El blog de Droblo
@droblo
Tanta tecnología y tan poca comunicación
Aunque entiendo que hay quien piense que soy un “friki” por ello, mi admiración por los avances científicos y mi secreta esperanza de que haya alguien ahí fuera que nos ayude a progresar mejor, me lleva a seguir con mucho interés cualquier noticia relacionada con la investigación espacial. Y como tal, desde niño sigo todo lo que se publica sobre las Voyager. Para quien no lo sepa las Voyager son dos sondas que se lanzaron al espacio, hace años traspasaron el borde de nuestro sistema solar adentrándose en el espacio interestelar -únicos artefactos humanos que sepamos que han llegado ahí- y… siguen trasmitiendo. Por si eso no fuera algo lo bastante interesante, hay que resaltar que se lanzaron en verano de… ¡1977! Algo con una tecnología de hace más de 45 años sigue mandando información desde veinte mil millones de kilómetros de nuestro planeta. Para que nos hagamos una idea de su primitivismo, estas sondas tienen una memoria de 69 KB y almacenamiento en cinta. Los Spectrum que llegaron a España en 1985, el primer contacto con un ordenador personal para la mayoría entonces, podían funcionar en modo 48 KB o 128 KB, y si alguno los ha usado recordará cómo se colgaban continuamente.
En 1965 un estudiante del Instituto de Tecnología
de California llamado Gary Flandro trazó las trayectorias de las
órbitas de Júpiter, Saturno, Urano y Neptuno y encontró que a fines de la
década de 1970 y principios de la de 1980 estos planetas gigantes
estarían casi alineados, un fenómeno tan raro que ocurre solo una vez cada
176 años y que permitiría que una sola nave pudiera visitarlos mediante el uso
de asistencias por gravedad, de ahí vino el impulso para que la NASA
creara estas dos sondas gemelas, luego vino la idea de poner mensajes dentro
por si lo encontraba alguna inteligencia extraterrestre y más detalles que no
caben aquí. Cuando las cámaras de las sondas aún funcionaban mandaron unas
imágenes de algunos planetas de nuestro sistema solar únicas, quizás esa
ausencia visual las últimas décadas haya tenido que ver con la pérdida de
interés del público en general pero a los “frikis” nos sigue sorprendiendo cada
nueva de ellas. Por ejemplo, en 2017, tras 37 años sin cambiar su dirección,
desde la Tierra se consiguió que la Voyager 1 encendiera sus impulsores y
corrigiera mínimamente el rumbo. Pequeñas novedades se van conociendo de estos
artefactos que se alejan a una velocidad de unos 17 kilómetros por
segundo. La más reciente que recuerde fue en 2023, cuando se perdieron las
comunicaciones con la Voyager 2 pero se consiguieron recuperar.
Es tan sorprendente que algo con una tecnología tan
arcaica siga trasmitiendo como que ahora usemos una tan espectacularmente
superior y universalizada. Y es inevitable hacer comparaciones sobre
lo poco que somos capaces de hacer hoy con tanto más. Un Smartphone tiene 240
mil veces más memoria y nuestro ordenador de sobremesa es 10 mil veces más
rápido que la computadora de las Voyager y ¿para qué usamos tanta memoria y
velocidad en la actualidad? Pues la inmensa mayoría en comunicarnos y
entretenernos. No me meto a valorar si esto es bueno o malo pero desde luego
choca que hayamos avanzado tanto tecnológicamente, que hayamos dado el decisivo
paso de popularizar todos esos avances pero que el uso que le demos a todo ello
no sea nuevo. Hemos sustituido el periódico, el teléfono fijo, la enciclopedia…
todo es más rápido y más accesible, tanto personas como información… Pero no
hay nada nuevo, no realizamos actividades diferentes a las que haría alguien de
hace un siglo que charlara en un bar con conocidos que le proporcionaran
información de terceros, leyera la gaceta, escuchara la radio, se riera del
último chiste de moda en el barrio y hasta tuviera una cita a ciegas con la
vecina de uno que apenas conoce. Sí, ahora todo eso se ha expandido y
facilitado, y es posible hacerlo desde casa o desde el móvil en un autobús pero
en esencia es lo mismo.
La gran pregunta es: ¿supone un avance que estemos tan bien comunicados? Es
difícil saberlo, por ejemplo las ventajas de la informática en la educación son
enormes, ojalá yo hubiera tenido tantos datos de forma tan veloz en mis
tiempos. Y en cuanto al ocio, es evidente que las posibilidades se han
multiplicado. Pero en el día a día tanta información no sirve para mucho si no
sabemos discriminarla o si no nos la discriminan bien los medios (el que pasen
desapercibidas las noticias de las Voyager pero tantos sepan algo de un
presunto asesino que es nieto de un famosete, es un buen ejemplo de que algo
falla) y sí, nos podemos comunicar y conocemos lo que pasa es cualquier parte
casi instantáneamente pero no creo que eso nos haya hecho más empáticos. De
hecho, la intransigencia religiosa ha sufrido un repunte los últimos decenios
(el régimen talibán es el mejor ejemplo), las guerras fronterizas han vuelto a
Europa (Ucrania) y movimientos populares como el Brexit o el secesionismo
catalán, demuestran que hay quien prefiere fijarse más en las diferencias que
en las semejanzas e incluso crear nuevas fronteras.
