miércoles, 8 de mayo de 2013

Un relato histórico de preferentes


Relatado por Alejandro Vidal Crespo, Responsable de Estrategia en Banca Patrimonial de la Banca March en el Informe de estrategia mensual de mayo - Banca March:

“Contamos una historia de altas retribuciones al capital, expectativas hinchadas y
posteriormente incumplidas, publicidad inadecuada y burbujas pinchadas, con
préstamos por medio ….”

El año 1700 fue realmente convulso para las monarquías europeas. En el plazo de
un año, fallecían el Rey Carlos II de España, el hechizado, y su heredero de
consenso, José Fernando de Baviera.
La cuestión no era menor, puesto que dos personas relevantes tenían idénticos
derechos dinásticos sobre el Trono español (eran nietos de Felipe IV de España y
sobrinos carnales del difunto Carlos II).
Por una parte, Felipe de Borbón, Duque de Anjou e hijo de Luis XIV de Francia,
heredero al Trono de París. Su posible acceso a la Corona española era temida por
Austria y Alemania, y también vista con malos ojos por Inglaterra y Portugal,
puesto que suponía unir en una misma persona las dos coronas más relevantes de
Europa en aquellos momentos.
Por otra, el Archiduque Carlos de Habsburgo, hijo del Emperador Leopoldo I del
Sacro Imperio Romano Germánico. Su elección supondría de facto volver a la
situación del reinado de Carlos I de España y V de Alemania, un periodo aciago
para los franceses, que se verían prácticamente aislados y constantemente
amenazados en la Europa continental.
Como era de esperar, la situación derivó en una guerra civil en España, con los
partidarios de Felipe (básicamente, la Corona de Castilla), apoyados por Francia,
enfrentados a los partidarios de Carlos (que se concentraban en la Corona de
Aragón, especialmente en Cataluña), apoyados por Inglaterra, Austria, los Países
Bajos y Portugal. Y guerra civil en España, en aquellos tiempos, suponía
básicamente guerra mundial.
Inglaterra no esperaba que dicha contienda fuera a ser muy larga, por lo que no
planificó adecuadamente la financiación de sus operaciones militares; sin embargo,
la guerra terminó extendiéndose hasta 1713, con la firma del Tratado de Utrecht;
durante ese periodo bélico, Gran Bretaña vio cómo se incrementaba su deuda
pública de manera muy sustancial, tanto por los gastos de la campaña como por la
interrupción del comercio con las colonias hispanoamericanas.
Ya en 1711, dos años antes de la firma del armisticio, Inglaterra detectó nueve
millones de libras (equivalentes a 1.100 millones de libras actuales) de desfase
presupuestario, sin partidas de ingresos que pudieran sustentar su viabilidad. Para
poder cuadrar este decalaje, el Ministro de Finanzas, Robert Harley, creó la
Compañía de los Mares del Sur. Los tenedores de deuda pública sin garantizar

podían canjearla por acciones de la compañía, que abonaría un 6% de interés con
cargo a los futuros beneficios del comercio con las colonias españolas; la Compañía
de los Mares del Sur recibiría el monopolio del tráfico comercial.
Un título perpetuo y representativo del capital de una compañía, con abono de un
interés fijo en función de los beneficios de su actividad es, básicamente, una
participación preferente. Dichos títulos tuvieron una buena acogida entre los
tenedores de la deuda pública y su canje por las participaciones fue todo un éxito,
que le valió a Robert Harley el título de Lord.
En 1713, Inglaterra y España firman la paz en Utrecht, y entre otras cosas, España
cede a Inglaterra algo más de capacidad comercial con las colonias de América del
Sur, que obviamente, asumió la Compañía de los Mares del Sur; se abrieron
delegaciones en Buenos Aires, Caracas, Cartagena, La Habana, Panamá, Portobelo
y Veracruz. En aquel momento, las participaciones de la Compañía se
intercambiaban por debajo de su valor nominal, puesto que el Gobierno había sido
incapaz de abonar los intereses a la empresa y ésta había arrojado pérdidas: en
ese escenario, los preferentistas tampoco habían recibido su cupón.
Sin embargo, la firma de la Paz y las mejores perspectivas de negocio impulsaron a
la Compañía (con el beneplácito del Gobierno, que era el receptor final de los
dineros) a una nueva ampliación de capital, por valor de otros 10 millones de libras.
De nuevo, la publicidad y el ambiente de optimismo tras la paz aseguraron el éxito
de la emisión entre inversores privados.
Este éxito en la obtención de financiación por parte de la Corona de Inglaterra no
había pasado desapercibido en el resto de Europa. Francia también se había
quedado seca de metales preciosos, que seguían siendo su principal dinero, y
observaba con estupor cómo Inglaterra conseguía financiarse a base de papeles.
Así que en 1717 el Rey Luis XIV fichó a un financiero británico, Mr. John Law, para
que fundara el Banco de Francia, y creara vehículos similares (la Compañía del
Mississippi) para su reino. También el marketing, exagerando sobremanera las
riquezas de Luisiana y la introducción del dinero de papel y los créditos comerciales
estimularon el tejido empresarial galo y comenzaron a generar burbujas.
En 1718 estallaba de nuevo la guerra entre Inglaterra y España, a cuenta de los
incumplimientos del nuevo Rey Felipe V del Tratado de Utrecht. Otra vez quedaban
paralizadas las relaciones comerciales con América Latina; los bienes de la
Compañía de los Mares del Sur eran incautados por los españoles y las cosas
volvían a pintar en bastos para los inversores.
Sin embargo, el intento de invasión española de las Islas Británicas fue rechazado y
la euforia volvió a las calles de Londres. De nuevo, ante la previsible victoria
británica en la guerra volvió a publicitarse el enorme potencial de beneficios de la
Compañía, que consiguió colocar nuevas emisiones a menor interés, al 5% y
posteriormente al 4% (30 millones de libras más). Cada participación de 100 libras
cotizaba a 114 libras en ese momento y la Compañía sostenía ya 50 millones de

