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El blog de Droblo
@droblo
La corrupción sale demasiado cara
Los datos son muy claros: en la última década el gasto
público se ha incrementado un 50% (en realidad, la mitad si tenemos en cuenta
la inflación pero sigue siendo una cifra alta) y la presión fiscal sobre el
contribuyente ha aumentado 4 puntos del PIB, lo que unido al crecimiento de
éste, ha impulsado la recaudación en más del 70% (de nuevo podemos restarle la
mitad por la inflación pero sigue siendo un número enorme). Es decir, cada vez
pagamos más impuestos, cada vez el estado recauda más, cada vez el gobierno
destina más de ese dinero al gasto público pero… la mayoría se va en pagar
pensiones y otros gastos sociales como el IMV y mientras, caen las inversiones
en casi todas las demás partidas, a pesar del aumento de dinero. Esto se ha
traducido en peores servicios públicos, algo que prácticamente todos -incluso
los que siguen apoyando a este gobierno- percibimos. El problema mayor es que
ese empeoramiento cuesta vidas, no sólo por el desgraciado accidente
ferroviario de Adamuz, también en hospitales con mayores listas de espera por ejemplo. Y
si a eso se suma el factor corrupción, el mal destino de lo recaudado por Hacienda
empeora todavía más la situación.
Cuando alguien minimiza el gasto en señoritas de
compañía, sobornos, mordidas etc. que se han vivido en la gestión de los fondos
públicos en España, con el argumento de que son una cantidad muy pequeña en
comparación a las partidas presupuestadas, está confundiendo el verdadero coste
de la corrupción. Más allá de temas éticos y más allá de que es intolerable lo
que, por ejemplo, ha pasado en el Ministerio de Transportes durante la época de
Ábalos, parecen olvidar que el asignar determinadas obras a empresas que han
pagado por su adjudicación, implica que no se ha optado por las más confiables
ni por las de precio más competitivo ni, en resumen, por las mejores. Esto
tiene una repercusión directa en el mal servicio al ciudadano. Y, en ocasiones,
ese daño incluso se traduce en accidentes mortales, y éstos en una reducción de
la sensación de seguridad necesaria para el viajero, y esa desconfianza quién
sabe si en menos turistas, nacionales y extranjeros,
Es como las subvenciones mal asignadas, que no sólo
aportan un dinero público inmerecido a determinadas compañías, además perjudica
a las que sí lo merecen pero no les llegan los fondos. Y si no hay sólo un
error de gestión, sino que además viene de una mordida (como parece en el caso
de la aerolínea Plus Ultra), de nuevo la corrupción perjudica al tejido
empresarial del país, restando eficiencia y productividad a nuestra economía. Incluso
lo que no suele denominarse corrupción y suele serlo (como gastar dinero a
espuertas en empresas públicas deficitarias buscando efectos propagandísticos,
caso RTVE por ejemplo), también tiene un coste que va más allá de ese dinero
malgastado. Porque lo que se dedica a esos propósitos, no se destina adonde
debe, que puede ser perfectamente la supervisión de una vía de tren. Y es que
nada debería ser tratado con más cuidado y honestidad que el dinero público,
puesto que de él depende en gran parte nuestra seguridad. Educación, sanidad,
transportes… todo es parte de unos presupuestos limitados. Y lo que se saque de
ellos para llenar los bolsillos de quienes no lo merecen, deja de estar para lo
necesario. Esto es algo muy obvio, y cada cargo público tiene una obligación ética
pero también económica. Y no valen excusas.
Tampoco es ni ético ni económicamente adecuado comprar
votos en el Parlamento a costa de aumentar la desigualdad territorial, otra
forma de corrupción. Lo que ocurre es que los últimos tiempos en España estamos
normalizando lo que jamás debería ocurrir, como que el gobierno por puro afán
de poder, no convoque elecciones y prefiera seguir prorrogando los Presupuestos
Generales del Estado año tras año. También es una forma de corrupción hacer
algo a sabiendas de que es lo peor para tu país, ya que no tener Presupuestos
impide muchas inversiones necesarias y aumenta la arbitrariedad de las mismas
(facilitando con ello la corrupción), ya que nada está asignado previamente.
Gastarse más de dos mil millones de euros en adquirir el 10% de Telefónica
es un ejemplo perfecto de esto, ¿cómo es posible que sin Presupuestos esto haya
podido ocurrir? Y sobre todo, ¿Cuál es la verdadera razón de que se haya hecho?
Nadie ha visto ninguna mejora de ningún tipo en la compañía, ni se pueden
establecer criterios de servicio público, pero curiosamente sí hemos encontrado
que Movistar ha adquirido un documental, que nadie más durante años ha querido
comprar, sobre Pedro Sánchez en la Moncloa y que todo apunta a que tiene un
sesgo claramente propagandístico. ¿Acaso eso no es corrupción también? Como si
no fuera bastante con el dinero de todos que se tira en cadenas de televisión
públicas por todo el país.
Del mismo modo, que en otras democracias avanzadas
haya dimisiones porque se asuman responsabilidades políticas de los errores y
de las mentiras y en España los afectados no se den por aludidos, incluso
cuando una mayoría de parlamentarios lo pida, también es una forma de
corrupción. Empeñarse en mantener a cargo de un ministerio a alguien claramente
inadecuado es lo contrario de un buen servicio público e insisto, es un
problema, además de político, económico. Aunque claro, en buena lid nuestro
presidente no podría cesar a nadie por lo mismo que él lleva haciendo años.