Desde mi punto de vista, la tecnología es fabulosa y su popularización un gran
avance social. Y digo social porque a día de hoy mil millones de personas
tienen en su móvil más acceso a información y ocio del que tenía hace 50 años
el mayor multimillonario del mundo con todos sus recursos. Pero si me imagino a
una civilización extraterrestre encontrando las Voyager y descubriendo los años
que lleva viajando, pienso que se harán una idea equivocada sobre lo que hemos
evolucionado desde que lo construimos; no por la tecnología, sino porque no
supongo que crean que en este rincón perdido de la galaxia no hay aún un
nacionalismo humano, un orgullo de raza planetario sino que la mayoría cree ser
mejor que los demás bien por sus creencias, bien por su físico, bien por su
lugar de nacimiento, bien por su estatus social etc. Puede que el tema de hoy
tenga poco que ver con la economía, que suele ser mi tema, pero la reflexión se
puede llevar a ese terreno ya que cada vez hay más tentaciones proteccionistas
y más ganas de echar las culpas a otros países de la falta de competitividad del
propio. Si no aprovechamos la tecnología –y su popularización- para unirnos
más, ¿de qué sirve estar tan bien comunicados?
Cuando las máquinas dominan los mercados
Cuando finalizaba la Edad Media en lo que hoy conocemos como Benelux se ampliaban los negocios mercantiles a través de todo el mundo utilizando rutas comerciales recién descubiertas. Pero los riesgos para invertir eran muy altos: equipar una flota de barcos con destinos remotos donde podían naufragar, por mucho beneficio que se obtuviera, podía significar que un solo viaje malogrado provocara la ruina de cualquier inversor. Una asociación con otra gran fortuna implicaba dejar de poseer la gestión exclusiva del negocio por lo que surgió la idea de crear participaciones del negocio entre pequeños inversores a cambio de una rentabilidad (dividendo). De este modo, un inversor podía prescindir de hasta el 49% de su negocio, conseguir financiación sin coste y, a cambio, sólo tenía que repartir un máximo del 49% de sus beneficios (si estos llegaban) y continuar dirigiendo la compañía. De ahí a que se creara un mercado donde negociar estas acciones hubo un corto paso. Así, la primera bolsa moderna donde se reunían compradores y vendedores -y que se llamó así por el apellido de un noble llamado Van der Buërse- se fundó en 1460 en Amberes.
Con ello, el que compraba acciones pensando en un
futuro dividendo, pasó a poder ganar dinero sin tener que esperar tanto. Si
alguien sabía que algún barco había tenido un percance o que el precio del
producto transportado había bajado, podía deshacer su inversión: se podía
especular con ello y comprar o vender acciones. En la actualidad un cargamento
de petróleo suele cambiar de propietario varias veces desde el puerto de origen
hasta el de su destino. Como se puede apreciar, el “mercado”, aunque haya crecido
mucho, no ha cambiado tanto: se crean unos instrumentos para la inversión que
llevan a la especulación. El proceso tiene que ver con la propia naturaleza
humana, nuestro afán de querer más. Y el dividendo, aunque algunos le sigan
dando importancia, ha perdido valor como argumento para invertir ya que la
volatilidad es tan alta que esa rentabilidad se puede ganar o perder, por la
evolución del precio, en minutos.
Pero sí hay algo nuevo en los mercados desde hace ya
años: la presencia de máquinas decidiendo operativas. Gran parte del volumen de
negociación en Wall Street y en otros mercados del mundo, lo mueven sistemas
HTF (high frecuency trading) utilizando complejos algoritmos que analizan y
deciden en un tiempo de unos 2 o 3 milisegundos. En teoría funcionan usando
pautas estadísticas como hacen muchos en su operativa pero su conocimiento de
los datos, su rapidez y, por qué no decirlo, su ausencia de emociones, les
proporcionan una gran ventaja. Si un humano piensa que una acción debe subir
porque está en un soporte técnico según los gráficos o porque es un periodo del
año estacionalmente alcista, y para tomar esa decisión tarda minutos, un
sistema de trading de alta frecuencia en 0,002 segundos calcula cientos de
acciones y evalúa pautas complejas basadas en datos que, por ejemplo, pueden
ser algo así -es un ejemplo ficticio- como “si el precio de una acción
petrolera toca la media de precio de las 13 últimas sesiones al mismo tiempo
que el precio del petróleo West Texas sube por encima de la desviación standard
de un periodo de tiempo determinado, existe un 73,3% de posibilidades de que
suba en un porcentaje superior al 3,33%”, y rápidamente, según los parámetros
introducidos, opera en los mercados, con la ventaja de ser disciplinado y
cortar las pérdidas con rapidez si la “apuesta” es equivocada.
En Estados Unidos ya ha habido acusaciones penales
contra robos de estos algoritmos, que son valorados en cantidades astronómicas.
Y es que cuando aparecieron y empezaron a usarlos los departamentos de trading
de bancos como Goldman Sachs, sus resultados se dispararon. Aunque no debe ser
fácil replicarlos, o quizás el que se usen más por tantos, ha reducido su
eficacia porque los roboadvisors, gestores de carteras automatizadas que dicen
basarse en el mismo principio (algoritmos para rentabilizar mejor las inversiones
sin el factor humano, más emocional y menos racional) tienen resultados
discretos, para desespero de los clientes que creyeron en ellos como el nuevo
maná. Sin embargo, el avance de la inteligencia artificial es ya un hecho. Hace ya un par de años que una empresa china de videojuegos, NetDragon, nombró
director ejecutivo de su filial Fujian NetDragon Websoft a un "robot
humanoide virtual con inteligencia artificial", y parece que sus
resultados no han sido malos.
