El blog de Droblo
@droblo
Crash bursátiles y preocupación política
Esta década se cumplirá el centenario del famoso crash bursátil de 1929 que se considera empezó la mayor depresión económica de la era moderna y el mayor ciclo bajista de Wall Street tras muchos años de euforia. Para que nos hagamos una idea de esto último, en 1929 hubo 45 cierres en máximos históricos (parecen muchos pero el récord ocurrió en 1995 con 77, y en los últimos años en 2017 hubo 62 y en 2021, 70) y no volvió a haber un nuevo máximo de Wall Street… hasta 1954. ¿Se imaginan que hasta 2051 no volvamos a ver los máximos de Wall Street de este año? Es decir, que aunque sigue habiendo mucha gente empeñada en que a largo la bolsa siempre sube, lo cierto es que el que compró en los altos de 1929 tardó 25 años en recuperar su inversión… si invirtió en el índice, porque es muy posible que lo hiciera en alguna de las muchas compañías que quebraron en aquel ciclo, y por tanto perdiera todo su dinero.
Por suerte para los
norteamericanos, solo había 1.5 millones de personas invertidas en acciones en
1929 o un poco más del 1% de la población del país. De hecho, lo de que la
gente se tiraba por las ventanas porque se desplomaba el Dow Jones es una
falsedad, un bulo.
Por lo visto todo empezó porque ante la visión de un corro de gente en Wall
Street, que no estaba para nada mirando un cadáver, el humorista Will Rogers
bromeó diciendo que «había que hacer cola para conseguir una ventana por
la que tirarse». El chiste lo continuó Eddie Cantor, otro comediante, afirmando
que los recepcionistas de hotel preguntaban a los clientes si querían la
habitación «para dormir o para tirarse». Vamos, que el tema de las fake
news no es nuevo, aunque es de suponer que ninguno de los dos tenía la mala
intención de crear un falso mito que se sigue repitiendo décadas después, y que
de hecho se sigue leyendo como si fuera cierto en artículos periodísticos
actuales. Y esto pasa incluso cuando se sabe, por cifras oficiales del jefe de
los médicos forenses de Nueva York, que hubo menos suicidios en la ciudad el
mes después del crash bursátil que los que había habido el año anterior en el
mismo periodo.
En realidad, cuando la gente empezó a pasarlo
realmente mal no fue por la bolsa, la tragedia no comenzó hasta que no quebraron bancos. Por eso la caída de Lehman Brothers en 2008 sirvió para recordárselo a
los que lo desconocían o habían olvidado ese hecho, y alertó a gobiernos y
autoridades financieras que se conjuraron en que no volviera a pasar algo así.
Pero eso no pasó entonces, lo que agravó mucho la depresión de 1929, al igual
que la falta de colchones de seguridad y políticas sociales que pudieran mitigar
la crisis. Por otra parte, para el gran público no es lo mismo
un banco de inversión, por muy grande que fuera, que las cinco mil entidades
financieras que cerraron sus puertas aquellos años.
Más allá de la Historia por
todos conocida, a mí me llama la atención que, al contrario de lo que ocurre
hoy donde todo el mundo habla de burbuja, en octubre de 1929 pocos tenían miedo
a un estallido, ni siquiera a un parón económico, mucho menos a una recesión tan grave. Hizo falta un crash
bursátil para que la gente comprendiera la ficción en la que habían vivido la
mayor parte de los “felices 20”. Si algo que apenas era importante para el 1%
de los estadounidenses provocó lo que provocó, ahora que el porcentaje de
adultos invertido supera el 50%, es fácil imaginar lo vital que puede ser para
las autoridades políticas y económicas estadounidenses la estabilidad bursátil.
Por
eso mi creencia en que los bancos centrales, y en concreto la Fed, por mucho
que tengan que luchar contra la inflación, siempre estarán dispuestos a ayudar a los mercados de valores. Y con eso cuentan los grandes inversores.
En España no hay datos fiables
de cuántos españoles invierten en bolsa, sea directamente o a través de fondos, pero hay encuestas que pueden darnos pistas e indican
que de los casi 20
millones de hogares que hay en España, al menos en un tercio hay accionistas. La
diferencia entre España y los Estados Unidos es tan grande, aparte de por tradición inversora, por
los seguros privados, mucho más habituales allí y, sobre todo, por los planes
de pensiones. Mientras en España tenemos una pensión pública principal, allí
–como ocurre en muchos países- las pensiones tienen esquemas de participación
privada y empresarial (a favor de los empleados) que, para vencer a la
inflación, suelen invertir en bolsa durante la vida laboral del que luego será
pensionista. Esto hace que no sólo haya muchos más estadounidenses accionistas, también que el interés porque la bolsa
suba sea mucho más importante que aquí, donde muchos invierten, pero no se
juegan el cobro de la pensión.
En resumen, que, aunque en
España menos, hay un interés político y económico muy claro en conseguir que la
bolsa suba y no creo sea casualidad que el país más envejecido del planeta
–Japón- sea el que más ha presionado a su banco central para comprar acciones y
así mejorar la rentabilidad de los japoneses en un mundo de intereses
tan bajos en la renta fija. También es un tema del que se habló en Europa: si ya se ha cruzado la línea de comprar deuda pública
y deuda privada, ¿por qué no en renta variable? El SNB (banco central suizo), otro de los que
durante años mantuvo los tipos negativos, también tiene en cartera una gran
cantidad de acciones, la mayoría de Wall Street.