Lo que sí sabemos que hizo Zapatero
Los casi ocho años de presidencia del hoy imputado fueron nefastos si tenemos en cuenta las cifras económicas. Por ejemplo, la EPA cuando él llegó marcaba una tasa de paro del 11,5% y cuando se fue era del 21,52%. Sin embargo, muchos han disculpado este legado tan negativo debido a la crisis global de 2008. Efectivamente, la llamada Gran Recesión fue prácticamente universal y no se le puede achacar a un dirigente de un país concreto, y menos de uno con tan poco peso planetario. Eso no quiere decir que no cometiera gravísimos errores (y me centro sólo en economía) que lo hacen merecedor de una severa crítica, más allá de temas ideológicos o éticos.
Cuando el PSOE ganó las elecciones de 2004,
inesperadamente y gracias a la mala reacción del gobierno en funciones de Aznar
ante los atentados de Atocha, se encontró un país con una tendencia muy
positiva: PIB creciendo a buen ritmo, creación de empleo, muchos síntomas de
convergencia con Europa… Pero claro, el principal motivo de toda esa bonanza
tenía nombre y apellidos: burbuja inmobiliaria. Algo que -obviamente- no podía
seguir siendo el motor económico de España, incluso si no se fuera capaz de ver
los riesgos que se estaban acumulando. Ni el presidente ni su equipo económico
hicieron nada: los precios de las viviendas siguieron escalando, el
endeudamiento de los hogares (que se podía haber frenado por ejemplo limitando
la duración de las hipotecas) adquiriendo bienes sobrevalorados, continuó. Y
nada se hizo para frenar la orgía de crédito en la que entraron las entidades
financieras, especialmente las de responsabilidad pública. Y es que las cajas
de ahorros, con numerosos intereses políticos alentados por la Administración,
eran capaces de prestar dinero a promotores, inmobiliarias y compradores…
cuando todos respondían por un mismo activo que, además, tenía un precio
irracional si se comparaba con la media salarial española.
Todo eso fue responsabilidad de J.L.R. Zapatero, como
lo fue negar la evidente crisis que llegaba para así salir reelegido en 2008.
Ahí, para el que no lo supiera, quedó evidente la ignorancia del electorado
sobre la economía, ya que muchos se creyeron las mentiras que se dijeron en la
campaña electoral de marzo de aquel año, cuando la gravedad de la situación era
evidente a escala global. El día que murió Pedro Solbes en 2023 se publicaron
muchos artículos (yo también escribí uno
) que, como suele pasar cuando alguien fallece, destacaban sus logros. Los tuvo
pero eso no puede hacernos olvidar que fue vicepresidente y ministro de
economía y hacienda desde 2004 y no sólo no hizo nada para evitar lo que acabó
ocurriendo, además en esa campaña electoral defendió la gran mentira de que no
estábamos en crisis. Nos mintió a todos para que su jefe saliera reelegido. Y
por desgracia lo fue, y si en su primera legislatura Zapatero no hizo nada para
evitar el desastre, en la segunda lo aceleró.
Según empeoraba la situación, Zapatero, en lugar de
recortar para reducir el enorme déficit presupuestario, subió los impuestos e impulsó
más medidas de gasto público (¡quién no recuerda el Plan E! en el que
municipios que se quedaban sin ingresos al caer la actividad económica se
gastaban fondos estatales en reformar fuentes, por ejemplo) hasta el punto que se
volvió contra el ministro Solbes que tan leal le había sido; lo destituyó en
abril de 2009 porque éste defendía una política fiscal restrictiva. La patada
para adelante del presidente apenas duró trece meses: en mayo de 2010, agobiado
por Bruselas (que temía tener que rescatar a España como hizo con Grecia ese
mes por vez primera), anunció las medidas más duras adoptadas por un Gobierno
español desde la transición, que incluían rebajas salariales para funcionarios
y congelación de la paga a los pensionistas, además de fuertes recortes de
gasto.
¿Y qué decir de su reacción ante la crisis financiera
nacional, que negó una y otra vez (“estamos en la champions league”
decía)? No se le ocurrió otra cosa que crear el FROB, que básicamente se dedicó
a darle dinero a las cajas de ahorros sin ningún tipo de condicionante. Ya
sabemos cómo acabó aquello: como las cajas no pudieron devolverlo, probaron
fusionándolas (como si sumar entidades quebradas mejorara algo) y al final el
estado las tuvo que nacionalizar y al hacerlo, se vieron comprometidos miles de
millones de dinero público que tuvieron que gastarse en que no quebraran. Para
colmo, cuando empeoró la crisis griega y con ella la de la Eurozona entera, el
ejecutivo de Rajoy se vio obligado a malvender las cajas (con la prima de
riesgo disparada), y el dinero se perdió para siempre… Y encima hay quien lleva
años echando la culpa al gallego (que yo también creo que lo pudo hacer mejor
pero que realmente tenía pocas opciones) del monstruo que dejó el
vallisoletano.