La inteligencia artificial está resucitando los
temores, que ya se vieron reflejados en muchas obras de ficción del siglo XX, a
un poderío de las máquinas sobre el ser humano. Es un debate que roza lo
filosófico y excede el tamaño de este artículo pero es cierto que entra de
lleno en una cuestión muy práctica: el mundo laboral. Ya están saliendo
estudios y previsiones sobre qué empleos pueden verse más afectados y,
probablemente la inteligencia artificial esté de acuerdo conmigo, debería
incluso plantearse un radical cambio de los planes de estudio si realmente se
confirman las transformaciones que parece que van a llegar. De momento, y a
pesar de los que alaban nuestra intuición y nuestro conocimiento del contexto como
cualidades que superan a los algoritmos, creo que en los mercados financieros,
al menos en el trading (otra cosa son las decisiones de inversión a más largo
plazo), el tiempo de los humanos se está acabando. Otro tema es hasta qué punto
puede ser peligroso si su operativa se va ampliando a mercados con menor
volumen y descubren lo sencillo que puede ser ganar dinero hundiendo o
hinchando artificialmente un valor bursátil (¿ha pasado ya?), sobre todo si,
más allá de la bolsa, eso pasa con la divisa o la deuda de un país (uno
emergente por ejemplo), al que pueden hundir su economía en muy poco tiempo. Es
decir, si aprenden la peor faceta de los humanos en los mercados financieros.
Gracias por las marcas blancas
Lo que en España conocemos como marca blanca (por el color de los envases de los primeros productos que se vendieron sin marca) nacieron como “marca de distribuidor” en la Alemania de la II Guerra Mundial, buscando la austeridad. Con la crisis inflacionista del petróleo de 1973 esta tendencia se extiende en países como Francia y Estados Unidos. A España llega a 1977 y, según las fuentes, el primero que lanzó productos sin marca destacando sólo el producto que se vendía fue la cooperativa vasca Eroski o el supermercado “low cost” madrileño (y ya desaparecido) Simago. En cualquier caso, se limitaba a productos básicos y, aunque fue copiado por otras grandes cadenas según pasaban las décadas, hasta la crisis de 2008 en una gran parte de la población comprar “marca blanca” tenía muy mala prensa. Recuerdo comentarios maliciosos en foros (donde se debatían estas cosas antes de Twitter) afirmando que los yogures de sabores de marca blanca se hacían con la fruta que rechazaba Danone por ser de mala calidad.
Con la Gran Recesión todo cambió (de no llegar al 25%
de cuota a superar en pocos años el 40%) y dejó de estar mayoritariamente mal
visto comprar marca blanca y en la actualidad, debido a las subidas de precios
tan elevadas, estamos en máximos de consumo de estos bienes. En concreto la
cuota de la “marca blanca” en 2004 era del 22%, en 2008 llegó al 34% y en la actualidad diversas fuentes la colocan por encima del 50%. Es decir, la mitad -o más- de todo lo que compramos es de marca blanca. A esto ha ayudado también que en
estas décadas se ha mejorado la estética -y probablemente la calidad- de estos
productos, incluso traicionando el espíritu inicial y asignando una marca
propia a lo que en teoría no tenía marca. Es el caso de El Bosque Verde de
Mercadona o Silver Crest de Lidl. Aunque primeras marcas han tenido una segunda
marca más barata y, para no devaluar su imagen, les interesaba que su nombre no
apareciera, esto ahora es minoritario.
Las grandes cadenas de distribución llegan a acuerdos,
generalmente con empresas pequeñas, para adquirir sus productos y renombrarlos
con su propia “marca blanca” llegando incluso a ser competencia, porque solo en
algunos casos se adquiere toda la producción. Un ejemplo es Tarradellas, cuyas
pizzas se venden en Mercadona con un envase diferente y un precio inferior al
de la marca barcelonesa, teniendo exactamente el mismo contenido que en otros
supermercados donde Tarradellas vende con su propio formato. ¿Por qué esta
marca hace esto? Por lo mismo que otras muchas, el volumen que compra Mercadona
es tan grande, que es interesante para Tarradellas vender a un menor precio (en
este caso el acuerdo incluye fiambres, patés etc.) a un cliente tan importante
y, por otro lado, el margen que aplica la cadena valenciana entre como lo
adquiere y cómo lo vende al público, también es más bajo.
Y, de hecho, otras empresas con una marca propia lo bastante famosa, también
aceptan lo mismo, es el caso de Antiu Xixona o Cidacos, pero hay muchas más
menos conocidas.
La inflación va a seguir siendo un problema, y más
tras los problemas del campo que están disminuyendo la producción de muchos productos
que encarecerán aún más todo lo que provenga de la agricultura y la ganadería,
incluso si los precios energéticos siguen contenidos. Siendo Mercadona el punto
de venta de alimentación donde más compran los españoles (y el segundo
Carrefour), es importante, y más en tiempos de precios más altos como los
actuales, que los consumidores podamos acceder a productos, incluso de marcas de
gran prestigio, a un precio inferior, y en algunos casos la diferencia es
grande. Yo mismo he podido constatar diferencias importantes en, por ejemplo,
el litro de leche: donde vivo la marca que suministra a la cadena valenciana
vende con su propia marca en otros puntos de venta, de media, un 10% más caro,
y es la misma leche. Ocurre lo mismo en Carrefour, Día etc., por ejemplo el
caso de la leche, yogures y postres Celta que se venden en Aldi renombrados como
Milsani. Por eso a lo absurdo de algunas críticas contra nuestras cadenas de
distribución, que ya hemos comentado alguna vez,
se suma lo injusto que resulta acusar a los supermercados de la inflación como
hizo no hace tanto un economista, famoso por ignorar los datos y buscar
polémicas para que le sigan llamando a esos programas, en televisión.