Para mí las cotizaciones actuales no reflejan la realidad económica sino el exceso de liquidez y un optimismo casi infantil. El dolor para los inversores si viene un crash bursátil será enorme tras tanto optimismo pre-guerra en Irán. Y sí, seguro que las autoridades financieras y políticas intentarán mitigarlo pero... confiar ciegamente en ello puede ser un error. Aunque escasos, ha habido años muy negativos en la bolsa. No olvidemos que la máxima siempre debe ser preservar el capital.
La polémica del reparto de los beneficios empresariales
Tengo un amigo que hace unos años usó la indemnización por despido para montar una empresa y lo perdió todo. Tiempo después despidieron a su esposa y montaron otra con el finiquito y volvieron a fracasar, y encima acumularon deudas. Yo mismo he intentado tener negocios un par de veces y tampoco resultó, y suerte que perdí muy poco. Son historias bastante comunes, en España dicen las estadísticas que el 50% de todas las empresas no llegan al octavo año de vida y tan sólo 2 de cada tres llegan al quinto. Pocos son conscientes que eso quiere decir que si 3 personas montan una empresa hoy, uno la cerrará antes de 2030. Y lo peor es que es muy probable que en ese intento haya acumulado deudas. Por otra parte, hay muchas empresas sin actividad (en España se calcula que un millón y medio) por lo que la estadística aún sería peor en cuanto a resultados monetarios.
Y es que
crear una empresa, más allá de la idoneidad de la idea o del talento del
emprendedor, es complicado: trámites burocráticos, necesidad de financiación,
imprevisibilidad del consumidor del que nunca se sabe si responderá o no al
producto o a los servicios que ofrece el nuevo negocio… Pero supongamos que
tenemos éxito y estamos en ese 50% que tras ocho años lo tiene y obtiene
buenos resultados. Lo normal es que los primeros beneficios se dediquen bien a
reinvertirlos en infraestructuras de la propia empresa, bien a devolver la
liquidez que recibió al empezar (sea de créditos bancarios o prestado por
familiares y/o socios) con lo que aparte de asignarse un buen sueldo, el
emprendedor que triunfa no suele “forrarse” y además sufrirá rechazo social. Y
esto es muy injusto porque alguien que consigue vencer contra unas
posibilidades en contra tan altas, y con un triunfo que repercute en más gente
(sus empleados y sus inversores), tiene derecho a ganar por ello. Y la sociedad
debería valorar la figura del empresario porque él es el creador de empleo por
antonomasia.
Supongamos
que ese emprendedor que ha conseguido sobrevivir tras los primeros años quiere
crecer y para ello no le basta con reinvertir beneficios, entonces se plantea
buscar socios capitalistas que aporten capital con el que financiar su
expansión y, de paso, crear más empleos y pagar más impuestos, generando un
efecto positivo para toda la sociedad, más allá del producto que venda. Su
empresa cada vez es menos suya si incluye más socios, tiene que dividir los
beneficios con ellos y, si consigue salir a bolsa, podría ser que ese reparto incluya
a miles de personas. Los casos de grandes empresas con el fundador como gran
accionista de referencia no son demasiados (tenemos por ejemplo el caso de J. Roig
y Mercadona) y aún más escasos tras una salida a bolsa (Inditex y A. Ortega son
la excepción en un Ibex en el que las grandes compañías suelen tener a bancos y
fondos de inversión como principales dueños y el resto de propietarios muy
repartidos) por lo que el caso más habitual es el de un consejo de
administración, elegido por los accionistas (en la práctica sólo por los más
grandes) con unos ejecutivos que dirigen la compañía para dar el mayor
beneficio posible a los dueños, a los que han puesto dinero. Últimamente las
críticas vienen porque se cree que los trabajadores deberían verse más
beneficiados que los inversores en los años buenos.
En un mundo
ideal lo mejor sería que si una gran empresa tiene altos beneficios, al igual
que hace con los accionistas, reparta algo entre los trabajadores. No digo
subir salarios porque puede que al siguiente año las cosas no vayan bien y
bajarlos es más complicado pero ¿por qué no un bonus? Personalmente creo que
está bien que en un año de grandes beneficios también se reparta algo entre los
trabajadores ya que el empleado -en general- ha influido más en el resultado
operativo que el inversor (Mercadona lo hace cada año) pero no es tan fácil. Lo primero es que tendrían que
estar de acuerdo los dueños en ganar menos, y eso puede ser sencillo cuando el
dueño es uno o unos pocos pero no cuando son cientos de miles como suele pasar
en las cotizadas, ¿O es que los millones de españoles accionistas de BBVA,
Caixabank, Santander etc. estarían de acuerdo en reducir su dividendo para
destinar parte de su beneficio –obtenido tras asumir el riesgo de invertir en
dichas compañías- en aumentar las retribuciones de los trabajadores de esos
bancos? Tampoco olvidemos que, salvo excepciones como una gran herencia, el
dinero de los accionistas también procede originariamente de un trabajo que
generó esos ahorros.
Por último,
el del trabajador y el del inversor son riesgos distintos. De hecho, los
ejercicios que hay pérdidas los dividendos se volatilizan y el precio de la acción
suele caer, y eso muy raramente implica que se bajen sueldos. No parece
sencillo convencer a, por ejemplo, un accionista que invirtió en Telefónica hace 25 años y cuya acción acumula una caída importante desde
entonces (pero que consigue medio solventar las pérdidas gracias al cobro de
dividendos –de los que parte se lleva Hacienda, por supuesto-), que debe
recortarlo tras unos buenos resultados para compartirlo con alguien que, sin
arriesgar capital, ya lleva esos mismos 25 años cobrando un salario cada mes.
El populismo lo aguanta todo pero nada es tan simple como parece.
