El blog de Droblo
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La gran diferencia entre el dinero y los activos
Una cosa es el dinero y otra los activos. Un activo es cualquier bien que se puede convertir en dinero, pero sólo es dinero cuando se convierte y no antes. Por eso cuando se habla de la fortuna que tienen los grandes millonarios del mundo, hay un error de cifras importante ya que no es posible saber qué dinero obtendría si, por ejemplo, Amancio Ortega vendiera de golpe todas sus acciones de Inditex.
Es el movimiento alcista o bajista del precio de los activos lo que últimamente más influye en las expansiones y recesiones económicas. Una sobrevaloración de activos, sean bursátiles o inmobiliarios, nos lleva a creer que somos más ricos y lo contrario a sentirnos más pobres, aunque el asunto no es sólo psicológico porque el valor de nuestros activos determina también cuánto crédito tenemos.
Si pedimos un crédito utilizando como aval un activo, el precio al que ese activo se puede convertir en dinero es vital. Si tenemos 1000 acciones de Santander y cotizan a 3 euros, dispondremos de 3 mil euros si las vendemos, pero si basándonos en esa propiedad nos conceden un préstamo de pongamos 2 mil euros y el precio de las acciones baja de 2 euros, tenemos un problema; y lo mismo ocurre con las hipotecas y el valor de mercado de las viviendas. La última gran crisis financiera -la de 2008 que, en mi opinión, aún colea- ocurrió porque demasiados creyeron que los activos que tenían podían ser convertidos en dinero a un valor que resultó ser irreal.
Es importante tener claros unos conceptos básicos. Toda empresa (sea una pyme o una multinacional) divide en dos partidas contables su patrimonio: El pasivo, o dinero que invertimos en la compañía, y el activo que es donde hemos invertido dicho dinero. Si el pasivo procede de fondos propios, la empresa podremos cerrarla, si queremos, cuando empecemos a perder dinero con ella. Esto ocurre en muy pocas ocasiones, la mayoría de las veces el capital nos ha sido prestado, bien por algún socio, bien por el banco. Es lo que se denomina fondos ajenos. Lo que debe hacer un empresario cuando obtiene beneficios es reducir deuda o al menos no gastarse todos los beneficios en reinversiones aumentando los activos, pero lo cierto es que puede hacer ambas cosas, e incluso una tercera: repartir el beneficio entre los socios vía dividendo. Eso, repito, vale para un autónomo y para la mayor empresa del mundo.
El problema es cuando la empresa da pérdidas. Si eso pasa el activo se reduce y hay que recurrir al pasivo. Puesto que los fondos ajenos –generalmente deudas- no suelen poderse renegociar (aunque ocurra en ocasiones), toca ampliar, o bien con más fondos propios o bien con más fondos ajenos (ampliando capital si cotiza en bolsa, emitiendo deuda propia si es una gran empresa, encontrando nuevos socios particulares o recurriendo al banco a por más créditos) aumentando con ello el riesgo. Si no puede aumentar los fondos ajenos pues no encuentra socios ni bancos que le concedan créditos, sólo le quedarán sus propios fondos. Si estos desaparecen, la única forma de mantener vivo el negocio es dejando de pagar algunas deudas (suministradores y empleados suelen ser los primeros en la lista, incluso antes de que se acaben dichos fondos propios).
Si la situación no mejora, la empresa se declara en quiebra (lo que hoy se conoce como ley concursal o en los EUA acogerse al “chapter 11″) que básicamente es un proceso en el que hay un concurso de acreedores, que no es más que un procedimiento para ordenar y redistribuir el pago de los fondos ajenos que se adeudan. Repito, esto vale para una pequeña empresa de Cuenca o para Evergrande en China. Lo que ocurre es que cuanto más grande es una empresa, más apreciada es por el gobierno de turno y, por tanto, consigue refinanciaciones, créditos y prórrogas que una pyme no consigue. Famoso es el discurso de algún político español que tan pronto criticaba que con dinero público se salvaran los ahorros de los clientes de las entidades de responsabilidad pública denominadas cajas de ahorro, como defendía usar dinero público para salvar una empresa privada en quiebra “por evitar los despidos”.
El caso es que desgraciadamente es muy fácil que haya una quiebra en cuanto hay una crisis que afecta al sector al que pertenece la empresa -por ejemplo un fabricante textil que no puede competir con las importaciones chinas-; las de mayor tamaño son las que mejor pueden sobrevivir diversificando, aunque las pequeñas también tienen más facilidad para cambiar de sector. Si, como pasó en 2008, la crisis es global y además viene acompañada de una falta de crédito bancario, la situación es insalvable para muchas. Por eso, y gracias a la experiencia de la anterior crisis, cuando llegaron los confinamientos de 2020 los estados tomaron decisiones políticas para que el crédito no se secara (en España con avales del ICO por ejemplo). Sin entrar en la polémica de si merece o no la pena el riesgo –algo que con seguridad sólo sabremos a posteriori- que con estas políticas toman los gobiernos con el dinero de todos, es importante que exista en las empresas una fuerte vigilancia para no exceder cierto nivel de endeudamiento y, sobre todo, unas normas contables que tengan en cuenta las peores posibilidades, lo que se llama prudencia contable.
La base de la prudencia contable es evaluar siempre
los activos que dispone una persona o una empresa, a precio de mercado actual.
No vale considerar el precio al que uno compró sus
acciones de Grifols hace unos años, por poner un ejemplo de mala inversiín, sino cómo puede venderlas hoy. El precio al que se puede
convertir el activo en pasivo hoy es el único real. Y esto es algo que deberían
meterse en la cabeza todos los inversores de bolsa ya que muchos compran
acciones y si baja su precio, no consideran que pierden dinero porque aún no
las han vendido y no es así, es una trampa mental ya que al precio actual la
pérdida patrimonial existe.
El origen de Samsonite, la reina de las maletas
(esta historia no está incluida en mi último libro La prehistoria, y algo de la historia, de 66 empresas: Nacionales y extranjeras, todas famosas, que te animo a adquirir)
Si hay un invento tardío pero que, una vez visto,
resultaba obvio, incluso poco original puesto que los carros de la compra –un
objeto parecido- es muchas décadas más antiguo, es el de poner ruedas a las
maletas. Pero resulta que no se hizo realidad hasta 1970 en el que un tal
Bernard Sadow solicitó la patente (aceptada en 1972) y vendió a unos grandes
almacenes el primer prototipo. Increíblemente, los humanos fuimos capaces de
llegar antes a la Luna –con todas las dificultades técnicas y logísticas que
supuso, incluida la retrasmisión por TV- que tener la ocurrencia de usar un
antiquísimo invento como la rueda y unirlo a nuestro pesado equipaje para hacer
más fácil su traslado. Y eso que era un tema que preocupaba porque, de hecho,
unos años antes de la maleta rodante, se vendían carros plegables para que los
turistas con varias maletas pudieran ponerlas en ellos. Se supone que antes o
después a alguien se le hubiera ocurrido pero lo insólito es que nadie lo hizo
hasta entonces y no sabemos cuánto ha impulsado el turismo –especialmente el
que implica una larga estancia o un extenso trayecto- y los viajes en general.
Y si una empresa supo adaptarse a esta innovación fue Samsonite, nombre que
procede del héroe bíblico Sansón.