De hecho, si no existieran las marcas blancas, si no hubiera esos acuerdos (que sólo
pueden hacer las grandes compañías) para adquirir a más bajo coste por mayor
volumen y posteriormente vender el mismo producto con otra etiqueta y menor
precio, la inflación procedente de alimentación (y cosmética, limpieza etc.)
sería bastante más alta de la que es. Es curioso cómo ni siquiera los políticos
más belicosos contra los supermercados, son incapaces de criticar a las
empresas que venden a precios más caros como Nestlé, Danone, Colgate… y se
ceban precisamente contra los que sí que ofrecen a los consumidores una buena
relación calidad/precio. Lo peor es que consiguen que mucha gente haga lo mismo,
equivocando claramente el tiro.
El inversor minoritario español no está bien asesorado
En este país hay muchas cosas que no funcionan como deberían, quizás no tantas como creemos porque los españoles solemos ser demasiado autocríticos, pero hay muchas. Una de ellas creo que clama al cielo y hay que denunciarla, sobre todo porque me da la impresión que muchos no son conscientes de ello. Me refiero a lo mal asesorados que estamos, en general, en el tema de las inversiones. Algo tan importante como la rentabilidad de los madrugones que cada uno realiza para poder tener unos ahorros, es tratado con frivolidad por los que deberían asesorar a los millones de partícipes en los mercados financieros.
Por supuesto el error principal viene de la falta de una educación financiera desde niños, pero eso no debería ser excusa para el bajísimo nivel de los denominados “expertos” y de la absurda complicidad de casi todos los medios que siguen dando altavoz a sus consejos. Más ahora que acabamos de ver publicadas las previsiones para 2026 con los absurdos “precios objetivos” y “rentabilidades por dividendo”, volviendo a dar crédito a los mismos que las hicieron hace un año con un muy evidente mal resultado.
La bolsa puede subir o bajar y nadie conoce el futuro,
eso es evidente. Yo jamás criticaré que alguien diga en un programa de radio
que cree que hay que comprar acciones de tal compañía y que luego bajen. Mala
suerte, a todos nos ha pasado. Pero sí que está mal que cuando esa acción cae y
cae, y entra en una tendencia bajista clara, siga insistiendo en que no
vendamos y las mantengamos, y le vuelvan a invitar a esa misma radio cuando lo
que recomendó ha bajado un 20% y encima insista en que “el potencial de
revalorización es ahora mucho mayor” y por lo tanto hay que “seguir
acumulando”. En realidad, está promoviendo algo que los buenos profesionales
(que para mí son los que viven de lo que hacen en los mercados, sea para sí
mismos o para una entidad financiera, no los que hacen recomendaciones, aunque
sean de un banco de inversión estadounidense famosísimo) siempre desaconsejan:
no hay que doblarse, no hay que empecinarse, no hay que ir contra tendencia. Lo
primero es preservar el capital, y creo que eso es demasiado obvio como para
que nadie lo discuta.
Con razón se dice que si para arreglar los problemas
de tu automóvil debes ir a un mecánico profesional, para gestionar los ahorros,
que como he dicho antes suelen proceder de la suma de muchos madrugones,
también se debe acudir a un asesor experto. Pero tenemos un problema: es
ingenuo esperar que en el banco de cada uno le asesoren con objetividad. Jamás
te dirán, como por ejemplo creo yo es el mejor consejo para este año: “quédate
en liquidez y no inviertas en nada, aunque pierdas poder adquisitivo por la
inflación”. Y no porque quizás no lo crean, es porque van a tratar de vender
sus productos financieros para obtener comisiones; no van a buscar el mayor
beneficio del cliente, sino el de la entidad que le paga el sueldo.
Esto también es muy obvio, y por eso muchos recurren a
los medios de comunicación. Pero éstos también son decepcionantes por dos
motivos: primero, muchos escriben lo que saben que la gente quiere leer y si
bien a las noticias se les da un tono apocalíptico porque el pesimismo vende,
en el tema bursátil siempre intentan dar a entender que si los lectores pierden
dinero en sus inversiones, la culpa es de factores externos; y segundo, como
hacen los programas de radio dedicados a la bolsa, siempre dan altavoz a una
industria financiera y a unos “expertos” que llevan años demostrando su
incompetencia.
Y hay que ser claros: la inversión bursátil es voluntaria. Nadie obliga a nadie a que compre acciones, y si compras y pierdes dinero la responsabilidad es tuya, como lo es cuando ganas. Ya sé que si vas a los foros de las webs especializadas en esa acción en concreto te van a decir que si pierdes la culpa es de los fondos bajistas, o del BCE, o de que los directivos son incompetentes (esto último se repite mucho, pero extrañamente los que lo creen no venden la acción de la empresa que creen que está mal gestionada) … siempre el mantra es achacar las culpas de la mala inversión que hemos hecho, a factores externos. Y los medios suelen ser cómplices de esto porque promueven esa idea, ya que saben que es lo que quieren leer sus lectores.
En cuanto a las
radios, estoy cansado de que lleven a gestores de fondos a aconsejar a los
oyentes sobre inversiones cuando por su profesión siempre están invertidos, es
decir, raramente van a recomendar que nos quedemos en liquidez. Además, si
vemos (recuerdo que internet es gratis y se puede comprobar fácilmente) la
rentabilidad de los fondos que gestiona ese supuesto experto, podemos comprobar
que los partícipes llevan años perdiendo dinero o, al menos, quedando peor que los índices a los que están referenciados. Años, no meses. ¿Por qué los
medios se empeñan en que nos aconsejen gestores que hacen perder dinero a sus
clientes y/o ganar menos que sin su ayuda? La única explicación que se me
ocurre es que no miran por el beneficio de sus oyentes ni de sus lectores, los
llaman porque van gratis.
