Un estado del bienestar prestado

Hay quien cree que quien critica el desequilibrio financiero de las cuentas públicas españolas lo que está haciendo es criticar el estado del bienestar del que disfrutamos, y ese desde luego no es mi caso, ni creo que sea el de la mayoría. Existen tres posturas a propósito del estado del bienestar tal y como lo entendemos en Europa occidental: los que no lo quieren mantener porque es muy caro y les parece más justo un modelo más similar al estadounidense donde el estado sólo cumpliría con unos servicios mínimos (posición respetable pero claramente minoritaria), los que creen que está bien como está, y que incluso aún debería ser mejor aunque eso implique endeudar más al estado y/o subir más los impuestos, y los que pensamos que tiene mucho valor tenerlo y que precisamente por eso, hay que hacerlo financieramente sostenible, aunque eso suponga recortar algunos de sus excesos.

Si el sistema democrático tiene un problema es que los votantes se ven seducidos no por la realidad sino por los deseos, de este modo es muy complicado que alguien que en campaña use las matemáticas más elementales gane las elecciones, mientras que quien promete más gasto, aunque no diga cómo conseguirá los ingresos para justificarlos, suele obtener más apoyos. Esto también se debe a un sistema educativo defectuoso que hace que la población, en su inmensa mayoría, no sepa ni siquiera algo tan básico como que los gobiernos no tienen nada, tan sólo gestionan a quién quitar y a quien dar, pero los dineros no son suyos sino de la población, tanto de la actual como de la futura (ya que sistemáticamente se endeudan, que no es más que traer dinero del futuro al presente abusando de la credibilidad del país). Esto, que es muy básico pero que por desgracia hay que repetirlo constantemente, lleva a que una y otra vez nuestros políticos, sean del partido que sean, nos mientan en campaña, en mayor o menor medida. Decir la verdad en una sociedad como la española, y en general en todas las naciones, es un suicidio político.

Y la verdad es que un sistema económico mundial basado en gastar más de lo que se ingresa tirando de más y más deuda es matemáticamente insostenible, por eso está teniendo consecuencias indeseadas, incluso cuando no se ha llegado al peor escenario que sería el impago y la pérdida de confianza en el dinero emitido por los bancos centrales, sucesos que sí han sucedido puntualmente en algunos países concretos. BCE ha actuado irresponsablemente durante años y la UE también al ayudar, uno a que los gobiernos pudieran endeudarse barato y en enormes cantidades y segundo, saltándose los límites que se establecieron para que el Euro fuera creíble y no ocurrieran las devaluaciones del pasado que vivieron monedas como la peseta o la lira. Gracias a que España está en el Euro y gracias al BCE, podemos tener el descuadre de cuentas (nosotros y otros países) que tenemos, con una divisa estable y con la prima de riesgo muy contenida. Pero esta bonanza artificial peligra porque se vuelve a poner sobre la mesa la necesidad de cumplir las normas a todos los miembros de la Eurozona.

Como suele ocurrir, si una mayoría de países tiene problemas económicos (en la UE la situación es de estanflación: bajo crecimiento y alta inflación) y una mayoría de gobiernos necesita mantener su política de desfases presupuestarios para poder ganar elecciones, la manga ancha continuará… siempre y cuando Alemania esté entre ellos. Parece que es el caso, y por eso aparentemente nadie se está tomando en serio aún la necesidad de reducir el déficit presupuestario (que deje de gastarse mucho más de lo que se ingresa, lo que se traduciría en menos deuda que además debe colocarse a tipos mucho más altos que en la última década) pero eso en cualquier momento cambiará y son los mercados financieros, como ya pasó en la crisis de deuda de la Eurozona iniciada en 2010, los que discriminarán entre emisores más y menos fiables. Y ahí nuestro país tendría un grave problema porque nuestro estado del bienestar no se puede financiar sin aumentar la deuda ya que la Seguridad Social está, y estará, en déficit.

El enorme gasto creciente en pensiones es quizás el desbarajuste más obvio ya que es el mayor desembolso de los PGE y es evidente su descuadre debido a que cada vez hay más pensionistas y cada vez ganan más en relación a lo que cobran aquellos que con sus cotizaciones deben financiarlo: los trabajadores. La situación es tan grave que en 10 provincias el gasto en pensiones es el doble que las cotizaciones. No es el único factor que hace que las cuentas estén desequilibradas pero es el más importante. Hay mentirosos profesionales afirmando que esto es sostenible cuando no lo es. Y para serlo habrá que recortar gastos porque no hay de dónde obtener más ingresos, porque ni con la recaudación en máximos como está, consigue el gobierno ajustar las cifras. Un político no puede hablar de recortes aunque está claro que cuanto más tarden más graves serán. Lo más curioso es que a la vez que nos venden una versión ultra optimista, nos dicen que el cambio del clima va a empeorarlo todo, que ni el avión podremos coger, ¿cómo entonces va a crecer la economía, vamos a encontrar empleo para nuestros millones de parados y recursos para nuestro estado del bienestar si el planeta se va, según el actual discurso del miedo, literalmente al carajo?