Resumiendo (porque esto daría para una tesis), y siendo
claros: Zapatero dejó España hecha unos zorros. Primero viviendo de las rentas
que le dejó Aznar sin cambiar lo malo que éste dejó y minusvalorando los
riesgos que venían; y después reaccionando equivocadamente a la crisis en
prácticamente todos los frentes. Se fue de la Moncloa dejando 5 millones de
parados, un déficit presupuestario de casi el 10% del PIB y una deuda pública
que casi doblaba la que se encontró cuando empezó a gobernar. Si encima del
pufo que dejó en el erario por sus malas decisiones, se ha dedicado -si se
confirma, que yo defiendo siempre la presunción de inocencia- a cobrar
comisiones por influir en el destino de fondos públicos, su comportamiento está
en línea con el mal desempeño que tuvo como presidente hacia la economía de los
españoles.
El mapa mundi real (versión de la ONU)
El mapa de la Tierra al que estamos acostumbrados tiene errores muy graves debido a la complicación de hacer una proyección plana de una esfera, este sería mucho más apropiado (debajo se pueden ver las diferencias que en general son que partes del hemisferio norte como la actual Rusia y Groenlandia son en realidad mucho más pequeñas, y lo contrario pasa con algunas zonas del hemisferio sur):
La paradoja del turismo
La absurda escalada diplomática entre Italia y España a propósito de los males marroquíes, ha provocado que el gobierno español decida poner controles a los ciudadanos procedentes de Italia. Más allá de lo torpe de esta medida, que más bien parece fruto de una pataleta, están sus consecuencias en el turismo. Italia es el cuarto país del que proceden más turistas (casi 5,5 millones) aunque por suerte no llega a los números de los principales pero hay algunas zonas, especialmente en las Islas Baleares (sí, esas en las que de vez en cuando hay manifestaciones por la “masificación” de gentes que vienen a gastarse el dinero allí), donde su ausencia sí se puede notar, y como tal, alguna cadena hotelera ya ha protestado. Y es que a todos nos gusta ser turistas pero a muchos les molesta que los demás lo sean. Lo que desde luego, en términos estrictamente económicos, nadie puede afirmar que el turismo no sea -como decía aquella película de 1968- “un gran invento”.
Lo que hace seis décadas empezó como una actividad económica modesta que ayudaba a que aumentaran nuestras reservas de divisas, se ha convertido en uno de los pilares de nuestro Producto Interior Bruto, con 3,18 millones de afiliados en el sector (un 14% de la fuerza laboral). El Consejo Mundial de Viajes y Turismo (WTTC) ha proyectado que el gasto de los visitantes internacionales en España alcanzará los 121.100 millones de euros en 2026, lo que supone estar -en el mundo- sólo detrás de Estados Unidos y China, países muchísimo más grandes. Turespaña ya ha publicado los datos del primer semestre que se han saldado con un incremento del 5% de los viajeros internacionales lo que en números absolutos implica, según el INE, casi 46,6 millones de llegadas y un 7% más de gasto.
Por eso cualquier medida que suponga un descrédito para España, como que nuestras fronteras no sean seguras, como que aumente la delincuencia, como que se pierda la fe en la fiabilidad de nuestra red de transportes (o en nuestra red eléctrica) como que pongamos controles porque nos hemos enfadado con otro país… es decir, cosas que con este gobierno están pasando, es peligroso. Porque los turistas no vienen sólo por el clima, también porque la infraestructura del país -cualquiera que haya viajado fuera lo sabe- es de las mejores del mundo para los visitantes aunque haya aspectos, como en el típico ejemplo del iceberg, que no se noten a simple vista y muchos se queden sólo con el tópico del sol y las playas. Por ejemplo, cuando disfrutamos de uno de esos desayunos buffet en algún hotel, incluso alejado de rutas muy transitadas, no nos damos cuenta del
enorme mérito que tiene la distribución alimentaria en España. Ya en la pandemia pudimos comprobar lo bien que funcionaron los establecimientos de comida (y de otros muchos productos) y no es una tarea fácil mantener el listón tan elevado. Requiere de muchos trabajadores, muchos vehículos de reparto y, por supuesto, una buena organización entre los productores -agrícolas, ganaderos, de envasado, de procesado etc. etc.- y los clientes finales. Esa cadena que algunos minusvaloran porque creen que en el camino entre el campo y la mesa no hay gastos.
¿Y qué si el turismo es de masas, acaso eso no es un avance social? Hace 100 años sólo podían viajar los ricos, hasta hace muy pocas décadas sólo ejecutivos y potentados cogían aviones, ahora un obrero de Liverpool puede disfrutar de la Costa del Sol con unas pocas horas de diferencia, igual que uno de Algeciras puede viajar a Roma. Si hablamos en términos estrictamente monetarios, es mejor que venga un alto ejecutivo japonés a Madrid o Barcelona y compre entradas para museos y espectáculos y coma en restaurantes caros pero aquí no sobra nadie, hay capacidad para todos. Además, hay cierta confusión con el beneficio real que deja un turista. A veces un noruego que viaja con un pack cerrado de todo incluido a un hotel playero de una cadena extranjera, y apenas sale de ahí, deja menos dinero real en la economía española que un polaco que compra un “Vueling”, contrata un “Airbnb” local, desayuna en el bar “Manolo”, compra en el Mercadona, se toma un helado en el pueblo, coge un autobús (o alquila un coche) para visitar la Alhambra (o el Museo del Real Madrid), pagando religiosamente la entrada etc.