No politicemos la evolución del Ibex
A veces las emociones nos llevan a expresiones que no hemos meditado lo suficiente, y estos días en los que el ambiente político está tan tenso, son muy proclives a que esto pase, especialmente en redes sociales. Esto lleva a que entre los detractores de Sánchez se hable con extremo pesimismo de la economía española, incluso como con deseo de que vaya mal para que los que aún le apoyan abran al fin los ojos; y del otro lado, los hay que incluso establecen una relación entre el buen comportamiento del Ibex los últimos años y el que repitamos presidente una vez más. Pero mientras que lo primero, aunque no lo comparto, tenga una base cierta (el PSOE sólo ha perdido el poder tras una muy mala situación económica, si exceptuamos 2004 en el que intervino el 11-M), lo segundo no tiene sentido ya que es absurdo politizar la evolución de nuestro índice bursátil.
A mí me gustaría que Sánchez y el PSOE dejaran de gobernar porque la inmensa mayoría del pueblo español dé la espalda a alguien sin palabra y a un partido con una ética tan deteriorada que le parece bien comprar los votos de alguien arreglando sus problemas con la ley para así retener el poder, así como aumentando la desigualdad territorial, pero no deseo una crisis económica para nuestro país, que bastante mal lo está pasando con la continuada pérdida de poder adquisitivo y las hipotecas que estamos asumiendo por culpa del aumento del volumen de la deuda pública. En cuanto a los que vinculan a la bolsa con el color ideológico del gobierno de turno, me parece que no conocen la historia ni cómo funcionan los índices bursátiles. Trump presumía que con él subía mucho Wall Street, llegó la pandemia y cayó a plomo, luego recuperó… y siguió subiendo con Biden, y ahora sube con Trump II, y casi todo se debe a unos pocos valores, casi todos tecnológicos, que ganan su dinero en todo el mundo y, mientras no varíe lo sustancial del sistema estadounidense, subirán y bajarán en bolsa gobiernen demócratas o republicanos. Y en cuanto a la bolsa española, la situación es muy similar. Ni siquiera los escándalos de corrupción política nacional lo han afectado.
Nuestro índice subió muchísimo a finales del siglo pasado: empezó cotizando el 14 de enero de 1992 con un valor inicial de 2.693,17 puntos y en marzo del 2000 casi toca los 13.000 puntos. Además pagando buenos dividendos que se descuentan del precio (con lo que en realidad su rentabilidad es mayor). Eso sí, ese Ibex se parece muy poco al actual, de hecho en febrero del 2000 la desaparecida Terra había llegado a superar en capitalización bursátil a Repsol, BBVA y Santander; por eso, aunque se llame igual, es poco exacto comparar nuestro índice según pasan los años y cambian sus miembros. En cualquier caso, tras el pinchazo de la burbuja “.com” siguió bajando hasta cotizar por debajo de los 6.000 puntos en el verano de 2002 y ahí cambió de tendencia y llegó hasta los 16.000 de finales de 2007. Otra nueva crisis lo llevó a por debajo de 7.000 puntos en 2009, nivel que perdió de nuevo con los problemas de la deuda soberana en 2012 y en 2020 con la pandemia. En 2023 recuperó los niveles nominales prepandemia (máximos históricos reales si tenemos en cuenta dividendos) y la tendencia alcista es muy clara desde otoño de 2022, siendo espectacular (casi un 50% de subida) su comportamiento en 2025 y marcando nuevos máximos en 2026 por encima de los 18.500 puntos.
¿Tiene algo que ver la política con que estos años el Ibex suba? Evidentemente no, la bolsa española llevaba muchos años comportándose mucho peor que la mayoría de índices bursátiles de las economías desarrolladas debido a su composición: ausencia de tecnológicas, que son las que más habían subido desde hace más de una década y demasiado peso del sector bancario, que, hasta el cambio de política de tipos de interés del BCE, irritaban a sus accionistas por su mal comportamiento. Es precisamente esto último lo que ha llevado a que la bolsa española esté destacando pero aun así, incluso teniendo en cuenta dividendos cobrados, el Ibex se comporta peor que los demás grandes índices, europeos y estadounidenses en lo que llevamos de siglo. No descarto que la política económica de nuestros gobernantes (de uno y otro signo) pueda haber influido en esto pero si miramos los valores con mayor peso en el Ibex podemos ver que en el corto plazo es absurdo pensarlo.
Inditex, Santander e Iberdrola con los principales miembros de nuestro índice, con BBVA haciendo de cuarto en discordia. Si nos fijamos, en la mayoría los beneficios tienen muy poco que ver con quién gobierne en España. No es la economía española, son multinacionales, y dos de ellas, sin hacer nada especial, han mejorado enormemente (como todos los bancos) su rentabilidad bursátil gracias al BCE. Y si tenemos en cuenta que ha sido Sánchez el que ha restado ingresos a Iberdrola, Santander, BBVA, CaixaBank, Repsol etc. con impuestos extraordinarios, si queremos hacer una lectura política, tendría hasta más sentido pensar que con Feijoo el Ibex cotizaría más alto aún. Aunque creo que es un ejercicio fútil e innecesario ya que está más que demostrado que los resultados electorales no cambian tendencias, sólo influyen en el muy corto plazo, y sólo cuando suponen una sorpresa. De hecho, estos días estamos viendo cómo nuestro índice se mueve... a golpe de bombas en Irán, nada que ver con las urnas en España.