Crash bursátiles y preocupación política

Esta década se cumplirá el centenario del famoso crash bursátil de 1929 que se considera empezó la mayor depresión económica de la era moderna y el mayor ciclo bajista de Wall Street tras muchos años de euforia. Para que nos hagamos una idea de esto último, en 1929 hubo 45 cierres en máximos históricos (parecen muchos pero el récord ocurrió en 1995 con 77, y en los últimos años en 2017 hubo 62 y en 2021, 70) y no volvió a haber un nuevo máximo de Wall Street… hasta 1954. ¿Se imaginan que hasta 2051 no volvamos a ver los máximos de Wall Street de este año? Es decir, que aunque sigue habiendo mucha gente empeñada en que a largo la bolsa siempre sube, lo cierto es que el que compró en los altos de 1929 tardó 25 años en recuperar su inversión… si invirtió en el índice, porque es muy posible que lo hiciera en alguna de las muchas compañías que quebraron en aquel ciclo, y por tanto perdiera todo su dinero.

Por suerte para los norteamericanos, solo había 1.5 millones de personas invertidas en acciones en 1929 o un poco más del 1% de la población del país. De hecho, lo de que la gente se tiraba por las ventanas porque se desplomaba el Dow Jones es una falsedad, un bulo. Por lo visto todo empezó porque ante la visión de un corro de gente en Wall Street, que no estaba para nada mirando un cadáver, el humorista Will Rogers bromeó diciendo que «había que hacer cola para conseguir una ventana por la que tirarse». El chiste lo continuó Eddie Cantor, otro comediante, afirmando que los recepcionistas de hotel preguntaban a los clientes si querían la habitación «para dormir o para tirarse». Vamos, que el tema de las fake news no es nuevo, aunque es de suponer que ninguno de los dos tenía la mala intención de crear un falso mito que se sigue repitiendo décadas después, y que de hecho se sigue leyendo como si fuera cierto en artículos periodísticos actuales. Y esto pasa incluso cuando se sabe, por cifras oficiales del jefe de los médicos forenses de Nueva York, que hubo menos suicidios en la ciudad el mes después del crash bursátil que los que había habido el año anterior en el mismo periodo.

En realidad, cuando la gente empezó a pasarlo realmente mal no fue por la bolsa, la tragedia no comenzó hasta que no quebraron bancos. Por eso la caída de Lehman Brothers en 2008 sirvió para recordárselo a los que lo desconocían o habían olvidado ese hecho, y alertó a gobiernos y autoridades financieras que se conjuraron en que no volviera a pasar algo así. Pero eso no pasó entonces, lo que agravó mucho la depresión de 1929, al igual que la falta de colchones de seguridad y políticas sociales que pudieran mitigar la crisis. Por otra parte, para el gran público no es lo mismo un banco de inversión, por muy grande que fuera, que las cinco mil entidades financieras que cerraron sus puertas aquellos años.

Más allá de la Historia por todos conocida, a mí me llama la atención que, al contrario de lo que ocurre hoy donde todo el mundo habla de burbuja, en octubre de 1929 pocos tenían miedo a un estallido, ni siquiera a un parón económico, mucho menos a una recesión tan grave. Hizo falta un crash bursátil para que la gente comprendiera la ficción en la que habían vivido la mayor parte de los “felices 20”. Si algo que apenas era importante para el 1% de los estadounidenses provocó lo que provocó, ahora que el porcentaje de adultos invertido supera el 50%, es fácil imaginar lo vital que puede ser para las autoridades políticas y económicas estadounidenses la estabilidad bursátil. Por eso mi creencia en que los bancos centrales, y en concreto la Fed, por mucho que tengan que luchar contra la inflación, siempre estarán dispuestos a ayudar a los mercados de valores. Y con eso cuentan los grandes inversores.

En España no hay datos fiables de cuántos españoles invierten en bolsa, sea directamente o a través de fondos, pero hay encuestas que pueden darnos pistas e indican que de los casi 20 millones de hogares que hay en España, al menos en un tercio hay accionistas. La diferencia entre España y los Estados Unidos es tan grande, aparte de por tradición inversora, por los seguros privados, mucho más habituales allí y, sobre todo, por los planes de pensiones. Mientras en España tenemos una pensión pública principal, allí –como ocurre en muchos países- las pensiones tienen esquemas de participación privada y empresarial (a favor de los empleados) que, para vencer a la inflación, suelen invertir en bolsa durante la vida laboral del que luego será pensionista. Esto hace que no sólo haya muchos más estadounidenses accionistas, también que el interés porque la bolsa suba sea mucho más importante que aquí, donde muchos invierten, pero no se juegan el cobro de la pensión.