Sin duda, el turismo es un gran invento y España (lo vimos en 2020) sufriría mucho sin él. Desde luego nuestro estado del bienestar le debe más a esa actividad que a los políticos que presumen “de lo público”. A los españoles cada vez nos cunde menos el sueldo y tenemos menos para gastar en “caprichos”, así que benditos sean los foráneos que vienen a disfrutar a España y dejan aquí sus dineros. ¿Que también sería ideal que fuéramos un referente mundial en semiconductores o en IA? Por supuesto, pero no menospreciemos por eso al turismo, más necesario que nunca dado el ánimo derrochador de nuestros gobernantes y la continua necesidad de ingresos que, por su culpa, el país necesita.
Legalizar lo ilegal
Con tantos canales de televisión y la necesidad de
tantas cadenas de emitir durante 24 horas no sólo repiten muchos programas,
también compran producciones extranjeras realmente curiosas. Uno de esos
programas es “Control de Aduanas”, un documental australiano que muestra el
trabajo de los agentes de fronteras, desde la detención de ilegales a la
detección de productos prohibidos que transportan los viajeros que llegan al
aeropuerto, pasando por los que los intentan introducir “cosas” por correo. A
veces algún turista lleva un pasaporte falso o un visado engañoso, otras
intentan introducir un arma o comida que se considerada un peligro biológico
pero la mayor parte de los casos están relacionados con las drogas. Droga que
viaja en imaginativos compartimentos secretos de la vestimenta, del equipaje y
hasta en el interior del viajero así como oculta en cuadros, lámparas, botones
y todo tipo de objetos.
El caso es que tras pillar al infractor, el programa
–supongo que por afán didáctico- cuenta cómo el que ha intentado
traer drogas a Australia acaba pasando unos cuantos años en la
cárcel. Da la sensación que muchos presos de Australia lo son por este tema. Y
no tengo cifras exactas pero no dudo que en todo el mundo los casos serán
millones. Millones de personas que pierden su libertad y millones de dinero que
se gastan en mantener en prisión a unas personas que sí, han hecho algo ilegal,
pero que –al contrario que un ladrón o un asesino- no suponen, en principio, un
peligro para la integridad física o económica de la ciudadanía. Y es que hay
muchos productos que pueden hacer mucho daño –los coches por ejemplo y nadie
critica a los concesionarios- pero al final es un tema de elección
personal. Igual pasa con la prostitución: todos sabemos dónde está pero eso no
significa que todos usemos sus servicios.
Yo he conocido en directo lo peor de la droga puesto
que viví más de 20 años –y asistí al colegio y al instituto público- en una
barriada –San Blas- cuando era uno de las zonas de Madrid donde más se consumía
y traficaba. De hecho, esa experiencia me hizo asociar drogadicción y
marginalidad. Pero cuando empecé a trabajar y moverme en ambientes “de pasta”
con colegas de otra extracción social me di cuenta que no es tan simple. Era
habitual que muchos de mis compañeros se tomaran casi a diario 5 o 6 gin-tonics
y luego se fueran a casa conduciendo y de hecho, con el tiempo me di cuenta que
el alcoholismo dentro de los “ejecutivos” era algo muy típico. Poco tardé en
descubrir también el afán por la cocaína de muchos profesionales del mundo
financiero a finales del siglo pasado. Gente joven que de repente ganaba mucho
dinero asociaba la calidad de vida con el “putas y coca a tutiplén”.
Por los ambientes en los que me he movido podría haber
sido un drogadicto pero no fue así. Creo que las drogas manipulan nuestra
personalidad y nos restan capacidad de decisión y libertad y las desaconsejo
pero ¿Por qué dar por hecho que si es legal se va a enganchar más gente si
ya son accesibles? Está más que contrastado el fracaso de la
política represiva contra la adicción. Es más, probablemente sería más difícil
de conseguir el producto si fuera regulado porque todos sabemos dónde conseguir
drogas y sin embargo yo ignoro cómo conseguir un arma si no es en una armería
lo que demuestra que con puntos de venta oficiales la oferta no sería tan
amplia y no estaría tan a mano.
Y vamos al tema económico: el dinero que mueve la
droga y la prostitución no va a desaparecer por más control policial que
pongamos y debemos aprender de la experiencia de tantos y tantos años sobre
ello. ¿En serio se cree que alguna vez vamos a parar, por poner un ejemplo
trágico reciente, a las mafias que intentan transportar estupefacientes por el
Estrecho? Lo que sí podemos conseguir es que el negocio cambie de
manos: legalizar todas las drogas supondría un beneficio enorme para el
fisco, similar al de sustancias nocivas similares como el alcohol y el tabaco y
lo mismo vale para la regulación de la prostitución. Desde un punto de
vista de salud pública, también es mucho mejor un control de calidad
“farmacológico” de los productos - ¿acaso no se hace ya con el
reparto gratuito de metadona a los enganchados a la heroína? - y del buen
estado “sanitario” de las mujeres que voluntariamente deciden alquilar su
cuerpo. Y a esos beneficios hay que sumar una fuerte reducción de presos, que
supone un ahorro de costes –tanto para el
sector penitenciario como para el de seguridad policial y fronteriza-
pero también una medida social, especialmente para acabar con el
tráfico de mujeres. Siempre habrá –como pasa con las armas- algo de comercio
ilegal y de mercado negro de drogas y prostitución pero sería muchísimo menor.
En los EUA la Ley seca se derogó en 1933 tras 13 años de represión y los
principales y más violentos delitos –como pasa hoy en día con las drogas
ilegales- estuvieron en ese tiempo relacionados con la fabricación y el tráfico
de licores. A día de hoy es anecdótico encontrar alguna destilería clandestina.