Jesse Shwayder -de ascendencia judía y polaca-
nació en 1882 en Colorado, Estados Unidos. Cuando nació, su padre tenía una
tienda de comestibles que luego trocó en una de muebles en la que el joven
Shwayder trabajó desde adolescente. Este aprendizaje, junto a un breve trabajo
como comercial de un fabricante de maletas de Nueva York, le inspiró, al ver
que se popularizaban los viajes por placer, a crear -con 3,500 dólares
ahorrados- su propia empresa de equipajes (poco más de un año después se
unieron a él sus hermanos y padre) en la trastienda de un supermercado de la ciudad
de Denver, en 1910, a la que llamó Shwayder Trunk Manufacturing Company.
Este nombre tan poco atractivo se mantuvo durante décadas y cuando dejó de ser
presidente, en 1960, aún permanecía. Sin embargo, la marca se conocía sobre
todo por un modelo de maleta -de gran éxito- presentado en 1939 y que se
llamaba Samsonite, por lo que en 1965 (por fin), la compañía pasa a llamarse
Samsonite Corporation. Cuando el fundador muere, en 1970, Samsonite es el mayor
fabricante de equipaje del mundo… un mundo de maletas sin ruedas.
Aunque presumía de estilo y diseño, lo que le dio fama
a Samsonite fue su durabilidad y desde sus inicios, cuando apenas unos pocos
privilegiados practicaban turismo y la mayoría de los viajes eran por negocios,
la empresa tuvo un halo de exclusividad y unos precios que sólo unos pocos
podían permitirse. Empezaron fabricando el típico baúl de madera con tachuelas
de metal brillante y en 1916 lo publicitaron con una fotografía de los cuatro
hermanos y su padre, Isaac, subidos a una tabla colocada sobre el baúl abierto,
con el lema “strong enough to stand”, (“tan fuerte que resiste”). La
joven empresa estuvo a punto de irse a pique tras la Gran Depresión iniciada en
1929 y dicen que se salvó gracias a su imagen moderna. El éxito de la maleta Samsonite
(fabricada en cuero con un revestimiento de fibra resistente) de 1939 casi se
frustra puesto que, por la Guerra Mundial, desde 1941 la producción tuvo que
orientarse al esfuerzo bélico. Pronto se recuperaron e innovaron con la línea Streamlite
que proporcionaba un efecto de cuero al revestirse con un ligero papel
litografiado. A ojos actuales todos estos modelos nos parecen antiquísimos y es
que hasta 1956, que salió la línea Ultralite Luggage con plásticos
moldeados (lo que reducía el peso), se seguía usando el marco de madera para la
estructura de las maletas. Es en ese año cuando abren su primera filial
internacional, en Canadá. En 1958 con el modelo Silhouette ya podemos
ver una maleta similar a las actuales, con herrajes empotrados para mayor
protección y en 1963 deslumbran con el Classic Attaché, el maletín de
negocios que, hasta la aparición de los portátiles, apenas varió su diseño
convirtiéndose en un clásico. En 1969 aligeran el peso de sus maletas, sin
renunciar a la resistencia, con el modelo Saturn ya que está fabricada
con polipropileno. Y, por fin, en 1974, aparece la primera maleta con ruedas.
Lo curioso es que, aunque al fundador le sucede su
hijo, King Shwayder (que tuvo un gran acierto en 1970: intentando diversificar
su negocio, fue el primer importador de los productos Lego en EE UU y Canadá,
que hasta entonces no habían cruzado el Atlántico), éste no llegó a dirigir esa
innovación ya que en 1973 los herederos venden Samsonite al grupo alimenticio Beatrice
Foods. Desde 1995, con la expansión y adquisición de otras marcas,
Samsonite -que cambia en esos años varias veces de dueño- no sólo vende
maletas, maletines y mochilas, también portaequipajes, bolsas de esquí y golf,
fundas para cámaras (luego de ordenadores) y, como durante toda su historia, se
siguió insistiendo en esa imagen de elaboración exclusiva. Sin embargo, aunque
se podría pensar que con el aumento del turismo global el éxito de la marca de
equipajes más conocida del mundo perduraría en el tiempo, la competencia, con
productos mucho más baratos, acabó por reducir las ventas. En 2007 la empresa
fue vendida a CVC Capital Partners, firma de capital riesgo que, ante la crisis
de 2008, no pudo reflotarla y en septiembre de 2009 la declaró en bancarrota,
anunciando el cierre de la mitad de las tiendas de Estados Unidos. En 2011 consigue
sacarla a bolsa en Hong Kong, traslada la sede a Luxemburgo y en 2013 CVC deja
la compañía. Actualmente sigue cotizando en Hong Kong con una capitalización de
unos 30 mil millones de dólares.
El origen y el concepto del Dinero
De los conceptos económicos más simples y a la vez más complejos que existen, ese es el del dinero. Volvamos a hacer el ejercicio siempre útil de retroceder en el tiempo y viajemos a su nacimiento. Nadie sabe cómo fue, a mí me gusta imaginarme que, por ejemplo, alguien que compró cebada a cambio de ovejas quería llevarse el cereal pero no tenía en ese momento las ovejas, y como garantía de entrega pudo dejarle algún tipo de joya o metal precioso (o cualquier otro objeto de fácil transporte que se consideraba valioso) hasta que pudiera traer el ganado. Quién sabe, pero es evidente que utilizar algo pequeño para los pagos en lugar del trueque directo resultó más cómodo y mejoró el comercio.
Heródoto, en el siglo V a.C., explicó cómo funcionaba el trueque en el comercio “internacional” en el Mediterráneo: los de fuera llegaban a un sitio y descargaban las mercancías y regresaban a su barco, hacían alguna señal de humo y esperaban la reacción de los nativos, que debía ser enseñar lo que estaban dispuestos e entregar a cambio. Si a los de la nave les parecía bien, al volver a desembarcar se lo llevaban y hasta otra, y si no, lo dejaban donde estaba, volvían al barco y esperaban a ver si ofrecían más. Lógicamente ese “sistema” no era demasiado útil y se intentó trocar utilizando un producto de referencia común que equivaliera a los objetos a intercambiar. El problema era encontrarlo y que ambas partes estuvieran de acuerdo en su valor.
En el lenguaje se pueden encontrar pistas de cuales fueron aquellos primeros productos. Por ejemplo, los antiguos latinos se acostumbraron a medirlo todo en cabezas de buey, de hecho la palabra pecunio viene del latín pecus (ganado) y el capital de capita (cabeza). Otro método usado por aquello época fue la sal que además de ser valiosa para conservar carne y pescado (en tiempos con pocos métodos alternativos para evitar la putrefacción), servía de antiséptico aplicado sobre las heridas, y tenía la ventaja de poder ser transportada en saquitos. Con ellos durante una época se pagaba a los legionarios romanos, de ahí viene la palabra salarium (salario).
Con todo, eran evidentes las
limitaciones de estas primitivas formas de pago y de sustitutos del trueque
directo. Anteriormente a los romanos, en la Antigua Mesopotamia –hace más de 4
mil años- se usaban tablas de arcilla como dinero (o como rudimentarios
cheques) ya que estaba escrito sobre ellas “se pagará al portador tanto trigo (o tanta cebada)”,
exactamente lo que pone en los billetes actuales, que un papel vale algo; es
decir, una simple cuestión de confianza. No debió parecerles suficiente ya que
allí, en torno al 3000 a.C. asirios y babilonios empezaron a utilizar barras
metálicas en sus transacciones y el oro y la plata empezaron a descollar porque
no sólo eran escasos (sinónimo de valiosos), además no se deterioraban.