En resumen, que, aunque en España menos, hay un interés político y económico muy claro en conseguir que la bolsa suba y no creo sea casualidad que el país más envejecido del planeta –Japón- sea el que más ha presionado a su banco central para comprar acciones y así mejorar la rentabilidad de los japoneses en un mundo de intereses tan bajos en la renta fija. También es un tema del que se habló en Europa: si ya se ha cruzado la línea de comprar deuda pública y deuda privada, ¿por qué no en renta variable? El SNB (banco central suizo), otro de los que durante años mantuvo los tipos negativos, también tiene en cartera una gran cantidad de acciones, la mayoría de Wall Street.

Para mí las cotizaciones actuales no reflejan la realidad económica sino el exceso de liquidez y un optimismo casi infantil. El dolor para los inversores si viene un crash bursátil será enorme tras tanto optimismo pre-guerra en Irán. Y sí, seguro que las autoridades financieras y políticas intentarán mitigarlo pero... confiar ciegamente en ello puede ser un error. Aunque escasos, ha habido años muy negativos en la bolsa. No olvidemos que la máxima siempre debe ser preservar el capital.

La polémica del reparto de los beneficios empresariales

Tengo un amigo que hace unos años usó la indemnización por despido para montar una empresa y lo perdió todo. Tiempo después despidieron a su esposa y montaron otra con el finiquito y volvieron a fracasar, y encima acumularon deudas. Yo mismo he intentado tener negocios un par de veces y tampoco resultó, y suerte que perdí muy poco. Son historias bastante comunes, en España dicen las estadísticas que el 50% de todas las empresas no llegan al octavo año de vida y tan sólo 2 de cada tres llegan al quinto. Pocos son conscientes que eso quiere decir que si 3 personas montan una empresa hoy, uno la cerrará antes de 2030. Y lo peor es que es muy probable que en ese intento haya acumulado deudas. Por otra parte, hay muchas empresas sin actividad (en España se calcula que un millón y medio) por lo que la estadística aún sería peor en cuanto a resultados monetarios.

Y es que crear una empresa, más allá de la idoneidad de la idea o del talento del emprendedor, es complicado: trámites burocráticos, necesidad de financiación, imprevisibilidad del consumidor del que nunca se sabe si responderá o no al producto o a los servicios que ofrece el nuevo negocio… Pero supongamos que tenemos éxito y estamos en ese 50% que tras ocho años lo tiene y obtiene buenos resultados. Lo normal es que los primeros beneficios se dediquen bien a reinvertirlos en infraestructuras de la propia empresa, bien a devolver la liquidez que recibió al empezar (sea de créditos bancarios o prestado por familiares y/o socios) con lo que aparte de asignarse un buen sueldo, el emprendedor que triunfa no suele “forrarse” y además sufrirá rechazo social. Y esto es muy injusto porque alguien que consigue vencer contra unas posibilidades en contra tan altas, y con un triunfo que repercute en más gente (sus empleados y sus inversores), tiene derecho a ganar por ello. Y la sociedad debería valorar la figura del empresario porque él es el creador de empleo por antonomasia.

Supongamos que ese emprendedor que ha conseguido sobrevivir tras los primeros años quiere crecer y para ello no le basta con reinvertir beneficios, entonces se plantea buscar socios capitalistas que aporten capital con el que financiar su expansión y, de paso, crear más empleos y pagar más impuestos, generando un efecto positivo para toda la sociedad, más allá del producto que venda. Su empresa cada vez es menos suya si incluye más socios, tiene que dividir los beneficios con ellos y, si consigue salir a bolsa, podría ser que ese reparto incluya a miles de personas. Los casos de grandes empresas con el fundador como gran accionista de referencia no son demasiados (tenemos por ejemplo el caso de J. Roig y Mercadona) y aún más escasos tras una salida a bolsa (Inditex y A. Ortega son la excepción en un Ibex en el que las grandes compañías suelen tener a bancos y fondos de inversión como principales dueños y el resto de propietarios muy repartidos) por lo que el caso más habitual es el de un consejo de administración, elegido por los accionistas (en la práctica sólo por los más grandes) con unos ejecutivos que dirigen la compañía para dar el mayor beneficio posible a los dueños, a los que han puesto dinero. Últimamente las críticas vienen porque se cree que los trabajadores deberían verse más beneficiados que los inversores en los años buenos.

