectos benéficos en muy corto espacio de tiempo, desde luego mucho más que aplicar unas políticas de fomento de la natalidad, costearlas y esperar que tengan éxito disparando de momento los costes en educación y quizás obtener réditos dentro de 25 años si empiezan a trabajar y pagar cotizaciones sociales… cuando ni siquiera sabemos si dentro de un cuarto de siglo habrá puestos de trabajo para ellos. Por eso países como Alemania han aumentado su cupo de emigrantes y han favorecido la llegada de refugiados: tienen casi pleno empleo y la necesidad de frenar el envejecimiento poblacional ya, no pueden esperar a que los alemanes nativos se pongan a practicar sexo sin usar anticonceptivos, algo que no hacen a pesar de todas las ventajas que les ofrecen en aquel país. Yendo al caso español, una cosa es, por ejemplo, fomentar desde el gobierno la conciliación laboral, que es algo útil y justo para todas las parejas, procreen o no, y otra pretender que un país con tanta deuda y paro como España aumente el gasto con más ayudas y reduca su ya débil productividad aumentando permisos maternales y paternales, para quizás tal vez conseguir que nazcan más niños en España hijos de españoles y empiecen a ser productivos para la mitad del siglo.

En resumen: somos ya muchos en el mundo, es absurdo fomentar que aumente la natalidad, lo que hay que hacer es distribuir mejor la población que ya existe. Y si queremos niños, ¿por qué no facilitamos las adopciones internacionales? Hoy son procesos caros y lentos y se ha llegado a un punto que el año pasado en España el número de adopciones nacionales (680) superó por primera vez en 20 años al de las internacionales (531), cifras ridículas. La llegada de bebés y niños no tiene el choque “cultural” de los emigrantes adultos ya que se educan aquí. Y quien quiera tener hijos biológicos, que los tenga por supuesto pero basta ya de decir que no se tienen porque la administración no ayuda más. Ayudaba menos hace 25 años –no digo ya 50- y las familias eran más numerosas. Más allá de factores como la incorporación de la mujer al mercado laboral, mejores y más accesibles anticonceptivos y el aumento en la edad del matrimonio, en las sociedades más desarrolladas del planeta hay una mayoritaria decisión voluntaria de tener menos hijos que antes no existía y que tampoco sucede –aún- en otras culturas. Eso es un hecho, y hay que respetarlo.

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