Asignar probabilidades a un escenario o a otro (que es lo que hacemos los que especulamos/invertimos en los mercados) e invertir en base a ello, es complicado. Y es muy muy importante, más en un contexto de inflación como el actual en el que tener el dinero parado es una pérdida segura de poder adquisitivo, que nuestros ahorros estén bien gestionados. La mayoría de minoritarios en este país llevaban años perdiendo dinero en la bolsa (incluso lo perdían con Wall Street en máximos históricos por el empeño de la industria financiera en invertir en acciones españolas) hasta 2023, los fondos de inversión en general tienen unos resultados decepcionantes, y sólo ganan cuando la tendencia es abrumadoramente alcista como pasó en 2025, y ¡qué decir del desastre de los fondos de pensiones!
El
inversor bursátil español está mal asesorado y mal informado, es una realidad
muy evidente. La responsabilidad de ello está muy repartida, incluida la de él
mismo, y animo a un debate para ver cómo resolver esto porque millones de
hogares españoles invierten y merecen una rentabilidad mayor. Además, cuanto
más ganemos, más pagaremos a Hacienda, así que… nos beneficiamos todos.
La rentabilidad por dividendo NO existe
Soy consciente que incluso en webs financieras prestigiosas se habla de ese término mítico “rentabilidad por dividendo”. Esto demuestra, una vez más, lo desconfiado que debe ser el inversor con medios y supuestos expertos sobre bolsa y la necesidad de formarse para poder tener un criterio propio que le sirva a conseguir una mayor rentabilidad para sus ahorros, en lugar de convertirse en un “paga comisiones” sin asesoramiento objetivo. Si compra usted una acción a 10 euros que reparte un dividendo de 1 euro le mentirán y le dirán que ese valor debe ser comprado porque ofrece una rentabilidad por dividendo del 10%. Pero lo que ocurre es que juegan con la percepción errónea del “dinero en mano” ya que sí, nos pagan ese euro, pero automáticamente el precio de la acción baja en la misma proporción. ¿Cómo puede venderse como rentabilidad añadida algo que es tan sólo un juego de suma cero?
Multimillonarios que nunca venden y fondos de
pensiones que necesitan liquidez periódicamente, suelen sentirse atraídos por
compañías de alto dividendo, pero para el inversor minoritario, el que busca un
plus para sus ahorros y, a ser posible, batir cada año la subida del coste de
la vida, el comprar una acción que dé un dividendo grande, pequeño o ninguno,
no es un factor que aumente la rentabilidad de su inversión. Los dividendos son
una inyección de liquidez, no un beneficio extra. Como ejemplo cualquiera que
haya comprado Santander o Telefónica confiando en ello, ha podido comprobarlo.
El dividendo que se cobra, restada la quinta parte que se queda Hacienda, se
descuenta del precio de la acción automáticamente por lo que no hay ninguna
rentabilidad salvo la impresión de que la hay por recibir un dinero en efectivo
de vez en cuando.
Es cierto que una empresa que reparte dividendos es
una empresa con beneficios, y eso es un buen argumento para un inversor, si
bien hay quien puede discutirlo tras la buena racha del Nasdaq de los últimos
años, índice en el que la mayoría de sus cotizadas no pagan dividendos. Pero
una cosa es decidirse por invertir en un valor por sus resultados financieros y
otra muy distinta engañarse creyendo que por cobrar dividendos periódicamente
van a recibir algún tipo de rentabilidad extra. No es cierto: toda acción que
abona un dividendo, resta en la misma proporción el precio al que cotiza. De
hecho, el propio Ibex descuenta los dividendos, y es por eso que existe el
índice que todos conocemos, y
hay otro que se denomina Total Return que, debido a todos los dividendos
abonados durante todos estos años, es el que ofrece el dato real de retorno de la inversión.
Tampoco es que tenga mucho sentido que, con la actual
volatilidad y con un IPC tan alto que nos come el poder adquisitivo en una
proporción tan grande, se quiera convencer a un posible inversor a que compre
unas acciones que en unas horas pueden subir o bajar un 5%, por un dividendo
que puede proporcionar eso mismo -generalmente menos- anualmente. Pero es que encima es
mentira. Lo preocupante de todo esto no es que haya tanta gente engañada por la
falsedad de la “rentabilidad por dividendo”, es que todo aquel que conoce
mínimamente la bolsa sabe que esto es así, y sin embargo medios y supuestos
expertos siguen con la misma cantinela. Incluso se comercializan fondos que
presumen de ella, ¿Cuántas portadas en prensa salmón española no habré visto
anunciando a bombo y platillo la “lluvia de dividendos” como argumento para
comprar tal o cual acción? Y ¿Cuántos llevan años pillados por haber utilizado
ese falso argumento en sus compras? Incluso hay quien invirtió dando por hecho
un dividendo que luego se suspendió, porque tampoco es algo seguro al 100%. Y
por supuesto hay acciones que han sido muy rentables este siglo como Iberdrola
o Inditex, que además han pagado muy buenos dividendos, pero lo han sido por la
fuerte subida de su cotización, no por los dividendos, que según se abonaban,
eran restados del precio.