En un mundo ideal lo mejor sería que si una gran empresa tiene altos beneficios, al igual que hace con los accionistas, reparta algo entre los trabajadores. No digo subir salarios porque puede que al siguiente año las cosas no vayan bien y bajarlos es más complicado pero ¿por qué no un bonus? Personalmente creo que está bien que en un año de grandes beneficios también se reparta algo entre los trabajadores ya que el empleado -en general- ha influido más en el resultado operativo que el inversor (Mercadona lo hace cada año) pero no es tan fácil. Lo primero es que tendrían que estar de acuerdo los dueños en ganar menos, y eso puede ser sencillo cuando el dueño es uno o unos pocos pero no cuando son cientos de miles como suele pasar en las cotizadas, ¿O es que los millones de españoles accionistas de BBVA, Caixabank, Santander etc. estarían de acuerdo en reducir su dividendo para destinar parte de su beneficio –obtenido tras asumir el riesgo de invertir en dichas compañías- en aumentar las retribuciones de los trabajadores de esos bancos? Tampoco olvidemos que, salvo excepciones como una gran herencia, el dinero de los accionistas también procede originariamente de un trabajo que generó esos ahorros.

Por último, el del trabajador y el del inversor son riesgos distintos. De hecho, los ejercicios que hay pérdidas los dividendos se volatilizan y el precio de la acción suele caer, y eso muy raramente implica que se bajen sueldos. No parece sencillo convencer a, por ejemplo, un accionista que invirtió en Telefónica hace 25 años y cuya acción acumula una caída importante desde entonces (pero que consigue medio solventar las pérdidas gracias al cobro de dividendos –de los que parte se lleva Hacienda, por supuesto-), que debe recortarlo tras unos buenos resultados para compartirlo con alguien que, sin arriesgar capital, ya lleva esos mismos 25 años cobrando un salario cada mes. El populismo lo aguanta todo pero nada es tan simple como parece.

No politicemos la evolución del Ibex

  A veces las emociones nos llevan a expresiones que no hemos meditado lo suficiente, y estos días en los que el ambiente político está tan tenso, son muy proclives a que esto pase, especialmente en redes sociales. Esto lleva a que entre los detractores de Sánchez se hable con extremo pesimismo de la economía española, incluso como con deseo de que vaya mal para que los que aún le apoyan abran al fin los ojos; y del otro lado, los hay que incluso establecen una relación entre el buen comportamiento del Ibex los últimos años y el que repitamos presidente una vez más. Pero mientras que lo primero, aunque no lo comparto, tenga una base cierta (el PSOE sólo ha perdido el poder tras una muy mala situación económica, si exceptuamos 2004 en el que intervino el 11-M), lo segundo no tiene sentido ya que es absurdo politizar la evolución de nuestro índice bursátil.

A mí me gustaría que Sánchez y el PSOE dejaran de gobernar porque la inmensa mayoría del pueblo español dé la espalda a alguien sin palabra y a un partido con una ética tan deteriorada que le parece bien comprar los votos de alguien arreglando sus problemas con la ley para así retener el poder, así como aumentando la desigualdad territorial, pero no deseo una crisis económica para nuestro país, que bastante mal lo está pasando con la continuada pérdida de poder adquisitivo y las hipotecas que estamos asumiendo por culpa del aumento del volumen de la deuda pública. En cuanto a los que vinculan a la bolsa con el color ideológico del gobierno de turno, me parece que no conocen la historia ni cómo funcionan los índices bursátiles. Trump presumía que con él subía mucho Wall Street, llegó la pandemia y cayó a plomo, luego recuperó… y siguió subiendo con Biden, y ahora sube con Trump II, y casi todo se debe a unos pocos valores, casi todos tecnológicos, que ganan su dinero en todo el mundo y, mientras no varíe lo sustancial del sistema estadounidense, subirán y bajarán en bolsa gobiernen demócratas o republicanos. Y en cuanto a la bolsa española, la situación es muy similar. Ni siquiera los escándalos de corrupción política nacional lo han afectado.

Nuestro índice subió muchísimo a finales del siglo pasado: empezó cotizando el 14 de enero de 1992 con un valor inicial de 2.693,17 puntos y en marzo del 2000 casi toca los 13.000 puntos. Además pagando buenos dividendos que se descuentan del precio (con lo que en realidad su rentabilidad es mayor). Eso sí, ese Ibex se parece muy poco al actual, de hecho en febrero del 2000 la desaparecida Terra había llegado a superar en capitalización bursátil a Repsol, BBVA y Santander; por eso, aunque se llame igual, es poco exacto comparar nuestro índice según pasan los años y cambian sus miembros. En cualquier caso, tras el pinchazo de la burbuja “.com” siguió bajando hasta cotizar por debajo de los 6.000 puntos en el verano de 2002 y ahí cambió de tendencia y llegó hasta los 16.000 de finales de 2007. Otra nueva crisis lo llevó a por debajo de 7.000 puntos en 2009, nivel que perdió de nuevo con los problemas de la deuda soberana en 2012 y en 2020 con la pandemia. En 2023 recuperó los niveles nominales prepandemia (máximos históricos reales si tenemos en cuenta dividendos) y la tendencia alcista es muy clara desde otoño de 2022, siendo espectacular (casi un 50% de subida) su comportamiento en 2025 y marcando nuevos máximos en 2026 por encima de los 18.500 puntos. 