La moneda nace
porque los receptores de esas barras metálicas se veían obligados a re-evaluar
la pureza de los metales y surgían continuas discrepancias. Siempre según
Heródoto, los inventores fueron, hacia el siglo VII a.C., los lidios, un pueblo
que vivía en lo que hoy es la costa sur de la actual Turquía. Por lo visto era
una mezcla de oro y plata denominada electro. En teoría todas pesaban lo mismo,
eran fáciles de transportar y ya entonces había inscripciones sobre ellas que
solían ser objetos mitológicos típicos de la ciudad emisora. Historiadores
modernos creen que los lidios, centro comercial intermedio entre Oriente y
Occidente, copiaron el concepto de moneda de China, donde parece se inventó
mucho antes.
El caso es que
en el este del Mediterráneo la moneda había pasado a ser no sólo un instrumento
de pago y de compra, también una mercancía en sí misma, una forma de medir la
riqueza más allá de la posesión de tierras y objetos. Alejandro Magno en el
siglo IV a.C. fue el primero en unificar todas las emisiones de cada polis
(ciudad) en un sistema monetario nacional griego: la moneda panhelénica fue
denominada tetradracma y solía tener impreso en sus lados a Heracles y Zeus. De
nuevo el lenguaje nos ayuda a entender la importancia de la moneda, ya que en
griego era nómisma, derivada del término nómos que significa ley.
Aristóteles en el siglo IV a.C. consideraba a la moneda como un instrumento de
igualdad y justicia social. El general Ptolomeo fue el primero que decidió
poner la imagen de un mortal en una moneda: la de Alejandro Magno tras su
muerte y siglos después Julio César fue el primero en colocar la imagen de un
personaje vivo, la de él.
Precisamente
de una moneda romana, el denarius (que significa que contiene diez ya
que equivalía a 10 ases), viene la palabra española dinero. También del denarius
procede el actual dinar, divisa típica de varios países (Argelia, Jordania,
Serbia, Túnez, Macedonia…). Por cierto, el sustituto del denarius fue el
solidus de donde procede el español sueldo. Puestos a contar anécdotas
etimológicas, era costumbre en la Roma de entonces repartirse o vender al mejor
postor las pertenencias confiscadas tanto por faltas en el pago de tributos
como de los botines de guerra, y la forma era colocando los objetos bajo una
lanza clavada. “Debajo de la lanza” en latín se decía sub hasta, así que es
fácil adivinar qué palabra española procede de aquella expresión (curiosamente,
en nuestro idioma la palabra lanza no procede del latín sino del lenguaje
celtíbero).
Cerrado el capítulo etimológico, como vemos las monedas existen desde hace casi 3 mil años y no han variado demasiado ni de forma ni de aspecto pero sí se ha fortalecido su valor simbólico en relación al valor de sus componentes. Ya no son ni de oro ni de plata sino de un metal barato –o papel en el caso de los billetes- e incluso hay quien aboga por hacerlas desaparecer como forma de representación del dinero. aunque sirven para lo mismo que en su origen: favorecer los intercambios comerciales y como método de pago por servicios.
Este cambio en el que la confianza sustituye casi en su totalidad al material del que está hecho el dinero fue muy anterior al fin del patrón oro. Éste sólo significó que los tenedores de billetes y monedas ya no podían cambiar los billetes por el metal precioso pero creerse que eso era posible ya era, en sí mismo, un acto de fe hacia el emisor. Pero es cierto que a día de hoy, todo es confianza. El dinero sólo nos sirve porque creemos en la fortaleza de la economía del país que lo crea y que esa creencia es universal (porque de nada nos sirve poseer una divisa que no sea reconocida por los demás) ya que nadie sabe si la cantidad de dinero emitido se corresponde con activos reales, es –repito- un acto de fe. Es por eso que en cuanto se duda de un país, su moneda pierde valor y el efecto contagio es muy rápido.
En la
actualidad confiamos en algo tan virtual como las anotaciones que vemos en el
ordenador hasta tal punto que todos los días billones de dólares cambian de
mano en los mercados de divisas sin que nadie los vea. Pero que nadie se
asuste, en estos tiempos de internet no es necesario tanto papel ni tanto
metal. Un multimillonario actual no necesita una piscina de dinero como la que
tenía el Tío Gilito (para los más jóvenes una especie de Señor Burns), le basta
con ver su saldo en una pantalla de ordenador. Por no citar al que piensa que
las criptomonedas son dinero.
(Aún no está claro si son tan sólo un activo especulativo o, como afirman sus defensores, dinero. Pero es evidente el éxito que están teniendo. En el fondo no deja de ser otro síntoma más de la reducción de la confianza en las divisas emitidas por los bancos centrales. Difícilmente hubieran sido tan populares las criptos sin una política monetaria ultra-expansiva como la que estamos viviendo desde hace más de una década. Hasta un algoritmo basado en una tecnología que muy pocos entienden inspira más confianza a muchos, que unos bancos centrales que crean dinero para comprar deuda incluso a tipos de interés negativo(.
De todos
modos, las más grandes fortunas del globo no tienen por qué tener mucho
efectivo, les basta con poseer un gran patrimonio en activos. Pero ojo, no
caigamos en la trampa de los que elaboran rankings de fortunas y dicen que tal
multimillonario tiene tanto porque posee numerosos activos que a un precio de
mercado valen tanto en dinero, ya que una cosa es hacer ese cálculo y otra
hacer efectiva esa operación, ¿O es que alguien se cree que si Amancio Ortega
vende mañana todas sus acciones de Inditex (y todas sus inversiones
inmobiliarias) lo podrá hacer al precio de cierre de ayer? Seguramente las
primeras sí, pero una vez lance el aluvión de papel al mercado, cada vez las
venderá más y más baratas. Por eso, y por otros motivos más, no es lo mismo
poseer un activo valorado en equis dinero, que tener ese equis dinero en mano.
San Miguel, la cerveza española de origen filipino
(esta historia no está incluida en mi último libro La prehistoria, y algo de la historia, de 66 empresas: Nacionales y extranjeras, todas famosas, que te animo a adquirir)
Andrés Soriano y Roxas de Ayala nace en Manila el
mismo año que España pierde Filipinas, 1898, hijo de un ingeniero de caminos
español y de una filipina que pertenecía a una de las familias más ricas de
allí con origen germano-español. El joven Soriano se cría en la Filipinas colonia
de Estados Unidos, donde estudia en el Ateneo y también en Reino Unido, si bien
completa su formación en la escuela de comercio de Madrid. Con tan sólo 21 años
entra a trabajar como contable en la cervecería San Miguel y empieza a realizar
grandes cambios en la empresa relacionados con los derechos sociales de los
trabajadores como establecer un plan de pensiones y garantizar los ingresos en
periodos de baja médica. En 1919 ya era director en funciones. Pero viajemos un
poco más atrás en el tiempo.
En 1890 -curiosamente el mismo año en el que se funda
en Madrid Mahou- un grupo de empresarios españoles liderado por Enrique
María Barretto de Ycaza deciden abrir una cervecera en el sudeste
asiático, donde esta bebida todavía era prácticamente desconocida (aunque desde
1885 unos monjes agustinos recoletos ya la fabricaban -con finalidad medicinal-
en la isla de Cebú). Establecen su fábrica en el barrio de San Miguel en Manila
-ciudad española entonces- y, en un golpe de márquetin, la inauguran el 29 de
septiembre, el día del Arcángel Miguel. De ahí su nombre. Tienen éxito y pronto
expanden sus productos por toda Asia y, tras pasar a ser colonia
estadounidense, también a los territorios de ultramar de aquel país. Poco a
poco Pedro Pablo Roxas, uno de los fundadores, va comprando más y más
participaciones, incluyendo las acciones de Barretto, por lo que se convierte
en el principal accionista. Y es el abuelo de Andrés.