Tanta tecnología y tan poca comunicación
Aunque entiendo que hay quien piense que soy un “friki” por ello, mi admiración por los avances científicos y mi secreta esperanza de que haya alguien ahí fuera que nos ayude a progresar mejor, me lleva a seguir con mucho interés cualquier noticia relacionada con la investigación espacial. Y como tal, desde niño sigo todo lo que se publica sobre las Voyager. Para quien no lo sepa las Voyager son dos sondas que se lanzaron al espacio, hace años traspasaron el borde de nuestro sistema solar adentrándose en el espacio interestelar -únicos artefactos humanos que sepamos que han llegado ahí- y… siguen trasmitiendo. Por si eso no fuera algo lo bastante interesante, hay que resaltar que se lanzaron en verano de… ¡1977! Algo con una tecnología de hace más de 45 años sigue mandando información desde veinte mil millones de kilómetros de nuestro planeta. Para que nos hagamos una idea de su primitivismo, estas sondas tienen una memoria de 69 KB y almacenamiento en cinta. Los Spectrum que llegaron a España en 1985, el primer contacto con un ordenador personal para la mayoría entonces, podían funcionar en modo 48 KB o 128 KB, y si alguno los ha usado recordará cómo se colgaban continuamente.
En 1965 un estudiante del Instituto de Tecnología
de California llamado Gary Flandro trazó las trayectorias de las
órbitas de Júpiter, Saturno, Urano y Neptuno y encontró que a fines de la
década de 1970 y principios de la de 1980 estos planetas gigantes
estarían casi alineados, un fenómeno tan raro que ocurre solo una vez cada
176 años y que permitiría que una sola nave pudiera visitarlos mediante el uso
de asistencias por gravedad, de ahí vino el impulso para que la NASA
creara estas dos sondas gemelas, luego vino la idea de poner mensajes dentro
por si lo encontraba alguna inteligencia extraterrestre y más detalles que no
caben aquí. Cuando las cámaras de las sondas aún funcionaban mandaron unas
imágenes de algunos planetas de nuestro sistema solar únicas, quizás esa
ausencia visual las últimas décadas haya tenido que ver con la pérdida de
interés del público en general pero a los “frikis” nos sigue sorprendiendo cada
nueva de ellas. Por ejemplo, en 2017, tras 37 años sin cambiar su dirección,
desde la Tierra se consiguió que la Voyager 1 encendiera sus impulsores y
corrigiera mínimamente el rumbo. Pequeñas novedades se van conociendo de estos
artefactos que se alejan a una velocidad de unos 17 kilómetros por
segundo. La más reciente que recuerde fue en 2023, cuando se perdieron las
comunicaciones con la Voyager 2 pero se consiguieron recuperar.
Es tan sorprendente que algo con una tecnología tan
arcaica siga trasmitiendo como que ahora usemos una tan espectacularmente
superior y universalizada. Y es inevitable hacer comparaciones sobre
lo poco que somos capaces de hacer hoy con tanto más. Un Smartphone tiene 240
mil veces más memoria y nuestro ordenador de sobremesa es 10 mil veces más
rápido que la computadora de las Voyager y ¿para qué usamos tanta memoria y
velocidad en la actualidad? Pues la inmensa mayoría en comunicarnos y
entretenernos. No me meto a valorar si esto es bueno o malo pero desde luego
choca que hayamos avanzado tanto tecnológicamente, que hayamos dado el decisivo
paso de popularizar todos esos avances pero que el uso que le demos a todo ello
no sea nuevo. Hemos sustituido el periódico, el teléfono fijo, la enciclopedia…
todo es más rápido y más accesible, tanto personas como información… Pero no
hay nada nuevo, no realizamos actividades diferentes a las que haría alguien de
hace un siglo que charlara en un bar con conocidos que le proporcionaran
información de terceros, leyera la gaceta, escuchara la radio, se riera del
último chiste de moda en el barrio y hasta tuviera una cita a ciegas con la
vecina de uno que apenas conoce. Sí, ahora todo eso se ha expandido y
facilitado, y es posible hacerlo desde casa o desde el móvil en un autobús pero
en esencia es lo mismo.
La gran pregunta es: ¿supone un avance que estemos tan bien comunicados? Es
difícil saberlo, por ejemplo las ventajas de la informática en la educación son
enormes, ojalá yo hubiera tenido tantos datos de forma tan veloz en mis
tiempos. Y en cuanto al ocio, es evidente que las posibilidades se han
multiplicado. Pero en el día a día tanta información no sirve para mucho si no
sabemos discriminarla o si no nos la discriminan bien los medios (el que pasen
desapercibidas las noticias de las Voyager pero tantos sepan algo de un
presunto asesino que es nieto de un famosete, es un buen ejemplo de que algo
falla) y sí, nos podemos comunicar y conocemos lo que pasa es cualquier parte
casi instantáneamente pero no creo que eso nos haya hecho más empáticos. De
hecho, la intransigencia religiosa ha sufrido un repunte los últimos decenios
(el régimen talibán es el mejor ejemplo), las guerras fronterizas han vuelto a
Europa (Ucrania) y movimientos populares como el Brexit o el secesionismo
catalán, demuestran que hay quien prefiere fijarse más en las diferencias que
en las semejanzas e incluso crear nuevas fronteras.
Desde mi punto de vista, la tecnología es fabulosa y su popularización un gran
avance social. Y digo social porque a día de hoy mil millones de personas
tienen en su móvil más acceso a información y ocio del que tenía hace 50 años
el mayor multimillonario del mundo con todos sus recursos. Pero si me imagino a
una civilización extraterrestre encontrando las Voyager y descubriendo los años
que lleva viajando, pienso que se harán una idea equivocada sobre lo que hemos
evolucionado desde que lo construimos; no por la tecnología, sino porque no
supongo que crean que en este rincón perdido de la galaxia no hay aún un
nacionalismo humano, un orgullo de raza planetario sino que la mayoría cree ser
mejor que los demás bien por sus creencias, bien por su físico, bien por su
lugar de nacimiento, bien por su estatus social etc. Puede que el tema de hoy
tenga poco que ver con la economía, que suele ser mi tema, pero la reflexión se
puede llevar a ese terreno ya que cada vez hay más tentaciones proteccionistas
y más ganas de echar las culpas a otros países de la falta de competitividad del
propio. Si no aprovechamos la tecnología –y su popularización- para unirnos
más, ¿de qué sirve estar tan bien comunicados?
