Aunque entiendo que hay quien piense que soy un “friki” por ello, mi admiración por los avances científicos y mi secreta esperanza de que haya alguien ahí fuera que nos ayude a progresar mejor, me lleva a seguir con mucho interés cualquier noticia relacionada con la investigación espacial. Y como tal, desde niño sigo todo lo que se publica sobre las Voyager. Para quien no lo sepa las Voyager son dos sondas que se lanzaron al espacio, hace años traspasaron el borde de nuestro sistema solar adentrándose en el espacio interestelar -únicos artefactos humanos que sepamos que han llegado ahí- y… siguen trasmitiendo. Por si eso no fuera algo lo bastante interesante, hay que resaltar que se lanzaron en verano de… ¡1977! Algo con una tecnología de hace más de 45 años sigue mandando información desde veinte mil millones de kilómetros de nuestro planeta. Para que nos hagamos una idea de su primitivismo, estas sondas tienen una memoria de 69 KB y almacenamiento en cinta. Los Spectrum que llegaron a España en 1985, el primer contacto con un ordenador personal para la mayoría entonces, podían funcionar en modo 48 KB o 128 KB, y si alguno los ha usado recordará cómo se colgaban continuamente.
En 1965 un estudiante del Instituto de Tecnología
de California llamado Gary Flandro trazó las trayectorias de las
órbitas de Júpiter, Saturno, Urano y Neptuno y encontró que a fines de la
década de 1970 y principios de la de 1980 estos planetas gigantes
estarían casi alineados, un fenómeno tan raro que ocurre solo una vez cada
176 años y que permitiría que una sola nave pudiera visitarlos mediante el uso
de asistencias por gravedad, de ahí vino el impulso para que la NASA
creara estas dos sondas gemelas, luego vino la idea de poner mensajes dentro
por si lo encontraba alguna inteligencia extraterrestre y más detalles que no
caben aquí. Cuando las cámaras de las sondas aún funcionaban mandaron unas
imágenes de algunos planetas de nuestro sistema solar únicas, quizás esa
ausencia visual las últimas décadas haya tenido que ver con la pérdida de
interés del público en general pero a los “frikis” nos sigue sorprendiendo cada
nueva de ellas. Por ejemplo, en 2017, tras 37 años sin cambiar su dirección,
desde la Tierra se consiguió que la Voyager 1 encendiera sus impulsores y
corrigiera mínimamente el rumbo. Pequeñas novedades se van conociendo de estos
artefactos que se alejan a una velocidad de unos 17 kilómetros por
segundo. La más reciente que recuerde fue en 2023, cuando se perdieron las
comunicaciones con la Voyager 2 pero se consiguieron recuperar.
Es tan sorprendente que algo con una tecnología tan
arcaica siga trasmitiendo como que ahora usemos una tan espectacularmente
superior y universalizada. Y es inevitable hacer comparaciones sobre
lo poco que somos capaces de hacer hoy con tanto más. Un Smartphone tiene 240
mil veces más memoria y nuestro ordenador de sobremesa es 10 mil veces más
rápido que la computadora de las Voyager y ¿para qué usamos tanta memoria y
velocidad en la actualidad? Pues la inmensa mayoría en comunicarnos y
entretenernos. No me meto a valorar si esto es bueno o malo pero desde luego
choca que hayamos avanzado tanto tecnológicamente, que hayamos dado el decisivo
paso de popularizar todos esos avances pero que el uso que le demos a todo ello
no sea nuevo. Hemos sustituido el periódico, el teléfono fijo, la enciclopedia…
todo es más rápido y más accesible, tanto personas como información… Pero no
hay nada nuevo, no realizamos actividades diferentes a las que haría alguien de
hace un siglo que charlara en un bar con conocidos que le proporcionaran
información de terceros, leyera la gaceta, escuchara la radio, se riera del
último chiste de moda en el barrio y hasta tuviera una cita a ciegas con la
vecina de uno que apenas conoce. Sí, ahora todo eso se ha expandido y
facilitado, y es posible hacerlo desde casa o desde el móvil en un autobús pero
en esencia es lo mismo.
La gran pregunta es: ¿supone un avance que estemos tan bien comunicados? Es
difícil saberlo, por ejemplo las ventajas de la informática en la educación son
enormes, ojalá yo hubiera tenido tantos datos de forma tan veloz en mis
tiempos. Y en cuanto al ocio, es evidente que las posibilidades se han
multiplicado. Pero en el día a día tanta información no sirve para mucho si no
sabemos discriminarla o si no nos la discriminan bien los medios (el que pasen
desapercibidas las noticias de las Voyager pero tantos sepan algo de un
presunto asesino que es nieto de un famosete, es un buen ejemplo de que algo
falla) y sí, nos podemos comunicar y conocemos lo que pasa es cualquier parte
casi instantáneamente pero no creo que eso nos haya hecho más empáticos. De
hecho, la intransigencia religiosa ha sufrido un repunte los últimos decenios
(el régimen talibán es el mejor ejemplo), las guerras fronterizas han vuelto a
Europa (Ucrania) y movimientos populares como el Brexit o el secesionismo
catalán, demuestran que hay quien prefiere fijarse más en las diferencias que
en las semejanzas e incluso crear nuevas fronteras.
Desde mi punto de vista, la tecnología es fabulosa y su popularización un gran
avance social. Y digo social porque a día de hoy mil millones de personas
tienen en su móvil más acceso a información y ocio del que tenía hace 50 años
el mayor multimillonario del mundo con todos sus recursos. Pero si me imagino a
una civilización extraterrestre encontrando las Voyager y descubriendo los años
que lleva viajando, pienso que se harán una idea equivocada sobre lo que hemos
evolucionado desde que lo construimos; no por la tecnología, sino porque no
supongo que crean que en este rincón perdido de la galaxia no hay aún un
nacionalismo humano, un orgullo de raza planetario sino que la mayoría cree ser
mejor que los demás bien por sus creencias, bien por su físico, bien por su
lugar de nacimiento, bien por su estatus social etc. Puede que el tema de hoy
tenga poco que ver con la economía, que suele ser mi tema, pero la reflexión se
puede llevar a ese terreno ya que cada vez hay más tentaciones proteccionistas
y más ganas de echar las culpas a otros países de la falta de competitividad del
propio. Si no aprovechamos la tecnología –y su popularización- para unirnos
más, ¿de qué sirve estar tan bien comunicados?
