miércoles, 12 de febrero de 2014

Impuestos

Es evidente que los humanos a veces necesitamos excusas para mostrarnos como realmente somos, y somos capaces de utilizar incluso festividades religiosas como la Navidad como argumento para exagerar nuestros instintos alcohólicos. Algo parecido ocurre con las rebajas: a la gente le gusta consumir y necesita excusas, y un precio reducido desde luego parece mejor motivo que inventos comerciales como el día de la madre o el de los enamorados. Pasa algo parecido con los juegos de azar, a la mayoría le encantan y ocurren excesos como el de que sabiendo que la loto con euro y medio te puede sacar de pobre y que para que eso mismo ocurra con la lotería de navidad harían falta como 200 euros, la excusa de la tradición (y el “empacho” informativo también) lleva a un mayor gasto en busca del “gordo” y “del niño” en unas determinadas fechas.
Y es que tras milenios de historia el ser humano ha evolucionado como ser social y eso nos lleva a cierto “borreguismo”. Si la gente cae en la trampa del consumismo, allá ellos, que la sociedad sea como mayoritariamente quiere ser es un ejercicio de libertad. A mi no me gusta esta sociedad pero a la mayoría sí (y es algo evidente), y lo respeto. La gente en Occidente tiene una gran capacidad de elección y está eligiendo…aceptémoslo. Y asumamos que son las autoridades políticas y económicas las primeras que animan a ello, achacando las crisis a un retroceso del consumo e intentándolas evitar animando al gasto.
Pero claro, esta crisis se ha provocado por el crédito excesivo que han asumido personas y empresas y se pretende solucionar con excesivos créditos que asumen los estados, que se componen mayoritariamente de personas y empresas… es decir, se ha pasado de que deban dinero algunos a que debamos dinero todos. Incluso la minoría que no gastamos lo que no tenemos y los que ahorramos para cuando vienen malas épocas. Y, ¿Cómo consiguen los estados los ingresos que necesitan? Subiendo impuestos. Pero no sólo es injusto que paguen “justos por pecadores”, es que el gran error está en que subir los impuestos a lo que más daña es precisamente al consumo, como ha demostrado la Historia una y otra vez.
La demostración más famosa entre las recientes es obra de un economista norteamericano y se denomina la “curva de Laffer” que relaciona niveles de recaudación con el aumento de impuestos. Si medimos el aumento del impuesto, a través de un tipo representativo t, tendríamos una curva con ésta forma:
impuestos
Cuando el tipo impositivo es t1, la recaudación, al aplicar ese tipo sobre la renta, será una cantidad positiva mayor que cero (Y1). Si aumentamos el tipo, la recaudación seguirá creciendo, cada vez sin embargo a menor ritmo hasta alcanzar un máximo en Y2, para un tipo t2. A partir de ese punto, cualquier intento del gobierno para elevar el tipo impositivo, se traducirá, paradójicamente, en un descenso de la cantidad recaudada. Nótese que para t3 la recaudación ha caído hasta Y3. Si siguiésemos insistiendo en aumentar el tipo impositivo, llegaría un momento en que la recaudación fuese nula.
Más claramente se puede resumir en que cuando se suben impuestos se retira renta disponible de los ciudadanos que al gastar menos deterioran el ingreso de los productores con lo que éstos pagan menos impuestos. Es decir, se compensa. El problema es que los productores a su vez tienen empleados, a los que despedirán o congelarán el sueldo para mantener sus ingresos. Luego su efecto es negativo.
Por el contrario, es posible que una disminución en el tipo impositivo -bajada de impuestos- provoque aumento de las rentas, del consumo, de la producción y, finalmente, una mayor recaudación. Se están considerando aquí dos fuerzas que actúan en sentido contrario y que reciben el nombre de efecto renta y efecto sustitución: el efecto renta mide las consecuencias derivadas de la disminución de la capacidad adquisitiva de los contribuyentes; el efecto sustitución mide los cambios en las decisiones que toman productores y consumidores como consecuencia del impuesto.
Pero es que además, está demostrado que un tipo impositivo excesivamente alto propicia el fraude y la evasión fiscal hacia el extranjero. Por eso, se tributa menos y crece menos la economía. De nuevo aquí actúan el efecto renta y el efecto sustitución: el efecto renta ya que al aumentar el tipo y disminuir la renta de los trabajadores, tendrán que trabajar más para recuperarla y el efecto sustitución sobre los que decidan trabajar menos para no tributar tanto, algo que también es factible:
Yo tengo una experiencia personal con esto: mi primer trabajo como asalariado consistía en trabajar en verano en un quiosco de periódicos. El dueño se iba de vacaciones y en lugar de cerrar, me quedaba yo y de lo que ganaba, le daba la mitad. Yo conseguía independencia económica para todo el año, repartía ingresos con dos compañeros de instituto que subcontraté y cuyos ingresos gastaban consumiendo cada fin de semana como si fueran “niños pijos” cuando eran de barriada obrera como yo, y el dueño del quiosco ganaba dinero mientras no trabajaba… todos contentos. Pero un ministro llamado Miguel Boyer implantó un sistema por el cual quien obtenía más ingresos pagaba más porcentaje de impuestos… de ese modo al dueño del quiosco le interesaba más cerrar en verano y no recaudar que el que estuviera abierto generando ingresos…  Aquello me obligó a buscar un trabajo -no quería perder mi independencia económica- menos remunerado y de más horas y durante todo el año (tuve que cambiarme a nocturno en el instituto) como mensajero en un bróker… quizás en mi caso no me fue tan mal (mis dos compañeros simplemente dejaron de gastar tanto) pero aquella decisión gubernamental de subida de impuestos provocó un menor ingreso en el estado por parte del empresario y un menor gasto de tres consumidores…

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