Cuando las máquinas dominan los mercados
Cuando finalizaba la Edad Media en lo que hoy conocemos como Benelux se ampliaban los negocios mercantiles a través de todo el mundo utilizando rutas comerciales recién descubiertas. Pero los riesgos para invertir eran muy altos: equipar una flota de barcos con destinos remotos donde podían naufragar, por mucho beneficio que se obtuviera, podía significar que un solo viaje malogrado provocara la ruina de cualquier inversor. Una asociación con otra gran fortuna implicaba dejar de poseer la gestión exclusiva del negocio por lo que surgió la idea de crear participaciones del negocio entre pequeños inversores a cambio de una rentabilidad (dividendo). De este modo, un inversor podía prescindir de hasta el 49% de su negocio, conseguir financiación sin coste y, a cambio, sólo tenía que repartir un máximo del 49% de sus beneficios (si estos llegaban) y continuar dirigiendo la compañía. De ahí a que se creara un mercado donde negociar estas acciones hubo un corto paso. Así, la primera bolsa moderna donde se reunían compradores y vendedores -y que se llamó así por el apellido de un noble llamado Van der Buërse- se fundó en 1460 en Amberes.
Con ello, el que compraba acciones pensando en un
futuro dividendo, pasó a poder ganar dinero sin tener que esperar tanto. Si
alguien sabía que algún barco había tenido un percance o que el precio del
producto transportado había bajado, podía deshacer su inversión: se podía
especular con ello y comprar o vender acciones. En la actualidad un cargamento
de petróleo suele cambiar de propietario varias veces desde el puerto de origen
hasta el de su destino. Como se puede apreciar, el “mercado”, aunque haya crecido
mucho, no ha cambiado tanto: se crean unos instrumentos para la inversión que
llevan a la especulación. El proceso tiene que ver con la propia naturaleza
humana, nuestro afán de querer más. Y el dividendo, aunque algunos le sigan
dando importancia, ha perdido valor como argumento para invertir ya que la
volatilidad es tan alta que esa rentabilidad se puede ganar o perder, por la
evolución del precio, en minutos.
Pero sí hay algo nuevo en los mercados desde hace ya
años: la presencia de máquinas decidiendo operativas. Gran parte del volumen de
negociación en Wall Street y en otros mercados del mundo, lo mueven sistemas
HTF (high frecuency trading) utilizando complejos algoritmos que analizan y
deciden en un tiempo de unos 2 o 3 milisegundos. En teoría funcionan usando
pautas estadísticas como hacen muchos en su operativa pero su conocimiento de
los datos, su rapidez y, por qué no decirlo, su ausencia de emociones, les
proporcionan una gran ventaja. Si un humano piensa que una acción debe subir
porque está en un soporte técnico según los gráficos o porque es un periodo del
año estacionalmente alcista, y para tomar esa decisión tarda minutos, un
sistema de trading de alta frecuencia en 0,002 segundos calcula cientos de
acciones y evalúa pautas complejas basadas en datos que, por ejemplo, pueden
ser algo así -es un ejemplo ficticio- como “si el precio de una acción
petrolera toca la media de precio de las 13 últimas sesiones al mismo tiempo
que el precio del petróleo West Texas sube por encima de la desviación standard
de un periodo de tiempo determinado, existe un 73,3% de posibilidades de que
suba en un porcentaje superior al 3,33%”, y rápidamente, según los parámetros
introducidos, opera en los mercados, con la ventaja de ser disciplinado y
cortar las pérdidas con rapidez si la “apuesta” es equivocada.
En Estados Unidos ya ha habido acusaciones penales
contra robos de estos algoritmos, que son valorados en cantidades astronómicas.
Y es que cuando aparecieron y empezaron a usarlos los departamentos de trading
de bancos como Goldman Sachs, sus resultados se dispararon. Aunque no debe ser
fácil replicarlos, o quizás el que se usen más por tantos, ha reducido su
eficacia porque los roboadvisors, gestores de carteras automatizadas que dicen
basarse en el mismo principio (algoritmos para rentabilizar mejor las inversiones
sin el factor humano, más emocional y menos racional) tienen resultados
discretos, para desespero de los clientes que creyeron en ellos como el nuevo
maná. Sin embargo, el avance de la inteligencia artificial es ya un hecho. Hace ya un par de años que una empresa china de videojuegos, NetDragon, nombró
director ejecutivo de su filial Fujian NetDragon Websoft a un "robot
humanoide virtual con inteligencia artificial", y parece que sus
resultados no han sido malos.
