Tengo un amigo que hace unos años usó la indemnización por despido para montar una empresa y lo perdió todo. Tiempo después despidieron a su esposa y montaron otra con el finiquito y volvieron a fracasar, y encima acumularon deudas. Yo mismo he intentado tener negocios un par de veces y tampoco resultó, y suerte que perdí muy poco. Son historias bastante comunes, en España dicen las estadísticas que el 50% de todas las empresas no llegan al octavo año de vida y tan sólo 2 de cada tres llegan al quinto. Pocos son conscientes que eso quiere decir que si 3 personas montan una empresa hoy, uno la cerrará antes de 2030. Y lo peor es que es muy probable que en ese intento haya acumulado deudas. Por otra parte, hay muchas empresas sin actividad (en España se calcula que un millón y medio) por lo que la estadística aún sería peor en cuanto a resultados monetarios.
Y es que
crear una empresa, más allá de la idoneidad de la idea o del talento del
emprendedor, es complicado: trámites burocráticos, necesidad de financiación,
imprevisibilidad del consumidor del que nunca se sabe si responderá o no al
producto o a los servicios que ofrece el nuevo negocio… Pero supongamos que
tenemos éxito y estamos en ese 50% que tras ocho años lo tiene y obtiene
buenos resultados. Lo normal es que los primeros beneficios se dediquen bien a
reinvertirlos en infraestructuras de la propia empresa, bien a devolver la
liquidez que recibió al empezar (sea de créditos bancarios o prestado por
familiares y/o socios) con lo que aparte de asignarse un buen sueldo, el
emprendedor que triunfa no suele “forrarse” y además sufrirá rechazo social. Y
esto es muy injusto porque alguien que consigue vencer contra unas
posibilidades en contra tan altas, y con un triunfo que repercute en más gente
(sus empleados y sus inversores), tiene derecho a ganar por ello. Y la sociedad
debería valorar la figura del empresario porque él es el creador de empleo por
antonomasia.
Supongamos
que ese emprendedor que ha conseguido sobrevivir tras los primeros años quiere
crecer y para ello no le basta con reinvertir beneficios, entonces se plantea
buscar socios capitalistas que aporten capital con el que financiar su
expansión y, de paso, crear más empleos y pagar más impuestos, generando un
efecto positivo para toda la sociedad, más allá del producto que venda. Su
empresa cada vez es menos suya si incluye más socios, tiene que dividir los
beneficios con ellos y, si consigue salir a bolsa, podría ser que ese reparto incluya
a miles de personas. Los casos de grandes empresas con el fundador como gran
accionista de referencia no son demasiados (tenemos por ejemplo el caso de J. Roig
y Mercadona) y aún más escasos tras una salida a bolsa (Inditex y A. Ortega son
la excepción en un Ibex en el que las grandes compañías suelen tener a bancos y
fondos de inversión como principales dueños y el resto de propietarios muy
repartidos) por lo que el caso más habitual es el de un consejo de
administración, elegido por los accionistas (en la práctica sólo por los más
grandes) con unos ejecutivos que dirigen la compañía para dar el mayor
beneficio posible a los dueños, a los que han puesto dinero. Últimamente las
críticas vienen porque se cree que los trabajadores deberían verse más
beneficiados que los inversores en los años buenos.
En un mundo
ideal lo mejor sería que si una gran empresa tiene altos beneficios, al igual
que hace con los accionistas, reparta algo entre los trabajadores. No digo
subir salarios porque puede que al siguiente año las cosas no vayan bien y
bajarlos es más complicado pero ¿por qué no un bonus? Personalmente creo que
está bien que en un año de grandes beneficios también se reparta algo entre los
trabajadores ya que el empleado -en general- ha influido más en el resultado
operativo que el inversor (Mercadona lo hace cada año) pero no es tan fácil. Lo primero es que tendrían que
estar de acuerdo los dueños en ganar menos, y eso puede ser sencillo cuando el
dueño es uno o unos pocos pero no cuando son cientos de miles como suele pasar
en las cotizadas, ¿O es que los millones de españoles accionistas de BBVA,
Caixabank, Santander etc. estarían de acuerdo en reducir su dividendo para
destinar parte de su beneficio –obtenido tras asumir el riesgo de invertir en
dichas compañías- en aumentar las retribuciones de los trabajadores de esos
bancos? Tampoco olvidemos que, salvo excepciones como una gran herencia, el
dinero de los accionistas también procede originariamente de un trabajo que
generó esos ahorros.
Por último,
el del trabajador y el del inversor son riesgos distintos. De hecho, los
ejercicios que hay pérdidas los dividendos se volatilizan y el precio de la acción
suele caer, y eso muy raramente implica que se bajen sueldos. No parece
sencillo convencer a, por ejemplo, un accionista que invirtió en Telefónica hace 25 años y cuya acción acumula una caída importante desde
entonces (pero que consigue medio solventar las pérdidas gracias al cobro de
dividendos –de los que parte se lleva Hacienda, por supuesto-), que debe
recortarlo tras unos buenos resultados para compartirlo con alguien que, sin
arriesgar capital, ya lleva esos mismos 25 años cobrando un salario cada mes.
El populismo lo aguanta todo pero nada es tan simple como parece.