¿Tiene algo que ver la política con que estos años el Ibex suba? Evidentemente no, la bolsa española llevaba muchos años comportándose mucho peor que la mayoría de índices bursátiles de las economías desarrolladas debido a su composición: ausencia de tecnológicas, que son las que más habían subido desde hace más de una década y demasiado peso del sector bancario, que, hasta el cambio de política de tipos de interés del BCE, irritaban a sus accionistas por su mal comportamiento. Es precisamente esto último lo que ha llevado a que la bolsa española esté destacando pero aun así, incluso teniendo en cuenta dividendos cobrados, el Ibex se comporta peor que los demás grandes índices, europeos y estadounidenses en lo que llevamos de siglo. No descarto que la política económica de nuestros gobernantes (de uno y otro signo) pueda haber influido en esto pero si miramos los valores con mayor peso en el Ibex podemos ver que en el corto plazo es absurdo pensarlo.

Inditex, Santander e Iberdrola con los principales miembros de nuestro índice, con BBVA haciendo de cuarto en discordia. Si nos fijamos, en la mayoría los beneficios tienen muy poco que ver con quién gobierne en España. No es la economía española, son  multinacionales, y dos de ellas, sin hacer nada especial, han mejorado enormemente (como todos los bancos) su rentabilidad bursátil gracias al BCE. Y si tenemos en cuenta que ha sido Sánchez el que ha restado ingresos a Iberdrola, Santander, BBVA, CaixaBank, Repsol etc. con impuestos extraordinarios, si queremos hacer una lectura política, tendría hasta más sentido pensar que con Feijoo el Ibex cotizaría más alto aún. Aunque creo que es un ejercicio fútil e innecesario ya que está más que demostrado que los resultados electorales no cambian tendencias, sólo influyen en el muy corto plazo, y sólo cuando suponen una sorpresa. De hecho, estos días estamos viendo cómo nuestro índice se mueve... a golpe de bombas en Irán, nada que ver con las urnas en España.

Tanta tecnología y tan poca comunicación

 Aunque entiendo que hay quien piense que soy un “friki” por ello, mi admiración por los avances científicos y mi secreta esperanza de que haya alguien ahí fuera que nos ayude a progresar mejor, me lleva a seguir con mucho interés cualquier noticia relacionada con la investigación espacial. Y como tal, desde niño sigo todo lo que se publica sobre las Voyager. Para quien no lo sepa las Voyager son dos sondas que se lanzaron al espacio, hace años traspasaron el borde de nuestro sistema solar adentrándose en el espacio interestelar -únicos artefactos humanos que sepamos que han llegado ahí- y… siguen trasmitiendo. Por si eso no fuera algo lo bastante interesante, hay que resaltar que se lanzaron en verano de… ¡1977! Algo con una tecnología de hace más de 45 años sigue mandando información desde veinte mil millones de kilómetros de nuestro planeta. Para que nos hagamos una idea de su primitivismo, estas sondas tienen una memoria de 69 KB y almacenamiento en cinta. Los Spectrum que llegaron a España en 1985, el primer contacto con un ordenador personal para la mayoría entonces, podían funcionar en modo 48 KB o 128 KB, y si alguno los ha usado recordará cómo se colgaban continuamente.

En 1965 un estudiante del Instituto de Tecnología de California llamado Gary Flandro trazó las trayectorias de las órbitas de Júpiter, Saturno, Urano y Neptuno y encontró que a fines de la década de 1970 y principios de la de 1980 estos planetas gigantes estarían casi alineados, un fenómeno tan raro que ocurre solo una vez cada 176 años y que permitiría que una sola nave pudiera visitarlos mediante el uso de asistencias por gravedad, de ahí vino el impulso para que la NASA creara estas dos sondas gemelas, luego vino la idea de poner mensajes dentro por si lo encontraba alguna inteligencia extraterrestre y más detalles que no caben aquí. Cuando las cámaras de las sondas aún funcionaban mandaron unas imágenes de algunos planetas de nuestro sistema solar únicas, quizás esa ausencia visual las últimas décadas haya tenido que ver con la pérdida de interés del público en general pero a los “frikis” nos sigue sorprendiendo cada nueva de ellas. Por ejemplo, en 2017, tras 37 años sin cambiar su dirección, desde la Tierra se consiguió que la Voyager 1 encendiera sus impulsores y corrigiera mínimamente el rumbo. Pequeñas novedades se van conociendo de estos artefactos que se alejan a una velocidad de unos 17 kilómetros por segundo. La más reciente que recuerde fue en 2023, cuando se perdieron las comunicaciones con la Voyager 2 pero se consiguieron recuperar.