La inteligencia artificial está resucitando los
temores, que ya se vieron reflejados en muchas obras de ficción del siglo XX, a
un poderío de las máquinas sobre el ser humano. Es un debate que roza lo
filosófico y excede el tamaño de este artículo pero es cierto que entra de
lleno en una cuestión muy práctica: el mundo laboral. Ya están saliendo
estudios y previsiones sobre qué empleos pueden verse más afectados y,
probablemente la inteligencia artificial esté de acuerdo conmigo, debería
incluso plantearse un radical cambio de los planes de estudio si realmente se
confirman las transformaciones que parece que van a llegar. De momento, y a
pesar de los que alaban nuestra intuición y nuestro conocimiento del contexto como
cualidades que superan a los algoritmos, creo que en los mercados financieros,
al menos en el trading (otra cosa son las decisiones de inversión a más largo
plazo), el tiempo de los humanos se está acabando. Otro tema es hasta qué punto
puede ser peligroso si su operativa se va ampliando a mercados con menor
volumen y descubren lo sencillo que puede ser ganar dinero hundiendo o
hinchando artificialmente un valor bursátil (¿ha pasado ya?), sobre todo si,
más allá de la bolsa, eso pasa con la divisa o la deuda de un país (uno
emergente por ejemplo), al que pueden hundir su economía en muy poco tiempo. Es
decir, si aprenden la peor faceta de los humanos en los mercados financieros.
Gracias por las marcas blancas
Lo que en España conocemos como marca blanca (por el color de los envases de los primeros productos que se vendieron sin marca) nacieron como “marca de distribuidor” en la Alemania de la II Guerra Mundial, buscando la austeridad. Con la crisis inflacionista del petróleo de 1973 esta tendencia se extiende en países como Francia y Estados Unidos. A España llega a 1977 y, según las fuentes, el primero que lanzó productos sin marca destacando sólo el producto que se vendía fue la cooperativa vasca Eroski o el supermercado “low cost” madrileño (y ya desaparecido) Simago. En cualquier caso, se limitaba a productos básicos y, aunque fue copiado por otras grandes cadenas según pasaban las décadas, hasta la crisis de 2008 en una gran parte de la población comprar “marca blanca” tenía muy mala prensa. Recuerdo comentarios maliciosos en foros (donde se debatían estas cosas antes de Twitter) afirmando que los yogures de sabores de marca blanca se hacían con la fruta que rechazaba Danone por ser de mala calidad.
Con la Gran Recesión todo cambió (de no llegar al 25%
de cuota a superar en pocos años el 40%) y dejó de estar mayoritariamente mal
visto comprar marca blanca y en la actualidad, debido a las subidas de precios
tan elevadas, estamos en máximos de consumo de estos bienes. En concreto la
cuota de la “marca blanca” en 2004 era del 22%, en 2008 llegó al 34% y en la actualidad diversas fuentes la colocan por encima del 50%. Es decir, la mitad -o más- de todo lo que compramos es de marca blanca. A esto ha ayudado también que en
estas décadas se ha mejorado la estética -y probablemente la calidad- de estos
productos, incluso traicionando el espíritu inicial y asignando una marca
propia a lo que en teoría no tenía marca. Es el caso de El Bosque Verde de
Mercadona o Silver Crest de Lidl. Aunque primeras marcas han tenido una segunda
marca más barata y, para no devaluar su imagen, les interesaba que su nombre no
apareciera, esto ahora es minoritario.
Las grandes cadenas de distribución llegan a acuerdos,
generalmente con empresas pequeñas, para adquirir sus productos y renombrarlos
con su propia “marca blanca” llegando incluso a ser competencia, porque solo en
algunos casos se adquiere toda la producción. Un ejemplo es Tarradellas, cuyas
pizzas se venden en Mercadona con un envase diferente y un precio inferior al
de la marca barcelonesa, teniendo exactamente el mismo contenido que en otros
supermercados donde Tarradellas vende con su propio formato. ¿Por qué esta
marca hace esto? Por lo mismo que otras muchas, el volumen que compra Mercadona
es tan grande, que es interesante para Tarradellas vender a un menor precio (en
este caso el acuerdo incluye fiambres, patés etc.) a un cliente tan importante
y, por otro lado, el margen que aplica la cadena valenciana entre como lo
adquiere y cómo lo vende al público, también es más bajo.
Y, de hecho, otras empresas con una marca propia lo bastante famosa, también
aceptan lo mismo, es el caso de Antiu Xixona o Cidacos, pero hay muchas más
menos conocidas.
La inflación va a seguir siendo un problema, y más
tras los problemas del campo que están disminuyendo la producción de muchos productos
que encarecerán aún más todo lo que provenga de la agricultura y la ganadería,
incluso si los precios energéticos siguen contenidos. Siendo Mercadona el punto
de venta de alimentación donde más compran los españoles (y el segundo
Carrefour), es importante, y más en tiempos de precios más altos como los
actuales, que los consumidores podamos acceder a productos, incluso de marcas de
gran prestigio, a un precio inferior, y en algunos casos la diferencia es
grande. Yo mismo he podido constatar diferencias importantes en, por ejemplo,
el litro de leche: donde vivo la marca que suministra a la cadena valenciana
vende con su propia marca en otros puntos de venta, de media, un 10% más caro,
y es la misma leche. Ocurre lo mismo en Carrefour, Día etc., por ejemplo el
caso de la leche, yogures y postres Celta que se venden en Aldi renombrados como
Milsani. Por eso a lo absurdo de algunas críticas contra nuestras cadenas de
distribución, que ya hemos comentado alguna vez,
se suma lo injusto que resulta acusar a los supermercados de la inflación como
hizo no hace tanto un economista, famoso por ignorar los datos y buscar
polémicas para que le sigan llamando a esos programas, en televisión.
De hecho, si no existieran las marcas blancas, si no hubiera esos acuerdos (que sólo
pueden hacer las grandes compañías) para adquirir a más bajo coste por mayor
volumen y posteriormente vender el mismo producto con otra etiqueta y menor
precio, la inflación procedente de alimentación (y cosmética, limpieza etc.)
sería bastante más alta de la que es. Es curioso cómo ni siquiera los políticos
más belicosos contra los supermercados, son incapaces de criticar a las
empresas que venden a precios más caros como Nestlé, Danone, Colgate… y se
ceban precisamente contra los que sí que ofrecen a los consumidores una buena
relación calidad/precio. Lo peor es que consiguen que mucha gente haga lo mismo,
equivocando claramente el tiro.