Andrés es el artífice de la expansión global, y no
sólo asiática, de San Miguel; además, va más allá de la cerveza, puesto que,
tras el gran acierto de conseguir los derechos exclusivos para embotellar Coica Cola en Filipinas, también vende refrescos propios en Estados Unidos. Crea un
holding multinacional que abarca productos variados como hielo, alimentos
congelados, lácteos…incluso llegó a comprar minas de oro. Lo cierto es que
tanto él como el resto de su familia eran los empresarios más famosos de
Filipinas y sus intereses abarcaban todo tipo de actividades. Él, muy implicado con España (fomentaba el
aprendizaje del español entre sus trabajadores) apoya fervientemente al bando
franquista en la Guerra Civil -al que envía muchos fondos- y es uno de los
líderes de la Falange Filipina, lo que le proporcionará muy buenas relaciones
en el futuro con F. Franco. En 1941 parece tocar el cénit cumpliendo con su
sueño de adquirir una compañía aérea que renombra como Líneas Aéreas Filipinas.
Sin embargo, el 8 de diciembre de ese año, Japón invade Filipinas.
Una digresión: es habitual cuando se recuerda a los
españoles que participaron en la Segunda Guerra Mundial que se cite a la
División Azul, que lucharon junto a Hitler contra los soviéticos, y a los
exiliados republicanos que lo hicieron por el bando aliado, especialmente a la
“Compañía 9” que entró en París; puede que incluso alguien que conozca la
historia, se acuerde del espía Pujol, clave en la campaña de desinformación al
bando nazi, y que hizo su trabajo de agente doble con tanto acierto y
discreción, que hasta décadas después que se hizo pública su aportación, los
nazis creyeron que estaba de su lado; pero pocos citan a la enorme comunidad
española de Filipinas y su lucha contra el invasor japonés.
Andrés se convirtió en capitán del ejército
estadounidense y pronto le ascendieron a teniente coronel, llegando a ser uno
de los hombres de confianza del general MacArthur. Esto le reportó aún más
poder político al acabar la guerra mundial. Muere en 1963 no sin antes
renombrar su empresa como San Miguel Corporation (que cotiza en bolsa hace
décadas, si bien el último año ha dado muchas pérdidas a sus inversores). Pero
antes su empresa desembarca en España con la colaboración con La Segarra SA,
una sociedad con sede en Lleida que tenía la intención de establecer una
fábrica cervecera. La iniciativa de crear La Segarra estuvo liderada
por Enrique Suárez y Antonio Zuloaga, dos empresarios españoles
que en 1953 viajaron a Filipinas para conocer cómo se elaboraba la cerveza San
Miguel. Ese año se firma un acuerdo por el que San Miguel Corporation cede a La
Segarra los derechos de explotación de la marca para Europa y África. Al año
siguiente trasladan la levadura asiática por barco con destino Cataluña aunque
no es hasta 1957 que termina la construcción de la fábrica en la provincia de
Lleida y La Segarra SA pasará a denominarse San Miguel España.
Desde entonces las “dos San Miguel” siguen caminos
independientes. A este lado del globo, San Miguel se convierte en una de las
principales cerveceras de España. En 1966 Cervezas San Miguel abrió una segunda
fábrica en Málaga, donde permanece su sede social desde el 9 de octubre de 2017
(huyendo de las turbulencias provocadas por el intento secesionista catalán).
En la década de 1970 empieza su expansión internacional como multinacional
española. En 1994 la francesa Danone, que ya era accionista de Mahou, empieza a
adquirir participaciones en la empresa y en 1997 ya posee el 82% de la
cervecera. Cuando en el 2000 Danone decide deshacerse de todas sus
participaciones en empresas cerveceras fusiona San Miguel y Mahou creando la
primera compañía del sector en España. El proceso culmina en 2005 con la
creación del Grupo Mahou-San Miguel (las familias Mahou Herráiz y
Gervás Sanz son los principales accionistas), al que posteriormente unirían por
absorción- la cervecera granadina Cervezas Alhambra. San Miguel consigue en 2001
la primera cerveza 0,0 alcohol de España (hasta entonces las denominadas sin
alcohol tenían algún porcentaje).
En resumen, españoles que emigran a Asia y fundan una
gran corporación y una de sus consecuencias es una cervecera española que
empezó siendo catalana, ahora es andaluza y los actuales dueños, lo veremos si
algún día contamos los comienzos de Mahou, son descendientes de un francés.
Aún una idea puede mover el mundo
No es fácil, desde luego, pero siempre que escucho que está todo inventado o que para inventar algo nuevo se necesita un grado de especialización enorme, me doy cuenta de cómo nos gusta usar excusas para justificar nuestra vagancia y/o nuestra falta de talento. Y es que las ideas, cuando son buenas, pueden mover el mundo y no hace falta ni una gran preparación ni un nivel tecnológico extremo, sólo imaginación aplicada a problemas de la vida diaria.
El mayor ejemplo siempre lo he encontrado en la maleta
con ruedas. Parece un invento obvio, incluso poco original puesto que los
carros de la compra –un objeto parecido- es muchas décadas más antiguo, pero
resulta que no se hizo realidad hasta 1970 cuando un tal Bernard
Sadow solicitó la patente (aceptada en 1972) y vendió a unos grandes
almacenes el primer prototipo de maleta con ruedas. Increíblemente, fuimos
capaces de llegar antes a la Luna –con todas las dificultades técnicas y
logísticas que supuso, incluida la retrasmisión por TV- que tener la ocurrencia
de usar un antiquísimo invento como la rueda y unirlo a nuestro pesado equipaje
para hacer más fácil su traslado. Y eso que era un tema que preocupaba
porque de hecho unos años antes de la maleta rodante, se vendían carros
plegables que los turistas con varias maletas podían comprar para ponerlas en
ellos.
Se supone que antes o después a alguien se le habría
ocurrido pero lo insólito es que nadie lo hizo hasta entonces y no sabemos
cuánto ha impulsado el turismo –especialmente el que implica una
larga estancia o un extenso trayecto- y los viajes en general. Hace poco
también descubrí otro invento, aparentemente obvio, que también cambió el
mundo. Se lo debemos a un tal Malcolm Purcell McLean, que fue el
típico norteamericano emprendedor (con 24 años fundó con su hermana la McLean
Trucking Co, empresa de transportes por carretera) que se encontró con un
problema cuando quiso trasladar alguno de sus camiones en barco ya que ocupaban
mucho espacio. No se le ocurrió otra cosa que cargar únicamente la caja
de los camiones, inventando con ello el container. Con él, el espacio
se aprovechaba al máximo y comprendió que era un mejor negocio que los
camiones.
McLean compró dos viejos cargueros de guerra y los
remodeló para que pudieran llevar un buen número de contendores bajo la
cubierta. En 1956, ante unos cuantos invitados y con cierto boato, el primero
de aquellos barcos hizo su viaje, desde New Jersey hasta Texas, con
58 contenedores en su bodega. Todos iguales y colocados sin perder espacio. La
eficiencia era tal que subir y bajar todo el cargamento al barco se había
reducido a mover unas cajas enormes ahorrando mucho tiempo y miles de dólares.