Y es que, al fin y al cabo, la droga está ahí, el
que quiere encontrarla la encuentra –al igual que pasa con la prostitución-
pero, repito, el consumirla es una decisión personal. Si alguien es lo
bastante adulto como para tener un permiso que le permite conducir una máquina
que puede matar –como un coche-, consumir productos que le provocan cáncer como
el tabaco o entrar a una barra americana donde puede emborracharse o acostarse
con una mujer que lo mismo está trabajando allí forzada ¿con qué argumento le
vamos a negar que pueda fumarse un porro o meterse una raya de coca?
Precisamente lo que hay que conseguir es que el consumidor no pueda abusar de
su consumo regulando su venta, mejorar el producto para que no esté cortado con
“mata-ratas” y que no haga millonario a un delincuente sino que genere
beneficios a la sociedad por la vía fiscal. Y si alguien tiene reparos por
hacer legal lo ilegal, ¿acaso no acaba este gobierno de regularizar a quienes
han entrado ilegalmente en el país? Apliquemos esa misma flexibilidad, y
legalicemos unas actividades que suponen menores gastos y mayores ingresos.
La solidaridad a veces duele
Un estudio genético global ha demostrado lo que la arqueología y la antropología ya habían indicado: absolutamente todos los tipos humanos del planeta, desde los esquimales a los aborígenes de Australia, desde los arios a los chinos, proceden de África. La ciencia pues ha demostrado que es absolutamente cierto lo de que todos somos hermanos si bien ha abierto nuevas dudas ya que se han encontrado restos humanos en la Patagonia que no han evolucionado genéticamente de los del norte de América –que a su vez proceden del grupo asiático- sino directamente del grupo humano original de África por lo que de algún modo -a día de hoy inexplicable- africanos primitivos llegaron por mar a Sudamérica cuando no existían barcos. Dejando esto de lado, lo cierto es que lo racional –y yo diría que lo ideal- sería que hubiera un nacionalismo humano, que el bienestar de otro hombre, aún a miles de kilómetros de distancia, fuera algo que nos preocupara tanto como el de un compatriota. Pero esto no pasa en la realidad.
Por casualidad ví en la televisión cómo un colombicultor explicaba que en épocas de hambre en España se criaban palomos que se soltaban para que ligaran con alguna hembra, trajeran a su vuelta a las jaulas a las palomas conseguidas y que éstas sirvieran de cena esa noche. Aún en la hoy rica China, en Shanghai, hay un mercado de compra-venta de palomas y de sus huevos porque se las comen. En la Gran Depresión se hizo famosa una frase de Grocuho Marx: “No entiendo de economía, pero sé que las cosas van bien cuando son los neoyorkinos los que dan de comer a las palomas y no las palomas las que dan de comer a los neoyorkinos”. Es decir, aún somos –en la Europa del siglo XXI en comparación a muchas zonas del planeta- unos privilegiados. Por supuesto tenemos toda la razón para quejarnos, tenemos derecho a ello y debemos hacerlo porque no es justo aceptar una involución como la que está provocando la mala gestión de nuestros dirigentes políticos pero nuestro problema –al menos aún- es de calidad de vida mientras que para cientos de millones de personas el problema es la supervivencia.
Por razones –también de casualidad y que no vienen al caso- acabé ayudando a un cura con el aluvión que –antes de la crisis de 2008- tenía de inmigrantes ilegales, especialmente con los de Europa del Este, que apenas chapurreaban algo de inglés y con los que no conseguía comunicarse. Era una labor enriquecedora y con la que aprendí mucho, desde cómo viven realmente los que duermen en la calle (su complicidad por ejemplo con encargados de grandes almacenes para asearse en los baños a unas determinadas horas) a las condiciones de los que consiguen, sin tener papeles, alguna habitación en algún piso-patera pasando por entender el pánico que suelen sentir todos por usar los albergues municipales por el miedo a robos (es curioso cómo los inmigrantes de un país de quién más desconfían es de los inmigrantes de otro país) etc. Y el proceso siempre era el mismo: en un primer momento, asustados como estaban por una posible deportación, agradecen exageradamente toda la atención que se les muestra, sus caras de alegría son toda una motivación pero en cuanto pasan algunos semanas y a veces en días, empiezan a poner peros a la ayuda que reciben. Recuerdo que nos llegó un cargamento de latas de kilo de carne en salsa procedentes del Ministerio de Asuntos Exteriores y que estaban destinadas a ayuda a países árabes (¿por qué llegó a un almacén de comida de Barcelona? Yo también lo pregunté pero nadie me lo supo explicar). El caso es que la etiqueta estaba en español y árabe y decía que el 100% del contenido era ternera (si no lo hacían así, por motivos religiosos podían rechazarlo al pensar que pudiera ser cerdo) y las repartimos pensando que estábamos ofreciendo un producto de mayor calidad de la habitual pero al día siguiente uno me dijo que se lo diera a mi perro, que estaba muy salado. También pasaba que ayudabas a alguien y luego lo veías comprando cervezas en el supermercado…
Pero la cosa fue peor con la crisis y la llegada de nacionales a los comedores: personas que se quejaban de la calidad de la comida, de que los yogures caducaban ese mismo día, de que tenían muy malas digestiones cada vez que comían allí… todo esto es subjetivo y lo mismo otro ha visto otra cosa pero en general ver a personas que se aprovechan de un comedor social para ahorrar y así poder pagar la letra de la hipoteca de ese mes cuando en otro lugar del mundo ese mismo alimento podría salvarle la vida a otro ser humano, me superaba. Me hizo valorar mucho más el trabajo tan poco reconocido de los miles de voluntarios que trabajan en el sector de la caridad en España. Yo no pude soportarlo y como ya no me necesitaban para el lenguaje porque los inmigrantes extranjeros se redujeron al mínimo me borré..