Es tan sorprendente que algo con una tecnología tan arcaica siga trasmitiendo como que ahora usemos una tan espectacularmente superior y universalizada. Y es inevitable hacer comparaciones sobre lo poco que somos capaces de hacer hoy con tanto más. Un Smartphone tiene 240 mil veces más memoria y nuestro ordenador de sobremesa es 10 mil veces más rápido que la computadora de las Voyager y ¿para qué usamos tanta memoria y velocidad en la actualidad? Pues la inmensa mayoría en comunicarnos y entretenernos. No me meto a valorar si esto es bueno o malo pero desde luego choca que hayamos avanzado tanto tecnológicamente, que hayamos dado el decisivo paso de popularizar todos esos avances pero que el uso que le demos a todo ello no sea nuevo. Hemos sustituido el periódico, el teléfono fijo, la enciclopedia… todo es más rápido y más accesible, tanto personas como información… Pero no hay nada nuevo, no realizamos actividades diferentes a las que haría alguien de hace un siglo que charlara en un bar con conocidos que le proporcionaran información de terceros, leyera la gaceta, escuchara la radio, se riera del último chiste de moda en el barrio y hasta tuviera una cita a ciegas con la vecina de uno que apenas conoce. Sí, ahora todo eso se ha expandido y facilitado, y es posible hacerlo desde casa o desde el móvil en un autobús pero en esencia es lo mismo.

La gran pregunta es: ¿supone un avance que estemos tan bien comunicados? Es difícil saberlo, por ejemplo las ventajas de la informática en la educación son enormes, ojalá yo hubiera tenido tantos datos de forma tan veloz en mis tiempos. Y en cuanto al ocio, es evidente que las posibilidades se han multiplicado. Pero en el día a día tanta información no sirve para mucho si no sabemos discriminarla o si no nos la discriminan bien los medios (el que pasen desapercibidas las noticias de las Voyager pero tantos sepan algo de un presunto asesino que es nieto de un famosete, es un buen ejemplo de que algo falla) y sí, nos podemos comunicar y conocemos lo que pasa es cualquier parte casi instantáneamente pero no creo que eso nos haya hecho más empáticos. De hecho, la intransigencia religiosa ha sufrido un repunte los últimos decenios (el régimen talibán es el mejor ejemplo), las guerras fronterizas han vuelto a Europa (Ucrania) y movimientos populares como el Brexit o el secesionismo catalán, demuestran que hay quien prefiere fijarse más en las diferencias que en las semejanzas e incluso crear nuevas fronteras.

Desde mi punto de vista, la tecnología es fabulosa y su popularización un gran avance social. Y digo social porque a día de hoy mil millones de personas tienen en su móvil más acceso a información y ocio del que tenía hace 50 años el mayor multimillonario del mundo con todos sus recursos. Pero si me imagino a una civilización extraterrestre encontrando las Voyager y descubriendo los años que lleva viajando, pienso que se harán una idea equivocada sobre lo que hemos evolucionado desde que lo construimos; no por la tecnología, sino porque no supongo que crean que en este rincón perdido de la galaxia no hay aún un nacionalismo humano, un orgullo de raza planetario sino que la mayoría cree ser mejor que los demás bien por sus creencias, bien por su físico, bien por su lugar de nacimiento, bien por su estatus social etc. Puede que el tema de hoy tenga poco que ver con la economía, que suele ser mi tema, pero la reflexión se puede llevar a ese terreno ya que cada vez hay más tentaciones proteccionistas y más ganas de echar las culpas a otros países de la falta de competitividad del propio. Si no aprovechamos la tecnología –y su popularización- para unirnos más, ¿de qué sirve estar tan bien comunicados?

Cuando las máquinas dominan los mercados

Cuando finalizaba la Edad Media en lo que hoy conocemos como Benelux se ampliaban los negocios mercantiles a través de todo el mundo utilizando rutas comerciales recién descubiertas. Pero los riesgos para invertir eran muy altos: equipar una flota de barcos con destinos remotos donde podían naufragar, por mucho beneficio que se obtuviera, podía significar que un solo viaje malogrado provocara la ruina de cualquier inversor. Una asociación con otra gran fortuna implicaba dejar de poseer la gestión exclusiva del negocio por lo que surgió la idea de crear participaciones del negocio entre pequeños inversores a cambio de una rentabilidad (dividendo). De este modo, un inversor podía prescindir de hasta el 49% de su negocio, conseguir financiación sin coste y, a cambio, sólo tenía que repartir un máximo del 49% de sus beneficios (si estos llegaban) y continuar dirigiendo la compañía. De ahí a que se creara un mercado donde negociar estas acciones hubo un corto paso. Así, la primera bolsa moderna donde se reunían compradores y vendedores -y que se llamó así por el apellido de un noble llamado Van der Buërse- se fundó en 1460 en Amberes.