El inversor minoritario español no está bien asesorado
En este país hay muchas cosas que no funcionan como deberían, quizás no tantas como creemos porque los españoles solemos ser demasiado autocríticos, pero hay muchas. Una de ellas creo que clama al cielo y hay que denunciarla, sobre todo porque me da la impresión que muchos no son conscientes de ello. Me refiero a lo mal asesorados que estamos, en general, en el tema de las inversiones. Algo tan importante como la rentabilidad de los madrugones que cada uno realiza para poder tener unos ahorros, es tratado con frivolidad por los que deberían asesorar a los millones de partícipes en los mercados financieros.
Por supuesto el error principal viene de la falta de una educación financiera desde niños, pero eso no debería ser excusa para el bajísimo nivel de los denominados “expertos” y de la absurda complicidad de casi todos los medios que siguen dando altavoz a sus consejos. Más ahora que acabamos de ver publicadas las previsiones para 2026 con los absurdos “precios objetivos” y “rentabilidades por dividendo”, volviendo a dar crédito a los mismos que las hicieron hace un año con un muy evidente mal resultado.
La bolsa puede subir o bajar y nadie conoce el futuro,
eso es evidente. Yo jamás criticaré que alguien diga en un programa de radio
que cree que hay que comprar acciones de tal compañía y que luego bajen. Mala
suerte, a todos nos ha pasado. Pero sí que está mal que cuando esa acción cae y
cae, y entra en una tendencia bajista clara, siga insistiendo en que no
vendamos y las mantengamos, y le vuelvan a invitar a esa misma radio cuando lo
que recomendó ha bajado un 20% y encima insista en que “el potencial de
revalorización es ahora mucho mayor” y por lo tanto hay que “seguir
acumulando”. En realidad, está promoviendo algo que los buenos profesionales
(que para mí son los que viven de lo que hacen en los mercados, sea para sí
mismos o para una entidad financiera, no los que hacen recomendaciones, aunque
sean de un banco de inversión estadounidense famosísimo) siempre desaconsejan:
no hay que doblarse, no hay que empecinarse, no hay que ir contra tendencia. Lo
primero es preservar el capital, y creo que eso es demasiado obvio como para
que nadie lo discuta.
Con razón se dice que si para arreglar los problemas
de tu automóvil debes ir a un mecánico profesional, para gestionar los ahorros,
que como he dicho antes suelen proceder de la suma de muchos madrugones,
también se debe acudir a un asesor experto. Pero tenemos un problema: es
ingenuo esperar que en el banco de cada uno le asesoren con objetividad. Jamás
te dirán, como por ejemplo creo yo es el mejor consejo para este año: “quédate
en liquidez y no inviertas en nada, aunque pierdas poder adquisitivo por la
inflación”. Y no porque quizás no lo crean, es porque van a tratar de vender
sus productos financieros para obtener comisiones; no van a buscar el mayor
beneficio del cliente, sino el de la entidad que le paga el sueldo.
Esto también es muy obvio, y por eso muchos recurren a
los medios de comunicación. Pero éstos también son decepcionantes por dos
motivos: primero, muchos escriben lo que saben que la gente quiere leer y si
bien a las noticias se les da un tono apocalíptico porque el pesimismo vende,
en el tema bursátil siempre intentan dar a entender que si los lectores pierden
dinero en sus inversiones, la culpa es de factores externos; y segundo, como
hacen los programas de radio dedicados a la bolsa, siempre dan altavoz a una
industria financiera y a unos “expertos” que llevan años demostrando su
incompetencia.
Y hay que ser claros: la inversión bursátil es voluntaria. Nadie obliga a nadie a que compre acciones, y si compras y pierdes dinero la responsabilidad es tuya, como lo es cuando ganas. Ya sé que si vas a los foros de las webs especializadas en esa acción en concreto te van a decir que si pierdes la culpa es de los fondos bajistas, o del BCE, o de que los directivos son incompetentes (esto último se repite mucho, pero extrañamente los que lo creen no venden la acción de la empresa que creen que está mal gestionada) … siempre el mantra es achacar las culpas de la mala inversión que hemos hecho, a factores externos. Y los medios suelen ser cómplices de esto porque promueven esa idea, ya que saben que es lo que quieren leer sus lectores.
En cuanto a las
radios, estoy cansado de que lleven a gestores de fondos a aconsejar a los
oyentes sobre inversiones cuando por su profesión siempre están invertidos, es
decir, raramente van a recomendar que nos quedemos en liquidez. Además, si
vemos (recuerdo que internet es gratis y se puede comprobar fácilmente) la
rentabilidad de los fondos que gestiona ese supuesto experto, podemos comprobar
que los partícipes llevan años perdiendo dinero o, al menos, quedando peor que los índices a los que están referenciados. Años, no meses. ¿Por qué los
medios se empeñan en que nos aconsejen gestores que hacen perder dinero a sus
clientes y/o ganar menos que sin su ayuda? La única explicación que se me
ocurre es que no miran por el beneficio de sus oyentes ni de sus lectores, los
llaman porque van gratis.
Asignar probabilidades a un escenario o a otro (que es lo que hacemos los que especulamos/invertimos en los mercados) e invertir en base a ello, es complicado. Y es muy muy importante, más en un contexto de inflación como el actual en el que tener el dinero parado es una pérdida segura de poder adquisitivo, que nuestros ahorros estén bien gestionados. La mayoría de minoritarios en este país llevaban años perdiendo dinero en la bolsa (incluso lo perdían con Wall Street en máximos históricos por el empeño de la industria financiera en invertir en acciones españolas) hasta 2023, los fondos de inversión en general tienen unos resultados decepcionantes, y sólo ganan cuando la tendencia es abrumadoramente alcista como pasó en 2025, y ¡qué decir del desastre de los fondos de pensiones!