Malos precedentes para el próximo gobierno
Sean cuando sean las próximas elecciones, todo apunta a que el resultado echará al actual presidente y se conformará una nueva mayoría. Eso denotaría que los españoles quieren un cambio pero se han sentado tantos precedentes en la actual legislatura que mucho me temo que los próximos tengan la tentación de repetir determinadas actuaciones, sobre todo porque la futurible oposición no podrá criticarlas sin caer en una absoluta contradicción. Centrándonos sólo en economía, lo que ha pasado estos años y se ha normalizado a pesar de su excepcionalidad, temo que vuelva a repetirse.
Por ejemplo, que no se aprueben los Presupuestos
Generales del Estado, que incluso ni siquiera se lleguen a presentar. Algo que
hasta ahora suponía la caída de un gobierno, ahora parece algo anecdótico
cuando es la principal actividad de un ejecutivo: disponer dónde gastar los
ingresos y el endeudamiento del estado. Gobernar por decreto-ley y ser
arbitrario con los gastos sin pasar por el Parlamento es un escándalo, y una
mala noticia para la economía (se pierde planificación e incentivos) y, sin
embargo, lleva pasando años.
Esta arbitrariedad ha provocado hechos tan
sorprendentes como el encontrar de repente millones de euros para comprar
participaciones en Telefónica. Y con esto entramos en una nueva faceta que
mucho me temo pueda convertirse en habitual también para los próximos: la
injerencia en la actividad privada hasta el punto de usar dinero público para
invertir en empresas que ni siquiera necesitan financiación. Una que sí
necesitó dinero público para salir adelante fue Talgo pero le pasó porque el
gobierno frenó una opa de una empresa húngara (miembro de la UE) que sí hubiera
aportado los fondos, sin explicar el por qué. No obstante, sí se gastó el
dinero de todos en empresas quebradas como Tubos Reunidos… o Plus Ultra.
Otro tema muy grave es la colonización de las
instituciones que deberían ser independientes. En el tema económico hemos visto
esta legislatura algo que no pasaba desde tiempos de Franco: nombrar gobernador
del Banco de España a alguien que fue ministro hasta unas semanas antes. Este
comportamiento se ha repetido en otros muchos cargos, politizando lo que no
debería estarlo y colocando en empresas públicas a amigos del presidente sin
cualificación (el caso del anterior presidente de Correos), interviniendo directamente
en empresas privadas como Indra, o manteniendo en el cargo en Redeia a una
exministra de Zapatero a pesar de su responsabilidad en el apagón de abril del
año pasado. Todo esto perjudica a las empresas e instituciones públicas… y a la
confianza de los inversores foráneos.
Tampoco podemos dejar pasar por alto la manipulación
de las cifras macro. Siendo escandaloso lo del CIS, no deja de ser anecdótico
en relación al apagón informativo que se ha propiciado desde el ministerio de
Trabajo para maquillar la cifra real de parados del país. Algo que para el gran
público ha pasado desapercibido es el fin de la publicación del número de
trabajadores fijos discontinuos inactivos que figuraban en su estadística desde
2007. Esto es tan relevante como para que la tasa de paro pueda ser, si se
incluyeran, 2,5 puntos más alta (es decir, se eliminaría la ficción
gubernamental de haber bajado de los dos dígitos en tasa de paro). Y dejando de
lado la polémica sobre si deberían o no incluirse en el dato oficial, lo que es
vergonzoso es que se nos oculte aposta el dato. Los que presumían de
transparencia.
Y es que una de las bazas propagandísticas del actual
gobierno es la buena evolución del mercado laboral pero si rascamos y rascamos,
resulta que, en un contexto internacional de mínimos de tasa de paro -debido en
gran parte a temas demográficos- aquí las cuentas no salen. Baste un dato: En
España existen al menos 10 provincias donde hay más personas cobrando el paro
que parados registrados oficialmente (esto ocurre porque los trabajadores fijos
discontinuos en periodos de inactividad cobran la prestación por desempleo,
pero no computan como parados, como acabamos de mencionar), así como tampoco
están en la estadística los que realizan cursos. Algo parecido ocurre con la
cifra de afiliados a la Seguridad Social, que esconde el récord de pluriempleo
que existe actualmente en España y que salen repetidos en esos números. Dudo
mucho que el próximo ejecutivo vaya a resolver estos temas perjudicando con
ello su propio desempeño.
Y es que los datos matan los relatos pero, por
desgracia, mucha gente no se plantea si los datos son o no correctos. Esto
ocurre con los números de la Seguridad Social cuando agencias de noticias (y
medios que hacen corta y pega) hablan de superávit cuando su situación es de
quiebra técnica ya que sus ingresos son mucho menores que sus gastos y vive de
aportaciones directas de dinero público. La situación es tan grave que el
agujero anual ronda los 60 mil millones de euros a la vez que el gobierno
presume de récord de ingresos por afiliados. Incluso se hace publicidad de la
“hucha de las pensiones” como si hubiera algún dinero sobrante que meter en
alguna parte. La realidad es que vende muy bien afirmarlo pero lo que llaman
“hucha” es endeudamiento, es como pedir un crédito -y pagar intereses por ello-
para presumir de tener más dinero. Pero como cuela entre mucha gente, la
tentación del próximo gobierno puede que sea seguir con esta ficción.