El negocio fue a más y más, multiplicando las rutas y ganando mercado. En
1967 comenzó a trabajar para el Gobierno llevando contenedores a Vietnam,
lo que disparó los beneficios. Los envíos a Vietnam eran un martirio para el
Gobierno estadounidense y la solución de McLean les aliviaba de muchos
problemas. Los barcos -y los contenedores- de la empresa iban cargados hasta
Vietnam, y no tenía sentido que volvieran a casa vacíos. Así, una de las
economías más potentes del momento, Japón, estaba en el sitio perfecto
para aprovechar esas rutas y exportar más fácilmente. El comercio transpacífico
creció como la espuma.
Es obvio que este invento –que no deja de ser una
ampliación del juego infantil de apilar cajas- hoy común, ha tenido una
influencia enorme en el comercio global. Yo soy un estudioso infatigable, en mi
condición de historiador, de la II Guerra Mundial, y he visionado horas y horas
de documentales sobre ella. La labor logística de una confrontación
mundial en varios frentes hace tantos años fue enorme, y el transporte
marítimo crucial. En todas las filmaciones de desembarco de provisiones y
material se ven escenas lentas de desembarco de cajas de madera, a veces todas
apiladas dentro de una red, pero a nadie se le ocurrió inventar el contenedor.
Ni siquiera en uno de los periodos de la historia moderna en los que más se
disparó la creatividad, no sólo con fines bélicos, y del que surgieron muchos
inventos de uso cotidiano –y civil- posterior. Ahora lo vemos como algo obvio
pero ni en un momento de gran necesidad como aquel supieron verlo.
Estos dos ejemplos son lecciones de cómo el ingenio
puede resolver problemas y cómo la resolución de problemas puede aumentar la
productividad. Y de cómo esto puede ocurrir en cualquier momento gracias a una
idea. En los últimos años también ha habido grandes inventos, casi
todos gracias a internet, aunque su impacto sobre la productividad es tan
bajo que ha provocado una discusión entre los economistas ya que hay quien
defiende que hay que cambiar las métricas porque la mejora parece que existe
pero no se sabe medir. Es un tema complejo, por ejemplo el que yo encuentre a
un antiguo compañero de instituto en Facebook no sé si
resuelve algún problema pero desde luego no aporta nada a la productividad, sin
embargo si encuentro datos más rápido gracias a Google sí que
lo hago aunque ¿cómo se cuantifica eso? Seguro que a alguien se le ocurre
una idea para hacerlo…
Rolex: el empeño de un visionario
(esta historia no está incluida en mi último libro La prehistoria, y algo de la historia, de 66 empresas: Nacionales y extranjeras, todas famosas, que te animo a adquirir)
Hans Wilsdorf nació en la localidad bávara de
Kulmbach, Alemania, en 1881, en una familia de religión protestante. Pronto
cambiarían sus circunstancias tanto para él como para sus dos hermanos (él era
el de en medio). Hans lo explicó con sus propias palabras: “A la temprana
muerte de mi madre le siguió la de mi padre. Y a los 12 años me quedé huérfano”.
Sus tíos, reconociendo la importancia de la educación, decidieron liquidar el
negocio familiar para financiar el internado de los niños. Hans Wilsdorf
reflexionó más tarde sobre esta decisión y señaló: “Mirando hacia atrás,
creo que a esto se debe gran parte de mi éxito”. Todo esto lo sabemos
porque en 1946 publicó una autobiografía de cuatro volúmenes titulada: “Rolex
Jubilee Vade Mecum”, donde también dejó claro que sus tíos, más allá de pagar
una buena educación a los tres hermanos, nunca ejercieron como padres con
ellos. Como estudiante destacó su talento tanto para las matemáticas como para
los idiomas pero no tardó en incorporarse al mundo laboral.
Con 19 años entró en la industria relojera trabajando,
desde Suiza, como corresponsal con Inglaterra para Cuno Korten, una
empresa suiza que exportaba relojes de bolsillo. Era una época en la que los
relojes de pulsera para hombres eran prácticamente inexistentes. Él, que estaba
convencido que eran el futuro, lo explicó en su libro: “Antes de la Primera
Guerra Mundial los relojes de pulsera para hombres no
existían … Se pensaba que la idea de llevar un reloj en la muñeca era
contraria a la concepción de la masculinidad”. No duró mucho en ese primer
destino pero “Mi trabajo allí me brindó una excelente oportunidad para
estudiar de cerca la industria relojera y examinar todos los tipos de relojes
que se producían tanto en Suiza como en el extranjero” y con tan sólo 24
años decide arriesgarse y funda, en Londres, su propia empresa con un capital
modesto y un socio llamado Alfred James Davis, esposo de su hermana. Su nombre:
Wilsdorf & Davis. En un principio, la firma importaba relojes suizos
y los vendía a minoristas, básicamente lo mismo que había hecho en Cuno
Korten.
Pero Hans estaba convencido de que el futuro estaba en
el reloj de pulsera masculino, y a los tres años decide cambiar el nombre
comercial de la empresa para crear una marca propia que los fabrique. Hay
muchas teorías de por qué eligió Rolex pero lo cierto es que el propio Hans
Wilsdorf lo achacó a un “genio bueno que se lo susurró al oído” tras
pasar mucho tiempo dando vueltas a muchas opciones para conseguir lo que
pretendía: un nombre corto, fácil de pronunciar y memorizar en cualquier
idioma, y estéticamente agradable en la esfera de un reloj. Lo inscribe el 2 de
julio de 1908. Una vez que se creó Rolex, Wilsdorf se embarcó en una intensa
campaña publicitaria, invirtiendo mucho en la promoción de la marca entre el
público. Esto diferenció a Rolex de sus competidores, que tradicionalmente
dependían de los minoristas para comercializar sus productos.
Pronto se dio cuenta de que sería beneficioso que
fuera resistente al agua, ya que esto mejoraría la durabilidad y la facilidad
de uso, pero también evitaría que algo penetrara en la caja y afectara el
rendimiento de la función principal del reloj. Y que fuera automático
garantizaría que la caja sellada no necesitara ser desprecintada con
regularidad, lo que preservaría aún más el rendimiento y la confiabilidad.
Parece simple, pero en ese momento fue revolucionario basar el producto en tres
pilares: precisión, impermeabilidad y mecanismos automáticos. No fue fácil llevarlo
a cabo, y tardó años en conseguir sus objetivos. Ya en julio de 1914, un reloj
de pulsera Rolex recibió el certificado de precisión de clase A “Kew” del
Laboratorio Nacional de Física, y él supo explotar ese hecho para publicitar la
marca como sinónimo de precisión. La hermeticidad no la obtuvo hasta que
adquirió, poco después de hacerse pública, la patente de la caja Oyster de
1926, asegurando así que Rolex sería el único beneficiario de esta tecnología
revolucionaria durante algún tiempo. El último pilar, el mecanismo automático
“perpetuo”, se materializó en 1931. Esta innovación, con la que Wilsdorf había
soñado durante mucho tiempo, puso fin a la necesidad de dar cuerda manualmente.