En foros especializados de internet se puede comprobar
cómo hay muchísimos accionistas que se consuelan de unas notables pérdidas a
revaluación (comparando el precio de compra con el precio que cotiza hoy) con
el “caramelito” de los dividendos. Lo mismo estoy siendo cruel recordando a los
que tienen acciones desde hace años de Telefónica que, aunque
saben que están perdiendo dinero, se animan con los dividendos, pero yo los
animo a que no se dejen engañar y sumen todo lo que han cobrado, más lo que
conseguirían si vendieran sus acciones hoy y lo comparen con lo que pagaron en
su momento. Incluso ignorando -aunque deberíamos tenerlo en cuenta- comisiones
y costes de mantenimiento (que siguen cobrando la mayoría de bancos y agencias
de valores), podrán comprobar que jamás han obtenido una rentabilidad por el
dividendo, sólo han recibido pagos que, automáticamente, han minusvalorado el
precio del activo que poseen, en la misma proporción.
Un apunte sobre Groenlandia
Todo apunta a que si Trump se empeña, antes o después
se quedará Groenlandia. Sus excusas son flojas porque no se ve por ninguna
parte la amenaza rusa ni china como para que haga falta que Estados Unidos la
ocupe para que no lo hagan otros, pero es evidente que nadie puede frenar el
afán intervencionista del presidente estadounidense. Dado que la Europa “otanizada”
necesita el escudo protector del país norteamericano, es evidente que Dinamarca
-y la UE entera- acabará cediendo y abrirá negociaciones. Yo espero que no
acaben con el fin de la soberanía sobre aquel territorio pero desde luego la
conclusión tras ellas será que Groenlandia se convertirá en un vasallo de su
vecino todopoderoso. Si es con permisos para aumentar presencia militar,
extracciones minerales o temas similares (ante la amenaza de ocupación total)
pues una vez más Dinamarca -y la UE- se rendirán ante el chantaje de la fuerza.
Sin embargo, hay otra posible opción: la compra directa y que Groenlandia pase
a ser de los Estados Unidos a cambio de una compensación monetaria.
Y este caso, que es perfectamente factible (en su día
Alaska fue adquirida con dinero a Rusia) abre un interrogante: ¿quién sería el
receptor del pago? Groenlandia es un territorio que pertenece a Dinamarca pero
su alto grado de autonomía le permitiría ser considerado “poco dependiente” de
su metrópolis. El enorme tamaño de la isla y su importancia geoestratégica es ambicionado
por los Estados Unidos que quieren incorporarla a su país, a lo que por
supuesto Dinamarca se opone pero, ¿y si Groenlandia fuera de los que están
censados allí, qué pensarían ellos? Según encuestas los groenlandeses no
quieren ser estadounidenses pero caso de que hubiera un referéndum, ¿el
resultado sería vinculante? La pregunta es muy oportuna porque apenas son 60
mil habitantes y si la soberanía de Groenlandia depende de ellos, Trump lo
tiene tan fácil como prometer un millón de dólares a cada uno si el resultado
mayoritario de la votación es favorable para los intereses de los Estados
Unidos. 60 mil millones de dólares son una minucia para lo que supondría la
anexión de un territorio de un tamaño que supera en cuatro veces el de España. De hecho, hay fuentes que hablan de estar dispuesto a pagar hasta 700 mil millones, lo que supondría más de 10 veces la cantidad del millón. Adquirir
territorios con escasa población pero gran valor en recursos (sean naturales, geopolíticos o ambos) puede ser perfectamente un objetivo para los Estados Unidos.
Podría no ser una fórmula que se detuviera en Groenlandia.
Esto recuerda a las polémicas de hace 15 años, en
plena crisis del euro, cuando se hablaba de que Grecia vendiera alguna de sus
islas para pagar su deuda pública. Pero en este caso estamos hablando de la
posibilidad de una decisión soberana, ¿preferirían los groenlandeses ser
estadounidenses y tener millones de dólares en su cuenta corriente o seguir
siendo daneses? Según la Constitución española, la soberanía reside en el
pueblo, de ahí podemos inferir que España es de los españoles. Entonces, si una
mayoría de españoles -por una motivación económica adecuada- decidiera que España
fuera, por ejemplo, suiza, ¿deberíamos aceptar el resultado de esa votación? Parece
descabellado pero al fin y al cabo, Trump ha inaugurado una nueva forma de
relaciones exteriores que perfectamente puede incluir esa posibilidad. En
España hemos vivido movimientos secesionistas pero han sido buscando
independencia, nunca se nos ha planteado que, por ejemplo, la isla de Mallorca
prefiriera ser de Alemania que de España.
Como pasa con Cataluña, la independencia de un
territorio que forma parte de España creo que deben decidirla todos los
españoles, por lo que no procedería una votación así pero países ricos como
Noruega podrían hacer una oferta para adquirir Malta, por ejemplo, y tener un
territorio en el Mediterráneo. Pero ya puestos en imaginar posibles distopías,
la pregunta que yo me hago es la siguiente: ¿aceptarías que tu territorio,
incluso tu país, perdiera totalmente su soberanía a cambio de millones de
euros en tu cuenta corriente?