Realidad a golpe de incendio
Mientras nuestro gobierno y sus palmeros siguen con la
matraca del crecimiento del PIB nominal y la ficción estadística de los datos
de desempleo como prueba del buen desempeño económico del país, nuestro llamado
estado del bienestar no para de hacer aguas. La última han sido los incendios
devastadores de los últimos días. Todos los veranos ocurre lo mismo, y el
estado (desde la administración central a los municipios pasando por las
autonomías), no son capaces de protegernos contra algo que todos sabemos que
pasará. No se le puede echar la culpa al calentamiento global porque esto ya
pasaba cuando yo era niño. Cierto que las altas temperaturas aumentan el riesgo
pero el problema es la falta de inversión. Tanto en medidas preventivas como en
herramientas contra el fuego. Esto no es más que un ejemplo más de la
degradación de los servicios públicos, lo mismo que explica el desastre de la
DANA de Valencia o el accidente ferroviario de Adamuz. Cada vez somos más
usuarios y cada vez se gasta menos en servicios públicos. Y esto pasa con
máximos de recaudación fiscal y con la enorme liquidez proporcionada por los
fondos europeos Next Generation (según datos de la Airef sólo el 26% del
dinero de éstos contra los incendios se ha llegado a ejecutar). Y esto generará
más probabilidades de accidentes en carreteras que no tienen un buen
mantenimiento, o -ojalá nunca pase- en una presa, o una lista de espera
creciente en la sanidad que aumentará la mortalidad etc.
Normalmente cuando pasa algo muy malo el consuelo es
que, tras este desafortunado hecho, se acometen reformas para que no vuelva a
ocurrir. Por ejemplo, tras el accidente de Adamuz, el servicio de cercanías de
Cataluña, del que se recibían quejas constantes, asumió al fin una muy
necesaria revisión de puntos críticos. La situación era -y aún lo es- tan mala,
que a día de hoy hay más tramos con limitaciones de velocidad que nunca. Y esto
pasó porque hubo muertes en Córdoba, seguramente sin ellas la tragedia habría
sucedido en algún “rodalíes”. Del mismo modo, aunque ni el gobierno ni Redeia
asumieran la responsabilidad tras el apagón de abril de 2025, sí que se han
tomado medidas para que no vuelva a ocurrir (y esperemos sean efectivas porque
según parece hemos estado al borde de que volviera a suceder en varias
ocasiones). Sin embargo, no ocurre lo mismo con los incendios. Las tragedias de
cada verano no conducen a que se revise nada. Todo lo más a que nuestro
presidente diga algo tan abstracto como que hace falta un pacto de estado
contra el cambio climático.
Nuestro estado del bienestar empeora a pasos de
gigante y el motivo es la mala gestión, la confusión de prioridades. Lo primero
es que la mayor recaudación se va en demasía en pagar las pensiones públicas,
es una partida de gasto que habría que recortar. Soy consciente de lo impopular
que es eso pero es necesario. No obstante, también hay que recortar otros
gastos (RTVE, publicidad institucional, ayuda al exterior, gasto político,
subvenciones etc.) y fomentar inversiones rentables para el bienestar público.
Si cada vez somos más los españoles, los servicios públicos deben estar mejor
financiados. Y si no se hace, entonces no tenemos capacidad para seguir
aumentando la población, aunque eso haga crecer el PIB. Para colmo, está la Ley
de Nietos, que muchos están criticando por lo que amplía el censo electoral. No
estoy seguro de si esos votos pueden ser decisivos pero a mí me preocupa mucho
más el lado económico: ¿estamos seguros que regalar la nacionalidad española a
habitantes de países más pobres que el nuestro no puede provocar una emigración
masiva si ocurre una crisis allí? Ahora mismo Argentina, por poner un ejemplo,
está mejorando su situación pero todos sabemos que las recesiones son cíclicas
y que los países “emergentes” no son nada estables. Todos conocemos argentinos
que emigraron a España en momentos malos, como últimamente ha pasado con los
venezolanos. Si además son españoles por papeles, los incentivos para acudir
aquí son mayores. Y como nacionales tendrán los mismos derechos a disfrutar de
nuestro estado del bienestar.
No hay que ser un genio de las matemáticas para saber
que a mayor población residente en España, habrá mayor demanda de vivienda (el
otro gran problema del país) y de servicios públicos y por tanto hay que
invertir más en construir y en la red de transporte y en la seguridad de la red
eléctrica y en la sanidad etc. etc. Y lo más triste es que a veces no es sólo
una cuestión de dinero, también de actuar con sentido común, que en el tema de
los incendios ha brillado por su ausencia. Ya se había advertido que con las
lluvias de febrero, sería necesario limpiar la excesiva vegetación, algo que no
es tan costoso. Pero la prevención ha brillado por su ausencia, y es algo
achacable 100% a nuestros gestores políticos. Y lo peor es que los ciudadanos
nos metemos en discusiones “ideológicas” cuando es una cuestión de exigir a
quien manda a que haga su trabajo. Porque si no, el próximo verano volveremos a
sufrir lo mismo.