En 1915 el gobierno británico aumentó en un 33 %
las tasas aduaneras debido a la guerra, hechos que influyeron en el traslado
definitivo de Rolex a Suiza, finalizado en 1919. Alí coincide con su principal
socio. Desde 1905 Wilsdorf trabajaba con la fábrica de relojes suiza Aegler
(fundada en 1878) y sin sus creaciones es imposible entender la evolución de
Rolex. Aegler suministraba su tecnología a varias marcas pero siempre tuvo una
relación especial con Rolex, llegando a intercambiar acciones de ambas compañías
tras el fin de la I Guerra Mundial si bien no fue hasta 2004 que Rolex se quedó
con el 100% de Aegler, no sin antes haber disfrutado de sus innovaciones
tecnológicas durante décadas.
Durante su gestión al frente de Rolex, Wilsdorf
demostró un talento extraordinario para el márquetin y la promoción. Siempre
intentó asociar la marca con las personas más destacadas del mundo y sus logros
revolucionarios. Uno de los ejemplos más notables de esto fue su trabajo con
Mercedes Gleitze, la primera mujer en cruzar a nado el Canal de la Mancha. En
1927, Gleitze intentó cruzar el canal a nado con un reloj Rolex Oyster colgado
del cuello. Aunque no logró completar la travesía, el reloj sobrevivió en
perfectas condiciones después de más de 10 horas de exposición al agua. La
perspicacia de Wilsdorf en el márquetin también se extendió a las celebridades
que promocionaban su marca, como Sir Winston Churchill y Dwight D. Eisenhower,
que lucían con orgullo relojes Rolex. La publicidad de la marca declaraba con
audacia: “Los hombres que guían los destinos del mundo llevan relojes Rolex”,
lo que reforzaba su estatus como símbolo de excelencia y prestigio. Otro
ejemplo de su olfato para la publicidad: al inicio de la Segunda Guerra
Mundial, los pilotos de la Royal Air Force llevaban relojes Rolex. No obstante,
cuando algunos fueron capturados se los confiscaron. Cuando Wilsdorf se enteró,
se ofreció a reemplazar todos los relojes sin pago, siempre y cuando los
oficiales escribieran a Rolex explicando las circunstancias de su pérdida y
especificando el lugar en el que se encontraban retenidos.
Hans Wilsdorf falleció en Ginebra, Suiza, el 6 de
julio de 1960. La Hans Wilsdorf Foundation, fundada en 1945, es todavía
propietaria de Rolex, que nunca cotizó en bolsa.
Lecciones de productividad: Cuba y Mao
Cuando
Malthus hace más de dos siglos escribió su más famoso ensayo en el que alertaba
sobre el crecimiento poblacional, consideraba que en el futuro no habría
suficientes alimentos para todos los humanos (y, por cierto, recomendaba que no
se deberían combatir ni la miseria ni las enfermedades para así evitar la
superpoblación) y sin embargo hoy, con más de 7 veces la población de entonces,
la obesidad es una enfermedad más grave que la malnutrición. Aunque siga
habiendo un problema de distribución (que hace que aún en algunas zonas del
planeta se pase hambre), somos más de 7 mil millones y lo que reclama la mayor
parte de la Humanidad no es comida, es sanidad y educación gratuita,
barrenderos en las calles y dinero para consumir en ocio. ¿Por qué la mayor
parte de la humanidad ha pasado de temer por la falta de la manutención más
básica a darla por hecha? La respuesta está en la Revolución Industrial y el
aumento de productividad que generó. Pero también en los movimientos sociales
que han luchado por globalizar los beneficios de tanta mejora productiva. Éstos
han resultado ser muy positivos aunque hayan tardado mucho tiempo en llegar a
otras partes del planeta pero si nos centramos en Europa ha habido un proceso
que ha derivado en un estado del bienestar que es la envidia del mundo.
Sin embargo, creo que queda claro que el proceso correcto es exactamente ese: primero aumentar la productividad y luego repartir. De hecho, unos años antes de las profecías de Malthus, en 1789, empezó la Revolución Francesa. Había motivos de sobra para hacerla y, sin embargo, a pesar de quitar privilegios y de expropiar riquezas a la nobleza, el pueblo llano apenas notó algún beneficio porque la economía no mejoró. Si no se consigue producir más, un mayor reparto aporta muy poco. Parece muy obvio pero es evidente que una y otra vez hay una tendencia a caer en el mismo error. En el siglo XX tenemos un caso similar: Pocas revoluciones estuvieron más justificadas en la Historia que la que encabezó Fidel Castro contra la dictadura corrupta de Batista y cuando alcanzó el poder en enero de 1959 y formó su primer gobierno (en el que Fidel Castro no tenía cargo, tan sólo era comandante de las fuerzas armadas, aunque todo el mundo sabía que era él quien mandaba) con políticos y profesionales de cada especialidad parecía que iba por el buen camino. La rebaja de los alquileres, las subidas de sueldos, la sanidad gratuita, las expropiaciones… automáticamente se elevó el consumo y el nivel de vida. Pero empezó a cambiar ministros por no ser “suficientemente revolucionarios” y por ejemplo puso al médico argentino reconvertido en guerrillero Ernesto Guevara (más conocido por el Ché) de ministro de industria (que incluía –luego lo separaron- toda la producción azucarera, vital en la isla) y de presidente del banco nacional, cargos para los que no tenía ninguna cualificación. En menos de dos años se acabaron los excedentes y ya en 1962 empezaron los racionamientos de comida entrando en recesión la economía en 1963.
¿Por qué pasó esto? No hay un solo motivo pero digamos que el idealismo del Ché tuvo mucha influencia. Por entonces su obsesión era que Cuba dejara de depender económicamente tanto de la producción de azúcar como de tener que venderle la mayor parte de la producción a un solo país (Estados Unidos) y empezó por reducir la producción buscando otros cultivos. Además, él pensaba (son palabras textuales de 1963) que “El incentivo material no tendrá un lugar en la nueva sociedad”. Soñaba con un “hombre nuevo” que no trabajara “en la acumulación egoísta de bienes materiales sino en la obligación moral y altruista para con la sociedad” y decretó la igualdad salarial. Al recibir todos los trabajadores lo mismo hicieran lo que hicieran, se hundió la productividad. En poco tiempo tuvo que rectificar y el propio Ché Guevara cambió el dicho socialista de “que cada cual rinda según su capacidad y reciba según sus necesidades” por el de “que cada cual rinda según su capacidad y reciba según su trabajo”. También se convenció que el azúcar era el cultivo más rentable y se volvió a la idea de aumentar la producción todo lo posible. A principios de 1964 la URSS se comprometió a comprar la mayor parte de producción azucarera de los siguientes cinco años a precios superiores a los del mercado resolviendo lo que parecía que podría ser un fracaso económico absoluto de la Revolución. En resumen, que siguieron practicando el monocultivo y dependiendo de una gran potencia pero aprendieron que para que la productividad crezca, o que al menos no se hunda, los trabajadores necesitan incentivos económicos. Como pasa en cualquier país.