libras de deuda (unos 6.000 millones de libras actuales) frente a un PIB estimado
para la economía inglesa de 65 millones de libras.
La emisión de dinero nuevo por parte del Banco de Inglaterra (unos 5 millones de
libras, 8% del PIB) derrumbó aún más los tipos de interés, y las participaciones de
la Compañía se intercambiaban ya a 124 libras por título. Algunos directivos de la
Compañía, el Parlamento y la Corte fueron gratificados con derechos de compra a
los precios actuales y mismos derechos de venta a mercado en cualquier momento
futuro, a un precio muy bajo (es decir, se les entregaron derivados sobre la
cotización).
En 1719, las preferentes no abonaron cupón, pero el Gobierno siguió manteniendo
la burbuja anunciando los enormes beneficios que se obtendrían tras la victoria
británica y anunció que la Compañía dispondría de un crédito multianual de hasta
70 millones de libras (110% del PIB) para desarrollar su actividad. Las acciones
saltaron hasta las 550 libras en poco más de cinco meses, entre enero y mayo de
1720.
Otras compañías habían intentado unirse a la fiesta especulativa y las más
variopintas emisiones estaban disponibles para su adquisición en la City londinense,
muchas de ellas de dudosa solvencia, además de suponer competencia para la
“burbuja oficial”. El Gobierno publicó la Ley Antiburbujas (Bubble Act) para limitar
esa actividad, pero la Compañía de los Mares del Sur quedó excluída: un nuevo
espaldarazo para la cotización, que escaló hasta las 890 desde las 100 libras
iniciales. En ese momento, los tenedores de derivados comenzaron a ejercer sus
opciones y a embolsarse enormes plusvalías. La acción comenzó a caer, pero la
Compañía detuvo el ataque ofreciendo la posibilidad de financiar la compra de sus
propias acciones, incluso a los estratos más bajos de la sociedad; una nueva
entrada de dinero y la acción cotizando a 1.000 libras por unidad en agosto de
1720.
Sin embargo, en París, las cosas no le estaban saliendo tan bien al Sr. John Law y
su Banco Nacional Francés. Ante la percepción de inflación, muchos franceses
trataron de intercambiar sus pagarés por divisa física en el las ventanillas de la
institución. El problema es que Mr. Law había emitido más papeles de la cuenta y
no existía moneda física para cubrir la demanda; la Compañía del Mississippi se
hundió casi instantáneamente, y Mr. Law tuvo que huir del país hacia Venecia,
disfrazado de mujer, ante la más que probable posibilidad de ser linchado.
Las noticias no tardaron en saltar el Canal de la Mancha, y las oleadas de ventas
sobre la Compañía de los Mares del Sur devolvieron la cotización a las 100 libras en
poco más de tres semanas; miles de grandes y pequeños inversores se arruinaron,
y la crisis se tornó en sistémica al no poder devolver los préstamos comprometidos
con la banca para adquirir dichas participaciones. El Gobierno se vio obligado a
intervenir, mediante el Banco Central; todos los directivos de la Compañía de los
Mares del Sur fueron destituidos, expropiados y sus bienes entregados a los
inversores quebrados para aliviar su situación.

Uno de esos inversores quebrados, fue Sir Isaac Newton; el eminente científico
llegó a comentar, según sus cronistas, que era capaz de prever el movimiento de
los astros, pero no la locura de los hombres. Lo dijo tras perder el equivalente
actual a 2.5 millones de euros. Quizás su antecesor en la astronomía, Galileo Galilei,
podría haberle replicado ¡y no obstante se mueven!

*-*
Más sobre John Law: http://www.euribor.com.es/2010/10/19/john-law/




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