Nueve anécdotas
Cuenta Séneca que se propuso una vez en el Senado que los esclavos se distinguieran de los libres por el vestido. Inmediatamente se vio el peligro que amenazaba “si nuestros esclavos empezaban a contarnos”
Qué forma más sutil de describir el riesgo que podían correr los “libres” si los esclavos fueran conscientes de su número y de su fuerza y qué gran metáfora para nuestro tiempo.
Durante la Segunda Guerra Mundial el gobierno inglés mandó imprimir dos millones y medio de posters con el lema “keep calm and carry on”, es decir, “mantengan la calma y sigan adelante”.
Aparte de ser una muestra más de la famosa flema británica, ejemplifica muy bien lo que los gobiernos de todo el mundo han intentado que hagamos durante las crisis: aceptar los problemas con resignación y seguir como si nada pasara, especialmente para que no bajemos el consumo.
En 1856 el barco que llevaba desde la Metrópoli a la Guayana inglesa los sellos se retrasó y ello llevó a que en la colonia emitieran unos propios de color magenta y que para evitar su falsificación, fueran firmados por los expendedores. Hoy uno de esos sellos de 1 céntimo está valorado en 1 millón de $. Entre medias ha habido varias ventas y varias compras, cada vez por más valor, aunque ha beneficiado a muy pocos.
Así de arbitrarios parecen los movimientos de la bolsa.
En el Medievo había una ley que determinaba que en caso de haber un homicidio no resuelto en una determinada localidad, el municipio debía pagar una multa al rey. Así, cuando los vecinos de un pueblo encontraban un cadáver en la calle con claras muestras de violencia, en lugar de confiar en encontrar al culpable, en ocasiones portaban al fallecido hasta un pueblo cercano, abandonándolo allí. De ahí viene lo de “echar el muerto” a otro.
Y en pleno siglo XXI nuestros políticos siguen igual: no buscan al culpable dentro porque es más fácil echar la culpa al de fuera.
Durante siglos en Gran Bretaña al que era moroso se le condenaba con la cárcel hasta el pago de las deudas. Es obvio que dicho pago se entorpecía con la estancia en la cárcel, por lo que muchas condenas se transformaban en cadenas perpetuas. Peor era el Derecho Romano por el cual el deudor respondía como prenda de sus deudas con él mismo y su familia. La mayoría de romanos influyentes tenían en su propia residencia una cárcel donde encerraban por un máximo de 60 días a los morosos sujetos por una cadena de hierro y con alimentación reglamentada de tan sólo una libra de harina diaria. Si no se cumplía con la deuda tras ese encierro, el acreedor tenía derecho o bien a ejecutar directamente al deudor, o bien a llevarlo al mercado de esclavos. Y si el deudor lo era de varios acreedores se le podía descuartizar para “repartirlo”.
Como vemos, el problema de la morosidad no es nuevo
Según Manuel J. Prieto durante la Edad Media los taberneros españoles que acudían a la zona de La Mancha para comprar vino lo probaban antes de comprarlo y los bodegueros, para colocar algunos de sus peores barriles, ofrecían antes al comprador un poco de queso manchego antes de beber, de tal forma que el fuerte sabor de este hacía que el vino no fuera debidamente catado. El vino con mal sabor no era detectado por el comprador porque tenía el paladar corrompido por el queso. Así, se pagaba más por un caldo peor, y de ahí viene la expresión “dársela con queso”.
Esta anécdota la hemos vivido en política española innumerables veces.
El General Castaños por Navidad fue a una recepción con el Rey en palacio. Y a pesar de ser un día de diciembre, con el rigor térmico que esto conlleva, el General se vistió con el uniforme de verano. El Rey Fernando VII al verle así le preguntó cómo llevaba uniforme de verano con el frío que hacía, y con una fina ironía le contestó:: “Es que acabo de cobrar la paga de verano”
Como vemos, no hay nada nuevo en la Historia de España.
El Conde de Romanones quiso entrar en la Real Academia y para ello hizo gestiones individuales con los miembros y todos y cada uno de ellos le aseguraron el apoyo. Cuando no salió elegido, preguntó los votos positivos y cuando le respondieron que ninguno pronunció la histórica frase: “Joder, qué tropa” que se ha convertido en expresión popular.
Hay que fiarse de los hechos, las palabras se las lleva el viento.
Adam Smith, el considerado “padre” del capitalismo, decía en “La riqueza de las naciones”:
“Rara vez suelen juntarse las gentes ocupadas en la misma profesión u oficio, aunque sólo sea para distraerse o divertirse, sin que la conversación gire en torno a alguna conspiración contra el público o alguna maquinación para elevar los precios. En rigor, es imposible impedir esas reuniones por medio de una ley viable, o que sea compatible con la libertad y la justicia. Pero si la ley no puede impedir que las gentes de la misma profesión se reúnan algunas veces, por lo menos no debe hacer nada para facilitarlas, y, mucho menos, para convertirlas en necesarias.”
Como vemos, claramente advertía en contra de los cárteles y los lobbies…me viene a la cabeza por ejemplo la OPEP o la patronal eléctrica española… pero además no he podido evitar acordarme también de la UE.
Me entrevistaron en Crédito y Caución
https://www.creditoycaucion.es/es/twecos/opinion/articulo/twecos-pedro-pablo-valero-2
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