El
inversor bursátil español está mal asesorado y mal informado, es una realidad
muy evidente. La responsabilidad de ello está muy repartida, incluida la de él
mismo, y animo a un debate para ver cómo resolver esto porque millones de
hogares españoles invierten y merecen una rentabilidad mayor. Además, cuanto
más ganemos, más pagaremos a Hacienda, así que… nos beneficiamos todos.
La rentabilidad por dividendo NO existe
Soy consciente que incluso en webs financieras prestigiosas se habla de ese término mítico “rentabilidad por dividendo”. Esto demuestra, una vez más, lo desconfiado que debe ser el inversor con medios y supuestos expertos sobre bolsa y la necesidad de formarse para poder tener un criterio propio que le sirva a conseguir una mayor rentabilidad para sus ahorros, en lugar de convertirse en un “paga comisiones” sin asesoramiento objetivo. Si compra usted una acción a 10 euros que reparte un dividendo de 1 euro le mentirán y le dirán que ese valor debe ser comprado porque ofrece una rentabilidad por dividendo del 10%. Pero lo que ocurre es que juegan con la percepción errónea del “dinero en mano” ya que sí, nos pagan ese euro, pero automáticamente el precio de la acción baja en la misma proporción. ¿Cómo puede venderse como rentabilidad añadida algo que es tan sólo un juego de suma cero?
Multimillonarios que nunca venden y fondos de
pensiones que necesitan liquidez periódicamente, suelen sentirse atraídos por
compañías de alto dividendo, pero para el inversor minoritario, el que busca un
plus para sus ahorros y, a ser posible, batir cada año la subida del coste de
la vida, el comprar una acción que dé un dividendo grande, pequeño o ninguno,
no es un factor que aumente la rentabilidad de su inversión. Los dividendos son
una inyección de liquidez, no un beneficio extra. Como ejemplo cualquiera que
haya comprado Santander o Telefónica confiando en ello, ha podido comprobarlo.
El dividendo que se cobra, restada la quinta parte que se queda Hacienda, se
descuenta del precio de la acción automáticamente por lo que no hay ninguna
rentabilidad salvo la impresión de que la hay por recibir un dinero en efectivo
de vez en cuando.
Es cierto que una empresa que reparte dividendos es
una empresa con beneficios, y eso es un buen argumento para un inversor, si
bien hay quien puede discutirlo tras la buena racha del Nasdaq de los últimos
años, índice en el que la mayoría de sus cotizadas no pagan dividendos. Pero
una cosa es decidirse por invertir en un valor por sus resultados financieros y
otra muy distinta engañarse creyendo que por cobrar dividendos periódicamente
van a recibir algún tipo de rentabilidad extra. No es cierto: toda acción que
abona un dividendo, resta en la misma proporción el precio al que cotiza. De
hecho, el propio Ibex descuenta los dividendos, y es por eso que existe el
índice que todos conocemos, y
hay otro que se denomina Total Return que, debido a todos los dividendos
abonados durante todos estos años, es el que ofrece el dato real de retorno de la inversión.
Tampoco es que tenga mucho sentido que, con la actual
volatilidad y con un IPC tan alto que nos come el poder adquisitivo en una
proporción tan grande, se quiera convencer a un posible inversor a que compre
unas acciones que en unas horas pueden subir o bajar un 5%, por un dividendo
que puede proporcionar eso mismo -generalmente menos- anualmente. Pero es que encima es
mentira. Lo preocupante de todo esto no es que haya tanta gente engañada por la
falsedad de la “rentabilidad por dividendo”, es que todo aquel que conoce
mínimamente la bolsa sabe que esto es así, y sin embargo medios y supuestos
expertos siguen con la misma cantinela. Incluso se comercializan fondos que
presumen de ella, ¿Cuántas portadas en prensa salmón española no habré visto
anunciando a bombo y platillo la “lluvia de dividendos” como argumento para
comprar tal o cual acción? Y ¿Cuántos llevan años pillados por haber utilizado
ese falso argumento en sus compras? Incluso hay quien invirtió dando por hecho
un dividendo que luego se suspendió, porque tampoco es algo seguro al 100%. Y
por supuesto hay acciones que han sido muy rentables este siglo como Iberdrola
o Inditex, que además han pagado muy buenos dividendos, pero lo han sido por la
fuerte subida de su cotización, no por los dividendos, que según se abonaban,
eran restados del precio.
En foros especializados de internet se puede comprobar
cómo hay muchísimos accionistas que se consuelan de unas notables pérdidas a
revaluación (comparando el precio de compra con el precio que cotiza hoy) con
el “caramelito” de los dividendos. Lo mismo estoy siendo cruel recordando a los
que tienen acciones desde hace años de Telefónica que, aunque
saben que están perdiendo dinero, se animan con los dividendos, pero yo los
animo a que no se dejen engañar y sumen todo lo que han cobrado, más lo que
conseguirían si vendieran sus acciones hoy y lo comparen con lo que pagaron en
su momento. Incluso ignorando -aunque deberíamos tenerlo en cuenta- comisiones
y costes de mantenimiento (que siguen cobrando la mayoría de bancos y agencias
de valores), podrán comprobar que jamás han obtenido una rentabilidad por el
dividendo, sólo han recibido pagos que, automáticamente, han minusvalorado el
precio del activo que poseen, en la misma proporción.
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