El blog de Droblo
@droblo
Los ricos ya pagan más impuestos hace décadas
Si hay una obsesión presente en todo discurso populista, es la de insistir en que los ricos paguen más impuestos. Lo cierto es que ya lo hacen, y no sólo porque sus ganancias sean mayores (es decir, en volumen), también en porcentaje. Nuestro sistema fiscal tiene figuras impositivas como el IVA o las tasas que no son progresivas pero el IRPF lo es desde siempre.
Aunque hay intentos ya en el siglo XIX, se puede decir que el primer impuesto sobre la renta en España lo sacó adelante en la II República el ministro de Hacienda Jaume Carner. La Ley Carner, conocida como “contribución general de la renta”, entró en vigor a primeros de 1933. Lo cierto es que era un impuesto claramente destinado a los ricos pues existía un mínimo exento anual de 100.000 pesetas, cantidad tan abultada que, en la práctica, sólo 5.000 personas tenían que pagarlo. No tuvo mucho éxito, de hecho apenas 3.000 lo presentaron y, de todas formas, fue olvidado con la Guerra Civil y el franquismo. En este largo periodo existieron varias leyes fiscales pero, en general, los impuestos sobre la renta eran marginales. De hecho, se calcula que en 1957 la presión fiscal era del 9,6% del PIB, nada que ver con el entorno del 40% actual. El impuesto directo más importante era el de los rendimientos del trabajo y, aunque en la reforma de 1964 se desarrolló el impuesto complementario sobre la renta, no aportaba más del 1% de la recaudación total del Estado. Básicamente sólo lo pagaban las gentes del mundo del espectáculo donde las retribuciones eran públicas, puesto que Hacienda no tenía acceso a las informaciones bancarias.
La preocupación por el escaso ingreso tributario en
España a finales del franquismo llevó a que el profesor Enrique Fuentes
Quintana publicara un libro verde de la fiscalidad (1973) cuyo objetivo era
lograr una "mayor justicia distributiva". Básicamente se criticaba
que en España había demasiado impuesto indirecto y poco impuesto a las rentas
personales y a los beneficios empresariales. Es conocida la anécdota de la
visita que Fuentes Quintana hizo junto con el entonces -lo era desde 1969-
ministro de Hacienda, Alberto Monreal, a Franco en 1973 en la que le exponen la
conveniencia de un impuesto sobre la renta y otro sobre el patrimonio. El jefe
del estado les despidió con muy buenas palabras y al día siguiente… cesó a
Monreal de su cargo. No obstante, Fuentes Quintana siguió en sus trece y en
junio de 1975, con Franco aún vivo, en su discurso de ingreso en la Real
Academia de Ciencias Morales y Políticas se atrevió a criticar la fiscalidad
franquista: "La regresividad del sistema tributario español impide que el
impuesto desempeñe su función político-social a favor de una distribución justa
de la carga fiscal y de una distribución más equitativa de la renta".
En 1977, tras la victoria de la UCD de Adolfo Suárez,
Fuentes Quintana es nombrado ministro de economía y vicepresidente segundo. Con
la ayuda de Fernández Ordóñez, ministro de Hacienda (también muy crítico con la fiscalidad, ya
que decía que el impuesto general sobre las personas físicas que existía
entonces no era un impuesto, ni era general, ni era sobre la renta) se ponen a
trabajar en lo que al año siguiente fue el IRPF. Gracias a los Pactos de
la Moncloa,
hubo un amplio consenso político para sacarlo adelante. El primer IRPF de
España contaba con 28 tramos y tipos impositivos que llegaban hasta el 65,5 %.
Era un impuesto que afectaba a todas las personas con ingresos superiores a las
300.000 pesetas. Aunque el IRPF no dejaba de ser una copia de otros modelos
similares típicos en la Europa Occidental desde hacía muchos años, para los
españoles era una novedad, e hizo falta mucha pedagogía (y mucha publicidad)
para animar a los españoles a presentarlo. Nació el eslogan “Hacienda somos
todos”, ampliamente difundido en campañas televisivas protagonizadas por
personajes famosos. como Bárbara Rey. En los primeros años se publicaban
listas con los datos de todas las declaraciones que cualquiera podía
consultar. El secuestro de un empresario, que aparecía como el contribuyente
con más ingresos de España en esas listas, detuvo esta práctica.