La mentira del “capitalismo despiadado” de los “súper”
En 1959 se celebra la Asamblea constituyente de Agropecuaria de Guissona, en principio una cooperativa avícola. Su crecimiento fue lento pero sostenido, aumentando actividades: cerdo, piensos, productos cárnicos… incluso en 1990 carburantes. Era una empresa de, y para, los payeses de la zona pero en 1994 deciden abrir tiendas propias en Guissona y Reus vendiendo directamente al consumidor sin intermediarios. En los siguientes años se expanden con franquicias, abren su primer restaurante buffet y su primera estación de servicio. En 1999 se funda Corporación Alimentaria Guissona S.A., entidad que agrupa toda la actividad industrial y comercial del Grupo. Las 74.992 acciones de la Corporación se distribuyeron entre más de 4.500 accionistas. La Cooperativa realiza las actividades de cría y engorde de ganado mediante sus socios. En 2002 las tiendas “Área de Guissona” pasan a llamarse “bonÁrea” y en 2004 lanzan sus primeros supermercados. La expansión de éstos es tan grande que desde 2018 abren fuera de Cataluña, llegando incluso a Madrid. Ya en 2019 superan las 500 tiendas. El grupo BonÀrea Agrupa, está actualmente formado por la Cooperativa de Guissona, la Caja Rural de Guissona, la Corporación Alimentaria Guissona, las Fundaciones Agropecuaria y "bonÀrea", Servicios Agropecuaria de Seguros y Serveis Médics Guissona.
Como
se pude apreciar en este rápido recorrido histórico, esta empresa, aunque poco
conocida fuera de Cataluña, es bastante diferente al modelo de negocio del
resto de supermercados de este país. Sin embargo, a pesar de que no parece
entrar en lo que la gente de Unidas Podemos llama “saqueadores” y
“especuladores” y “capitalistas salvajes y despiadados”, lo cierto es que la
última vez que estuve en una de sus numerosas tiendas de Barcelona, comprobé
que sus precios estaban al mismo nivel que en Eroski, Carrefour, Día... incluso
me sorprendió que la leche de su marca blanca, que durante años había sido la
más barata, ahora estaba más cara que la del Mercadona, la empresa (quizás por
su popularidad, quizás por la personalidad de Juan Roig) más atacada por el
citado grupo político. Y lo cierto es que no es nada extraño que una
cooperativa de ganaderos y agricultores tengan precios más caros que Mercadona,
pero no porque sean más despiadados ni más capitalistas, es simplemente una
cuestión de volumen de negocio: es más difícil competir con costes al alza si
eres más pequeño.
No
debería ser necesario explicar estas cosas, pero visto que todavía hay gente
que cree las mentiras de algunos políticos, parece que conviene aclarar ciertos
conceptos: el beneficio de una empresa puede venir de que sus márgenes sean muy
grandes, por supuesto, pero para nada es el caso de las grandes empresas de
distribución alimentaria en España. Lo cierto es que, tanto en 2021 como en
2022, los años más cercanos en los que hubo más subidas de precios de venta al público, el
margen de beneficio de Mercadona se redujo. Y otras empresas del sector
con precios similares, como Día, tuvieron pérdidas. ¿Entonces cómo es que
Mercadona gana dinero? Por el volumen que mueve, porque tiene muchos puntos de
venta que tienen éxito gracias a la democracia del consumidor, que elige
comprar en ellos. Pero no porque se haya aprovechado de la subida generalizada.
Tampoco lo ha hecho la cooperativa bonÁrea, nada sospechosa de capitalismo
salvaje, simplemente ambas suben los precios porque los productos son más caros
en origen, y su transporte, el salario de sus empleados, la factura de la luz
de los almacenes y las tiendas etc. etc. han elevado sus costes. Hasta el
ministro Planas tuvo que reconocerlo y declaró en su día: “Los supermercados no se están forrando”, dejando como mentirosa
a la vicepresidenta Díaz.
Si
algo bueno tiene la economía de mercado es la libre competencia. En España
tenemos muchos puntos de venta de muchas cadenas, tanto nacionales como
extranjeras, donde podemos comprar. Si alguna pusiera unos precios desorbitados
sin aumentar la calidad, simplemente dejaríamos de comprar en ella. Es de
cajón. La mayoría tenemos cerca Carrefour, Mercadona, Día, Lidl, quizás un Aldi... y algún supermercado más local. A ninguno se le ocurre, por la cuenta que le trae, poner unos precios muy alejados de la
media en productos de consumo habitual porque si lo hicieran, los consumidores
elegiríamos otra tienda. En cualquier caso, si esa teoría del “forre” fuera
cierta, al presentar las cuentas de 2022, año de mayor inflación de esta década, habríamos detectado un aumento de sus
márgenes de beneficio que no se dieron. Por lo tanto, siguen compitiendo,
como en los años en los que la inflación era mínima, en igualdad de
condiciones, intentando convencer a los clientes por sus precios y su calidad,
buscando, por supuesto, su propio beneficio (como haríamos cualquiera que
montáramos un negocio) y beneficiándose los más grandes, como Mercadona, de su
mayor volumen de transacciones para obtener unos ingresos mayores que los de otras
empresas de menor tamaño.
Lo que demuestran las cifras es que no se han aprovechado de la inflación
general para aumentar sus márgenes, ni las que sus dueños son payeses ni las
que cotizan en bolsa ni las que tienen como propietarios a los miembros de una
familia. Más bien al contrario, para poder seguir compitiendo con la
competencia, han procurado ajustarlos. Y hay datos que lo corroboran, incluso
en el extranjero, ya que hasta a Wall
Mart, la cadena minorista estadounidense, le pasó lo mismo en 2022. Y
es evidente que, como consumidor que soy, si me irrita el elevado precio de una
docena de huevos, mi primer impulso es echar la culpa al punto de venta donde
los compro, pero lo cierto es que el coste en origen, y lo que cuesta poner ese
producto en la estantería (incluyendo por supuesto los salarios de los
empleados), explica mucho más la cantidad que nos vemos obligados a pagar, que
el “capitalismo salvaje” de los dueños (sean quienes sean) del establecimiento
donde los compramos.