Con ello, el que compraba acciones pensando en un futuro dividendo, pasó a poder ganar dinero sin tener que esperar tanto. Si alguien sabía que algún barco había tenido un percance o que el precio del producto transportado había bajado, podía deshacer su inversión: se podía especular con ello y comprar o vender acciones. En la actualidad un cargamento de petróleo suele cambiar de propietario varias veces desde el puerto de origen hasta el de su destino. Como se puede apreciar, el “mercado”, aunque haya crecido mucho, no ha cambiado tanto: se crean unos instrumentos para la inversión que llevan a la especulación. El proceso tiene que ver con la propia naturaleza humana, nuestro afán de querer más. Y el dividendo, aunque algunos le sigan dando importancia, ha perdido valor como argumento para invertir ya que la volatilidad es tan alta que esa rentabilidad se puede ganar o perder, por la evolución del precio, en minutos.

Pero sí hay algo nuevo en los mercados desde hace ya años: la presencia de máquinas decidiendo operativas. Gran parte del volumen de negociación en Wall Street y en otros mercados del mundo, lo mueven sistemas HTF (high frecuency trading) utilizando complejos algoritmos que analizan y deciden en un tiempo de unos 2 o 3 milisegundos. En teoría funcionan usando pautas estadísticas como hacen muchos en su operativa pero su conocimiento de los datos, su rapidez y, por qué no decirlo, su ausencia de emociones, les proporcionan una gran ventaja. Si un humano piensa que una acción debe subir porque está en un soporte técnico según los gráficos o porque es un periodo del año estacionalmente alcista, y para tomar esa decisión tarda minutos, un sistema de trading de alta frecuencia en 0,002 segundos calcula cientos de acciones y evalúa pautas complejas basadas en datos que, por ejemplo, pueden ser algo así -es un ejemplo ficticio- como “si el precio de una acción petrolera toca la media de precio de las 13 últimas sesiones al mismo tiempo que el precio del petróleo West Texas sube por encima de la desviación standard de un periodo de tiempo determinado, existe un 73,3% de posibilidades de que suba en un porcentaje superior al 3,33%”, y rápidamente, según los parámetros introducidos, opera en los mercados, con la ventaja de ser disciplinado y cortar las pérdidas con rapidez si la “apuesta” es equivocada.

En Estados Unidos ya ha habido acusaciones penales contra robos de estos algoritmos, que son valorados en cantidades astronómicas. Y es que cuando aparecieron y empezaron a usarlos los departamentos de trading de bancos como Goldman Sachs, sus resultados se dispararon. Aunque no debe ser fácil replicarlos, o quizás el que se usen más por tantos, ha reducido su eficacia porque los roboadvisors, gestores de carteras automatizadas que dicen basarse en el mismo principio (algoritmos para rentabilizar mejor las inversiones sin el factor humano, más emocional y menos racional) tienen resultados discretos, para desespero de los clientes que creyeron en ellos como el nuevo maná. Sin embargo, el avance de la inteligencia artificial es ya un hecho. Hace ya un par de años que una empresa china de videojuegos, NetDragon, nombró director ejecutivo de su filial Fujian NetDragon Websoft a un "robot humanoide virtual con inteligencia artificial", y parece que sus resultados no han sido malos.

La inteligencia artificial está resucitando los temores, que ya se vieron reflejados en muchas obras de ficción del siglo XX, a un poderío de las máquinas sobre el ser humano. Es un debate que roza lo filosófico y excede el tamaño de este artículo pero es cierto que entra de lleno en una cuestión muy práctica: el mundo laboral. Ya están saliendo estudios y previsiones sobre qué empleos pueden verse más afectados y, probablemente la inteligencia artificial esté de acuerdo conmigo, debería incluso plantearse un radical cambio de los planes de estudio si realmente se confirman las transformaciones que parece que van a llegar. De momento, y a pesar de los que alaban nuestra intuición y nuestro conocimiento del contexto como cualidades que superan a los algoritmos, creo que en los mercados financieros, al menos en el trading (otra cosa son las decisiones de inversión a más largo plazo), el tiempo de los humanos se está acabando. Otro tema es hasta qué punto puede ser peligroso si su operativa se va ampliando a mercados con menor volumen y descubren lo sencillo que puede ser ganar dinero hundiendo o hinchando artificialmente un valor bursátil (¿ha pasado ya?), sobre todo si, más allá de la bolsa, eso pasa con la divisa o la deuda de un país (uno emergente por ejemplo), al que pueden hundir su economía en muy poco tiempo. Es decir, si aprenden la peor faceta de los humanos en los mercados financieros.