En estas más de cuatro décadas ha habido muchos
cambios en el IRPF, especialmente llamativos fueron los cambios prácticos que
introdujo la presidencia de J.M. Aznar, a la postre funcionario de Hacienda e
inspector de finanzas del estado, que simplificó y modernizó la cumplimentación
y presentación anual, que antes de él se rellenaba en páginas con calcos. Ha
habido en estas décadas subidas y bajadas de impuestos pero la tónica general
siempre ha sido la misma: el IRPF es un impuesto progresivo. No sólo paga más
en cantidad quien más gana, también paga más en porcentaje. A esto se suma que
existe un impuesto al patrimonio que sólo pagan quienes poseen más. Por tanto,
el impuesto “a los ricos” ya existe: tanto si es por acumulación como por
ganancias. Según cifras de 2021, un 0,06% de los contribuyentes (aquellos que
ganaron más de 600.000 euros) son responsables del 6,74% de los ingresos. Si
los unimos a los que ganan más de 150 mil euros, apenas 125.000 personas (de 22
millones de contribuyentes) aportaron el 17,15% del total recaudado. Podemos
estar de acuerdo o en desacuerdo con el actual IRPF pero nadie puede poner en
duda que perjudica a los que más ganan. A eso hay que sumar el de patrimonio y,
en general, los impuestos “al lujo”. Por ejemplo, un 1,51% de coches
matriculados -los de más de 60.000 euros- generaron un 13,08% de todo lo
ingresado por impuestos de matriculaciones.
Por supuesto pagar más impuestos no le da a nadie más
derechos, algo que quizás deberían tener en cuenta aquellos que creen que por
ser sus comunidades autónomas más ricas, y por tanto aportar más al estado,
deben tener competencias -e incluso privilegios- que otras no tienen.
Cómo compras Letras del Tesoro desde casa
Es difícil de entender, incluso para mí que he trabajado en la tesorería de un par de bancos, por qué éstos no mejoran la rentabilidad de sus depósitos a plazo fijo. Es ciertamente sencillo, y muy rentable, asegurar un 2% anual, por ejemplo, a los clientes y destinar ese dinero a la compra de letras o bonos con la misma duración, que estos días están ofreciendo bastante más por culpa de la guerra de Irán (los que siguen el Euribor fueorn los primeros en darse cuenta). Se me antojan dos motivos: uno es que prefieren colocar otros productos que les ofrezcan más beneficio y otro es que quizás tienen ya demasiada deuda pública española en sus carteras de inversión y prefieren no acumular más riesgo con un mismo emisor. Ninguno me convence, pero en cualquier caso los clientes tienen la ventaja de saltarse al intermediario y comprar directamente al Tesoro ese papel emitido con la garantía del Reino de España, y así conseguir un plus a sus ahorros prácticamente sin riesgo, y a mejores tipos de los que ofrece la banca.
Por supuesto se puede hacer
también en la entidad financiera de cada uno, pero es más barato del modo en el que yo mismo he hecho, y
paso a explicar aquí para quien esté interesado y no quiere ir físicamente a
una sucursal de Banco de España: lo primero es ir a www.tesoro.es donde vemos una
pestaña que dice “Trámites”, pinchamos ahí y vamos donde pone “compra y venta
de valores”. Una vez aquí, y por si no soy lo bastante claro en este artículo,
se puede ver una “Demostración del Servicio” (incluso hay un video también) o
pasar directamente a “Acceso al Servicio de Compra Venta”. Si optas por este
último, ya estás preparado para identificarte, del mismo modo que lo harías en
la web de Hacienda: DNI electrónico o certificado electrónico o clave
permanente. Esto
es lo primero que tienes que hacer, y aconsejo que se haga antes de la decisión
de invertir o no puesto que es imprescindible abrir una cuenta en Banco de
España. Una
vez se ha accedido, el sistema pregunta si eres o no titular de una cuenta en
Banco de España; dando por hecho que no, vamos a crearla: te pide que
comuniques si la cuenta es individual o conjunta (si eliges esta segunda lo que
compres será a nombre, a partes iguales, de los titulares de esa cuenta) y tus
datos personales (a la hora de proporcionar un mail, tener claro que es donde
llegarán las comunicaciones) incluyendo los datos de la cuenta bancaria (20
caracteres) donde deseas que te ingresen el dinero una vez haya vencido la
operación. Una vez creada, te manda el documento con un código de verificación
informando que has sido registrado en el Servicio de Compra y Venta de Valores
del Tesoro, y que puedes descargar en PDF.
Ahora ya podemos acudir a
las subastas de deuda que se anuncian en la web del Tesoro porque cuando
entramos ya nos dice que somos titulares de una cuenta. El sistema es sencillo:
en el menú de la derecha hay varias opciones y si elegimos comprar, entonces
aparecen las próximas subastas, con dos-tres semanas de anticipación. Podemos elegir entre
letras no competitivas o competitivas. La diferencia es que en el primer caso
asumes que inviertes al tipo que salga en la subasta (es lo que yo aconsejo),
en el segundo tú puedes marcar la rentabilidad que quieres y si no se llega a
ella, no se hace la operación. Es decir, si pedimos un 3% y sale un 2,99%, nos
quedamos fuera.