El camino a los Pactos de la Moncloa de 1977
Si bien ideológicamente la dictadura franquista es considerada de derechas por sus valores conservadores, su política económica se acerca más a la izquierda, de hecho fueron muy similares las medidas tomadas por el franquismo más duro en España y el castrismo en Cuba. Lo que ocurre es que en 40 años hubo muchos vaivenes y en la década de 1960 se aprecia una ligera liberalización pero, con todo y con eso, muchos de los puntos del programa económico de Unidas Podemos (sí, UP y no Vox) ya existieron en aquella época: grandes empresas públicas (muchas en situación de monopolio), bancos públicos (y con los privados muy intervenidos, de hecho durante la mayor parte del franquismo estuvieron prohibidos los bancos extranjeros), control de precios (eso que ahora se quiere volver a imponer), mucha vivienda de protección oficial, alquileres subvencionados (la famosa Renta Antigua que tantos años perduró), gran protección al trabajador contra su despido etc. etc.
Tras el Plan de Estabilización
de 1959 en el que la economía autárquica franquista da un giro radical, y en el
ambiente de la Guerra Fría –consigue el apoyo decidido de los Estados Unidos a
cambio, entre otras cosas, de las bases militares-, España crece de 1960 a 1973
más que ningún otro país de Europa (lo que nos seguía situando en la cola –en
1973 nuestro PIB per cápita era el 64% del europeo- ya que partíamos desde muy
atrás), nos abrimos al turismo y se dispararon las contrataciones en el sector
servicios y la construcción. También es cierto que se cometieron muchos errores ya que -igual
que pasó años después con las cajas de ahorros-, con la concesión de vías
privilegiadas de crédito y de otras ventajas a determinados sectores y empresas
públicas y privadas, los gobiernos de Franco provocaron que la inversión
industrial se distribuyera en función de los intereses políticos o particulares
de los dirigentes de turno, y no conforme a la rentabilidad o a las
expectativas de futuro de cada sector.
Tanto crecimiento económico
repentino provocó un alza de precios importante, siendo habitual un IPC por
encima del 8% en el comienzo de la década de 1970. Cuando llega la crisis
mundial de 1973 por la subida del precio del crudo (que se cuadruplicó de
octubre de 1973 a enero de 1974), la reacción del débil gobierno español,
atenazado entre la decrepitud del jefe de estado y la muerte del presidente
Carrero Blanco ese diciembre, fue intentar calmar los ánimos y tomar medidas
sociales que supusieron pan para aquel hoy y problemas para el mañana. De
hecho, repercutieron sólo parcialmente al consumidor la subida del crudo (era
aún más importante que ahora puesto que las centrales térmicas que sostenían la
mayor parte de la electricidad del país usaban fuel) y no aplicaron ninguna
medida de ajuste ni de control de la inflación, subiendo los salarios incluso
por encima del IPC.
Cuando en el verano de 1976
llega Adolfo Suárez al poder el empeoramiento de las cuentas públicas es muy evidente:
la inflación supera el 20% y el desempleo -que apenas superaba las 100 mil
personas 3 años antes- llegaba al medio millón. El terrorismo, las huelgas y
toda clase de problemas derivados de los cambios políticos no ayudaban a una
economía que iba sin rumbo. Como hicieron los últimos gobiernos franquistas,
intentó aplacar las consecuencias de la crisis con concesiones a los que más
protestaban; el mejor ejemplo en formato legal es la Ley de Relaciones
Laborales de 1976 que, según recogen medios sindicalistas de izquierdas “es sin
duda la cota más alta de derechos laborales individuales que jamás hemos
alcanzado: readmisión en sus propios términos ante el despido improcedente;
presunción directa de la contratación indefinida; disminución de la jornada
laboral de 48 a 44 horas semanales y descanso de 12 horas entre jornada y
jornada; descanso de 15 minutos en la jornada continua de 6 horas; autorización
administrativa para la modificación del horario; ampliación de la maternidad
posparto a 8 semanas y de la excedencia por maternidad hasta 3 años;
constitución del FOGASA; previsión de la revisión semestral del SMI si el
índice general del coste de la vida aumentaba un 5%, etc.”
Pero tras las elecciones de 1977 Suárez comprende que la economía se está yendo a pique y es entonces cuando encarga al profesor Enrique Fuentes Quintana (al que le concede una vicepresidencia económica) que saque al país del atolladero. Con minoría parlamentaria y la necesidad de ajustes, el panorama se tornaba sombrío pero la oposición -e incluso los sindicatos- estuvieron a la altura y en octubre de 1977 se firman los Pactos de la Moncloa que derivaron –muy resumidamente- en dos medidas económicas: Un ajuste económico a corto plazo basado en la contención salarial, una política monetaria restrictiva, la reducción del déficit público y la adopción de un sistema de cambios flotantes para la peseta, con la consiguiente devaluación. Y la introducción de algunas reformas: modernización del sistema fiscal, aprobación de un nuevo marco legal para las relaciones laborales y liberalización del sistema financiero.
Como vemos, todos cedieron y todos esos
“ajustes” tuvieron cierto éxito en la reducción de la inflación, si bien
redujeron el crecimiento. Y la única similitud de la situación actual con los
Pactos de la Moncloa originales (la política monetaria más restrictiva) viene impuesta
por BCE, nada tiene que ver con el gobierno.
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