No obstante, tardaron en aprender la lección en China. Bajo Mao, la mayoría de los chinos vivían en la pobreza. La economía de China sólo comenzó a crecer rápidamente después de 1978, cuando su sucesor Deng Xiaoping (que había dicho que “no importa que el gato sea blanco o negro, lo que importa es que cace ratones” y que años después reconocería que “enriquecerse es glorioso”) permitió la creación de empresas privadas. Con el tiempo, las reformas de Deng sacaron de la extrema pobreza a 800 millones de personas. Lo contaba hace unos años Martin Feldstein, profesor de economía de Harvard y antiguo asesor de Reagan pero que también trabajó más recientemente con Obama:
“Cuando viajé a China por primera vez en 1982, era un país muy pobre: puesto que los campesinos habían perdido el derecho a cultivar su propia tierra, el rendimiento agrícola era extremadamente bajo. Más allá de la agricultura, la propiedad individual de los medios de producción era ilegal. Una familia china podía poseer una máquina de coser para su propio uso, pero no dos ni alquilar una a un vecino como ayuda para producir prendas de vestir. Pero se comenzó a devolver lotes de terreno a sus antiguos propietarios, a quienes se les permitió conservar la producción que superara la cuota obligatoria del gobierno. Como resultado, se elevó mucho la producción agrícola y los campesinos produjeron una variedad de cultivos adicionales, como flores y verduras, para venderlos a compradores directos. Poco a poco se fueron relajando las restricciones a la propiedad de bienes productivos y a contratar trabajadores, hasta el punto que hoy el sector privado representa la mayor parte de la actividad económica en China. El resultado fue una explosión del crecimiento económico y un rápido aumento de los estándares de vida.”
Curiosamente
conservan la etiqueta de comunistas pero son una sociedad con más desigualdad
de ingresos que la de cualquier país europeo (e incluso más que Estados Unidos)
por lo que queda pendiente que haya un efecto acordeón y tanta desigualdad
empiece a reducirse, especialmente en lo que atañe a ciertas zonas del interior
del país cuyos estándares de vida están muy alejados de los de las ciudades del
este costero. Incluso su gasto social respecto al PIB es claramente inferior a
la media de la OCDE. En el mundo también sigue existiendo el ejemplo contrario:
un fuerte aumento de productividad que sólo enriquece a una mínima parte de la
población siendo quizás el ejemplo más claro el de ciertos países árabes que se
enriquecieron con el petróleo, especialmente desde 1973, sin extender esos
beneficios y convenciendo, retorciendo para ello el fundamentalismo religioso,
a los afectados que es culpa de los occidentales y de los no musulmanes, en
lugar de achacárselo a las clases dirigentes.
En resumen, no es correcto que el aumento de la productividad sólo beneficie a
unos pocos y, a la vez, de nada sirve repartir beneficios si no hay suficiente
para todos (fue el gran error de Mao): primero hay que producir más y mejor
para asegurar la manutención e idealmente que haya excedentes para poder
progresar en la calidad de vida. Esto ha sido así durante toda la historia de
la humanidad pero sólo desde la Revolución Industrial y sólo en algunas zonas
del planeta, han vivido generaciones que han podido dar por hecho que la
alimentación está asegurada. Y una vez conseguida, han querido más. Así somos
los humanos, no nos conformamos. Por eso los incentivos son tan importantes,
porque somos proclives a aspirar a más y también a luchar más por lo que
consideramos nuestro. Incluso en la Europa del bienestar, la envidia del mundo.
Historia económica: el Nixon Shock
Así es como se denomina a una serie de medidas que el -posteriormente defenestrado- presidente norteamericano tomó hace más de medio siglo, siendo la más importante la del 15 de agosto de 1971, cuando en un discurso televisado anunció que estaba "cerrando la ventana dorada". Eso implicaba finalizar la convertibilidad del dólar en oro (a una tasa fija de 35 dólares la onza), rompiendo el vínculo milenario entre el dinero y los metales preciosos. Para entender la importancia histórica de aquella decisión hay que viajar un poquito más atrás en el tiempo, también en verano, en plena Segunda Guerra Mundial.
Entre el 1 y el 22 de julio de 1944 se logran los
acuerdos de Bretton Woods (un
complejo hotelero en los EUA) que serían la base de la economía que llegó
después (incluida la decisión de fundar el FMI y el Banco Mundial). 44 países los firmaron –un año
antes del nacimiento de la ONU, lo que ejemplifica la importancia que le
dieron- y en ellos se establecía al $ como moneda de referencia de la economía
global. Rusia, que estuvo en la reunión, finalmente no firmó pero eso no lo
evitó: la mayoría del mundo debía dinero en $ a los EUA y eso no cambiaría en
décadas puesto que iba a financiar la reconstrucción de Europa. Se estableció
un cambio fijo de 35$ por cada onza de oro y de las principales divisas
mundiales respecto al $ y de este modo, cualquier banco central del mundo con
35$ podía exigirle a los EUA que les dieran su onza de oro. Lo cierto es que el
mundo entero se vio inundado por $ gracias a inversiones, créditos, guerras
como la de Vietnam que dispararon el gasto… Una situación muy parecida a la
actual en la que la pandemia ha elevado los niveles de deuda y la emisión de
dinero sin respaldo. De hecho, partes del discurso de Nixon suenan muy
actuales:” “Debemos crear más y mejores
empleos (…) debemos detener el aumento del costo de vida; debemos proteger
al dólar de los ataques de los especuladores monetarios internacionales”.
El francés De Gaulle criticó que los EUA tuvieran tanto
privilegio ya que lo cierto es que se calculaba que sólo el 20% de los $ en
circulación estaban respaldados por oro y su política monetaria, manejada sólo
por ellos, afectaba a todo el globo. De esta forma, una pérdida de confianza
súbita podría provocar un pánico bancario global. Pero la crisis no llegó por
eso. En 1971 los EUA tuvieron déficit
comercial por primera vez en el siglo XX por culpa de tener su
moneda tan cara. Los países europeos comenzaron a cambiar los dólares
sobrevalorados por marcos alemanes y por oro. Cuando Francia y Gran Bretaña
demandaron a los EUA la conversión de sus excedentes de dólares en oro, la
respuesta pilló por sorpresa al mundo económico: el presidente Richard Nixon impidió
las conversiones del dólar, devaluándolo en la práctica. Así consiguió que las
exportaciones estadounidenses fuesen más baratas y alivió el desequilibrio
comercial. Desde ese momento, el valor de las monedas pasó de un sistema de
cambios fijos a fluctuar a cada momento tal y como lo conocemos hoy. Es decir,
nació el mercado forex que nos hemos acostumbrado a manejar. Y de nuevo, y
aunque sobrevivió muchos años, un cambio fijo de valor entre dos monedas,
decidido arbitrariamente por políticos, fracasó.
Al ser el dólar aún la principal moneda de reserva del
mundo, los estímulos tanto fiscales como monetarios de su gobierno y su banco
central siguen teniendo una gran importancia y, como hace 5 décadas, saben que
nadie les va a impedir tomar las decisiones que mejor les parezcan a sus intereses,
aunque ese coste salpique al resto del mundo. Nixon pudo hacer lo que hizo
porque a nadie le interesaba cuestionar al dólar, ahora la situación es muy
parecida pero no exactamente igual. Como se pregunta el profesor de Historia de
la Universidad de Princeton Harold James:
“¿Pueden las ventajas únicas de Estados
Unidos perdurar en un momento en que su participación relativa en la economía
mundial se ha reducido, están surgiendo nuevos poderes económicos, el orden
internacional se ha vuelto frágil y la política interna de Estados Unidos
tiende hacia la desconexión global?” y se responde “El dólar originalmente ganó preeminencia en un contexto de fuerte
demanda global de un activo profundo, líquido y seguro, lo que implica que el
surgimiento de activos alternativos seguros podría terminar con la primacía del
dólar.”