Una vez validemos los datos,
ya nos informa del activo que hemos elegido (en este ejemplo hablamos de letras
pero podría ser un bono a diez años) y el resto de detalles. Y si estás de
acuerdo con todo, entonces hay que firmar con Autofirma, que es un programa que,
si no se tiene, hay que instalarlo en el ordenador (lo mejor es desde la página
oficial https://firmaelectronica.gob.es/ ) pero no es engorroso
hacerlo. Eso sí, recomiendo instalarlo ANTES de hacer todo esto por si solicita
un reinicio del ordenador para que funcione. Una vez firmado, nos informa de
todo lo realizado hasta ese momento y lo podemos descargar en PDF. Ahí nos va a
proporcionar un dato clave: la cuenta a la que tenemos que enviar el dinero por
trasferencia desde nuestro banco, y nos recuerda lo que debemos poner en el
“Concepto de la Transferencia” y advierten que eso es importante. Basta con hacer un depósito en
esa cuenta que has creado, con dos días de antelación, para poder acudir a la subasta,
aunque yo recomiendo no apurar las fechas. Para comprobar que ya está en
nuestra cuenta de Banco de España, entramos en la web del Tesoro y vamos a
“Posición Integral”, “acceder a nuestra cuenta” y ver si está pendiente o ya
está el dinero. De todos modos, mandan un mail cuando llega.
Yo he elegido letras porque
comprar a más largo plazo no me interesa, además yo lo planteo como una
alternativa a los depósitos bancarios pero una vez la cuenta está abierta, por
supuesto podéis comprar todo lo que el Tesoro público emita, eso es decisión de
cada uno. Todo
esto lo he hecho varias veces, así que puedo hablar con conocimiento. Un apunte más: el
propio Banco de España a pesar de su carácter público -mi banco privado no me
cobra las trasferencias- mete una comisión de 0,15% cuando nos devuelve el
dinero al vencer el plazo… salvo que no lo saques y renueves cuando venza
comprando otro activo emitido por el estado (quizás lo hacen precisamente para
incentivarnos a que hagamos eso).
Un estado del bienestar prestado
Hay quien cree que quien critica el desequilibrio financiero de las cuentas públicas españolas lo que está haciendo es criticar el estado del bienestar del que disfrutamos, y ese desde luego no es mi caso, ni creo que sea el de la mayoría. Existen tres posturas a propósito del estado del bienestar tal y como lo entendemos en Europa occidental: los que no lo quieren mantener porque es muy caro y les parece más justo un modelo más similar al estadounidense donde el estado sólo cumpliría con unos servicios mínimos (posición respetable pero claramente minoritaria), los que creen que está bien como está, y que incluso aún debería ser mejor aunque eso implique endeudar más al estado y/o subir más los impuestos, y los que pensamos que tiene mucho valor tenerlo y que precisamente por eso, hay que hacerlo financieramente sostenible, aunque eso suponga recortar algunos de sus excesos.
Si el sistema democrático tiene un problema es que los
votantes se ven seducidos no por la realidad sino por los deseos, de este modo
es muy complicado que alguien que en campaña use las matemáticas más
elementales gane las elecciones, mientras que quien promete más gasto, aunque
no diga cómo conseguirá los ingresos para justificarlos, suele obtener más
apoyos. Esto también se debe a un sistema educativo defectuoso que hace que la
población, en su inmensa mayoría, no sepa ni siquiera algo tan básico como que
los gobiernos no tienen nada, tan sólo gestionan a quién quitar y a quien dar,
pero los dineros no son suyos sino de la población, tanto de la actual como de
la futura (ya que sistemáticamente se endeudan, que no es más que traer dinero
del futuro al presente abusando de la credibilidad del país). Esto, que es muy
básico pero que por desgracia hay que repetirlo constantemente, lleva a que una
y otra vez nuestros políticos, sean del partido que sean, nos mientan en
campaña, en mayor o menor medida. Decir la verdad en una sociedad como la
española, y en general en todas las naciones, es un suicidio político.