Gracias por las marcas blancas

Lo que en España conocemos como marca blanca (por el color de los envases de los primeros productos que se vendieron sin marca) nacieron como “marca de distribuidor” en la Alemania de la II Guerra Mundial, buscando la austeridad. Con la crisis inflacionista del petróleo de 1973 esta tendencia se extiende en países como Francia y Estados Unidos. A España llega a 1977 y, según las fuentes, el primero que lanzó productos sin marca destacando sólo el producto que se vendía fue la cooperativa vasca Eroski o el supermercado “low cost” madrileño (y ya desaparecido) Simago. En cualquier caso, se limitaba a productos básicos y, aunque fue copiado por otras grandes cadenas según pasaban las décadas, hasta la crisis de 2008 en una gran parte de la población comprar “marca blanca” tenía muy mala prensa. Recuerdo comentarios maliciosos en foros (donde se debatían estas cosas antes de Twitter) afirmando que los yogures de sabores de marca blanca se hacían con la fruta que rechazaba Danone por ser de mala calidad.

Con la Gran Recesión todo cambió (de no llegar al 25% de cuota a superar en pocos años el 40%) y dejó de estar mayoritariamente mal visto comprar marca blanca y en la actualidad, debido a las subidas de precios tan elevadas, estamos en máximos de consumo de estos bienes. En concreto la cuota de la “marca blanca” en 2004 era del 22%, en 2008 llegó al 34% y en la actualidad diversas fuentes la colocan por encima del 50%. Es decir, la mitad -o más- de todo lo que compramos es de marca blanca. A esto ha ayudado también que en estas décadas se ha mejorado la estética -y probablemente la calidad- de estos productos, incluso traicionando el espíritu inicial y asignando una marca propia a lo que en teoría no tenía marca. Es el caso de El Bosque Verde de Mercadona o Silver Crest de Lidl. Aunque primeras marcas han tenido una segunda marca más barata y, para no devaluar su imagen, les interesaba que su nombre no apareciera, esto ahora es minoritario.

Las grandes cadenas de distribución llegan a acuerdos, generalmente con empresas pequeñas, para adquirir sus productos y renombrarlos con su propia “marca blanca” llegando incluso a ser competencia, porque solo en algunos casos se adquiere toda la producción. Un ejemplo es Tarradellas, cuyas pizzas se venden en Mercadona con un envase diferente y un precio inferior al de la marca barcelonesa, teniendo exactamente el mismo contenido que en otros supermercados donde Tarradellas vende con su propio formato. ¿Por qué esta marca hace esto? Por lo mismo que otras muchas, el volumen que compra Mercadona es tan grande, que es interesante para Tarradellas vender a un menor precio (en este caso el acuerdo incluye fiambres, patés etc.) a un cliente tan importante y, por otro lado, el margen que aplica la cadena valenciana entre como lo adquiere y cómo lo vende al público, también es más bajo. Y, de hecho, otras empresas con una marca propia lo bastante famosa, también aceptan lo mismo, es el caso de Antiu Xixona o Cidacos, pero hay muchas más menos conocidas.

La inflación va a seguir siendo un problema, y más tras los problemas del campo que están disminuyendo la producción de muchos productos que encarecerán aún más todo lo que provenga de la agricultura y la ganadería, incluso si los precios energéticos siguen contenidos. Siendo Mercadona el punto de venta de alimentación donde más compran los españoles (y el segundo Carrefour), es importante, y más en tiempos de precios más altos como los actuales, que los consumidores podamos acceder a productos, incluso de marcas de gran prestigio, a un precio inferior, y en algunos casos la diferencia es grande. Yo mismo he podido constatar diferencias importantes en, por ejemplo, el litro de leche: donde vivo la marca que suministra a la cadena valenciana vende con su propia marca en otros puntos de venta, de media, un 10% más caro, y es la misma leche. Ocurre lo mismo en Carrefour, Día etc., por ejemplo el caso de la leche, yogures y postres Celta que se venden en Aldi renombrados como Milsani. Por eso a lo absurdo de algunas críticas contra nuestras cadenas de distribución, que ya hemos comentado alguna vez, se suma lo injusto que resulta acusar a los supermercados de la inflación como hizo no hace tanto un economista, famoso por ignorar los datos y buscar polémicas para que le sigan llamando a esos programas, en televisión.

De hecho, si no existieran las marcas blancas, si no hubiera esos acuerdos (que sólo pueden hacer las grandes compañías) para adquirir a más bajo coste por mayor volumen y posteriormente vender el mismo producto con otra etiqueta y menor precio, la inflación procedente de alimentación (y cosmética, limpieza etc.) sería bastante más alta de la que es. Es curioso cómo ni siquiera los políticos más belicosos contra los supermercados, son incapaces de criticar a las empresas que venden a precios más caros como Nestlé, Danone, Colgate… y se ceban precisamente contra los que sí que ofrecen a los consumidores una buena relación calidad/precio. Lo peor es que consiguen que mucha gente haga lo mismo, equivocando claramente el tiro.

 

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