El yuan, el euro, las criptomonedas… amenazan el liderazgo del $. Pero en mi opinión su reinado seguirá vigente porque el resto de monedas fiduciarias tienen los mismos defectos y peor implantación mientras que las criptos, en mi opinión, estarán limitadas tanto por las normativas gubernamentales como por la competencia de las divisas digitales impulsadas por los propios bancos centrales. No tengo dudas que la decisión de Nixon fue un robo mayúsculo de los EUA hacia el mundo, ya que redujo el valor de todas las reservas de todos los bancos centrales al devaluar el activo principal que las componía: el dólar. Sin embargo, el uso de la divisa y el prestigio económico de los EUA apenas se vieron afectados y no difiere mucho con lo que los programa de quantitative easing de los últimos años han provocado en las economías más ligadas al $ como la de los exportadores de crudo o China. De hecho, se calcula que 7 de cada 10 dólares está en manos de extranjeros. Nos encontramos con el recurso de la devaluación de la moneda sin perder prestigio ni solvencia, exactamente lo mismo que obtuvo Alemania de la crisis del euro pero también con un ejemplo claro de que se pueden romper las reglas del juego prácticamente de un día para otro y no por ello originarse conflictos bélicos ni enemistades… si el que lo hace es una gran potencia. La enorme influencia que esa decisión de 1971 tuvo en la crisis inflacionista de pocos años después aún hoy es objeto de debate académico y no es mi objetivo entrar en la polémica, sólo resaltar las similitudes con la situación actual de auge de la inflación tras años de política monetaria ultra-expansiva que jamás hubiera podido ocurrir con el patrón oro.
En cualquier caso, en un mundo con más deuda que oro,
volver a ese patrón resulta impensable y, si bien sería deseable una vuelta a
la ortodoxia monetaria, no hay un interés real del mundo económico y político
en ello, más bien lo contrario. Hay quien cree que una mayor inflación podría
cambiar esto pero soy muy escéptico. La economía es confianza, y no percibo a
nadie desconfiando de los activos denominados en $ por más que el balance de la
Fed haya crecido durante años con dinero salido de la nada. El billete verde sigue
reinando, Wall Street y los bonos del Tesoro norteamericano siguen siendo de
los activos más demandados del mundo y el camino iniciado por Nixon parece
tener un solo sentido. Aunque también es cierto que nada dura para siempre…
El origen de Famosa, la marca que siempre asociaremos al portal de Belén
(esta historia no está incluida en mi último libro La prehistoria, y algo de la historia, de 66 empresas: Nacionales y extranjeras, todas famosas, que te animo a adquirir)
Entre los productos navideños más relacionados con
España está el cava, el turrón… y las muñecas de Famosa, nombre que recuerda a
un adjetivo pero que en realidad procede de un acrónimo.
Empecemos por el principio: Onil es un (no tan)
pequeño pueblo de la provincia de Alicante adscrito al partido judicial de Ibi
(quizás algo más conocido por el gran público) que durante toda su historia se
había dedicado a tareas agrícolas. Sin embargo, hacia la séptima década del
siglo XIX y tras derogarse el régimen señorial, empezó una actividad artesana
que, nadie sabe muy bien por qué, se centró en los juguetes. De este modo
surgió a principios del siglo XX una actividad industrial que pretendía combatir
la emigración hacia zonas costeras y grandes ciudades de la población joven del
municipio. No obstante, el proceso fue lento y las fábricas con instalaciones
eléctricas no llegaron hasta la década de 1920, destacando que en ellas había
mujeres trabajando, algo poco habitual en el país. Y para no extendernos mucho
más, la Guerra Civil y la postguerra fueron durísimas y para intentar salir de
la mala situación económica, y aprovechando el clima -tímidamente- aperturista
del régimen franquista de aquellos años, en febrero de 1957, 25 talleres y
empresas jugueteras del pueblo fundan Fábricas Agrupadas de Muñecas de Onil
S.A. (es decir, F.A.M.O.S.A., que pronto perdió los puntos y se quedó como
único nombre comercial).
Hacia mediados del siglo pasado las muñecas, que
empezaron haciéndose de barro y más tarde de una mezcla de barro y cartón
(conocida como cartón-piedra), se encontraron con un nuevo material de
construcción mucho más manejable y, por tanto, más económico: el plástico. Pero
la inversión inicial necesaria para comprar las máquinas era alta, y quizás ese
fue el motivo del nacimiento de Famosa. En cualquier caso fue una decisión muy
inteligente. No obstante, los inicios no fueron fáciles ya que la calidad del plástico
que podía conseguir España en aquellos años era tan mala que las primeras
muñecas amarilleaban apenas salían de su envoltorio. La primera muñeca con
nombre propio lanzada por la nueva empresa se llamó Guendolina, hecha de
poliestireno de alto impacto, en 1967 crea peluches Quirón intentando ampliar
su gama y no centrarse sólo en el plástico. Sin embargo, su primer gran éxito se
basó en este material y fue la muñeca Nancy en 1968, que apostaba por el
realismo en las expresiones. El negocio ya se estaba encauzando, y en 1969
aparecen Barriguitas, pequeños muñecos que, a lo largo de los años,
han tenido infinidad de accesorios y conjuntos. La empresa fue aumentando su
fabricación y ventas, destinando parte de los beneficios a publicidad, ahí destacó
el gran éxito de su anuncio televisivo de 1972 con la musiquilla “las muñecas
de Famosa se dirigen al portal”. Esa década fue quizás la mejor para Famosa, ya
que en 1977 aparece la familia de muñecos Nenuco, quizás el cénit de la
compañía, que aún tuvo algún triunfo más como los Pinypon en 1983.
Quizás su último gran éxito fue en 1992 la distribución de Micromachines.
Pero los cambios en los gustos de los consumidores
(las niñas también iban prefiriendo los videojuegos a las muñecas) y la
competencia internacional, llevó a que las 20 familias propietarias que
quedaban -que ya habían empezado a encargar la producción de juguetes a China- vendieran
la empresa en 2002 a un grupo de inversores; en 2003 entró como socio
importante la Caja de Ahorros del Mediterráneo, que ayudó a financiar la compra
de una licencia para producir muñecos de los personajes de dibujos animados de
Disney, sin demasiado éxito. En 2005 el principal accionista era el Banco de
Santander (que había entrado en el capital por ser el dueño de la mayor parte
de las deudas de la compañía), momento en el que la mayor parte de lo producido
ya estaba hecha en China. Ese mismo año se crece con compras: Feber (juguetes) y
Play by Play (peluches) y en los siguientes años se relanzan las Nancy (2006,
más estilizadas), los Barriguitas en 2007 y en 2009 los Pinypon… todo sin
demasiado éxito. La Gran Recesión iniciada en 2008 dejó muy tocada a Famosa que
en 2010 fue adquirida por el fondo de capital riesgo estadounidense “Sun
Capital” que mantiene la marca y monta una fábrica en México hasta que vuelve a
vender la empresa que, desde 2019, es una división de la juguetera italiana
Giochi Preziosi.
Famosa, cuya sede social ya no está en Onil (se
encuentra en el polígono industrial Las Atalayas de Alicante ciudad) sigue
siendo una compañía líder juguetera en España que, además de las instalaciones
productivas y logísticas en Alicante y Monterrey (México), cuenta con filiales
en Portugal (Oporto), Francia (París), Italia (Milán), México (México D.F.),
Puerto Rico (San Juan), y China (Hong Kong).
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