Y la verdad es que un sistema económico mundial basado
en gastar más de lo que se ingresa tirando de más y más deuda es
matemáticamente insostenible, por eso está teniendo consecuencias indeseadas,
incluso cuando no se ha llegado al peor escenario que sería el impago y la
pérdida de confianza en el dinero emitido por los bancos centrales, sucesos que
sí han sucedido puntualmente en algunos países concretos. BCE ha actuado
irresponsablemente durante años y la UE también al ayudar, uno a que los
gobiernos pudieran endeudarse barato y en enormes cantidades y segundo, saltándose los límites que se establecieron para que el Euro fuera creíble y no
ocurrieran las devaluaciones del pasado que vivieron monedas como la peseta o
la lira. Gracias a que España está en el Euro y gracias al BCE, podemos tener
el descuadre de cuentas (nosotros y otros países) que tenemos, con una divisa
estable y con la prima de riesgo muy contenida. Pero esta bonanza artificial
peligra porque se vuelve a poner sobre la
mesa la necesidad de cumplir las normas a todos los miembros de la Eurozona.
Como suele ocurrir, si una mayoría de países tiene
problemas económicos (en la UE la situación es de estanflación: bajo
crecimiento y alta inflación) y una mayoría de gobiernos necesita mantener su
política de desfases presupuestarios para poder ganar elecciones, la manga
ancha continuará… siempre y cuando Alemania esté entre ellos. Parece que es el
caso, y por eso aparentemente nadie se está tomando en serio aún la necesidad
de reducir el déficit presupuestario (que deje de gastarse mucho más de lo que
se ingresa, lo que se traduciría en menos deuda que además debe colocarse a
tipos mucho más altos que en la última década) pero eso en cualquier momento
cambiará y son los mercados financieros, como ya pasó en la crisis de deuda de
la Eurozona iniciada en 2010, los que discriminarán entre emisores más y menos
fiables. Y ahí nuestro país tendría un grave problema porque nuestro estado del
bienestar no se puede financiar sin aumentar la deuda ya que la Seguridad
Social está, y estará, en déficit.
El enorme gasto creciente en pensiones es
quizás el desbarajuste más obvio ya que es el mayor desembolso de los PGE y es
evidente su descuadre debido a que cada vez hay más pensionistas y cada vez
ganan más en relación a lo que cobran aquellos que con sus cotizaciones deben
financiarlo: los trabajadores. La situación es tan grave que en 10 provincias el
gasto en pensiones es el doble que las cotizaciones. No es el único factor que
hace que las cuentas estén desequilibradas pero es el más importante. Hay
mentirosos profesionales afirmando que esto es sostenible cuando no lo es. Y
para serlo habrá que recortar gastos porque no hay de dónde obtener más
ingresos, porque ni con la recaudación en máximos como está, consigue el
gobierno ajustar las cifras. Un político no puede hablar de recortes aunque
está claro que cuanto más tarden más graves serán. Lo más curioso es que a la
vez que nos venden una versión ultra optimista, nos dicen que el cambio del clima va a
empeorarlo todo, que ni el avión podremos coger, ¿cómo entonces va a crecer la
economía, vamos a encontrar empleo para nuestros millones de parados y recursos
para nuestro estado del bienestar si el planeta se va, según el actual discurso
del miedo, literalmente al carajo?
Crash bursátiles y preocupación política
Esta década se cumplirá el centenario del famoso crash bursátil de 1929 que se considera empezó la mayor depresión económica de la era moderna y el mayor ciclo bajista de Wall Street tras muchos años de euforia. Para que nos hagamos una idea de esto último, en 1929 hubo 45 cierres en máximos históricos (parecen muchos pero el récord ocurrió en 1995 con 77, y en los últimos años en 2017 hubo 62 y en 2021, 70) y no volvió a haber un nuevo máximo de Wall Street… hasta 1954. ¿Se imaginan que hasta 2051 no volvamos a ver los máximos de Wall Street de este año? Es decir, que aunque sigue habiendo mucha gente empeñada en que a largo la bolsa siempre sube, lo cierto es que el que compró en los altos de 1929 tardó 25 años en recuperar su inversión… si invirtió en el índice, porque es muy posible que lo hiciera en alguna de las muchas compañías que quebraron en aquel ciclo, y por tanto perdiera todo su dinero.
Por suerte para los
norteamericanos, solo había 1.5 millones de personas invertidas en acciones en
1929 o un poco más del 1% de la población del país. De hecho, lo de que la
gente se tiraba por las ventanas porque se desplomaba el Dow Jones es una
falsedad, un bulo.
Por lo visto todo empezó porque ante la visión de un corro de gente en Wall
Street, que no estaba para nada mirando un cadáver, el humorista Will Rogers
bromeó diciendo que «había que hacer cola para conseguir una ventana por
la que tirarse». El chiste lo continuó Eddie Cantor, otro comediante, afirmando
que los recepcionistas de hotel preguntaban a los clientes si querían la
habitación «para dormir o para tirarse». Vamos, que el tema de las fake
news no es nuevo, aunque es de suponer que ninguno de los dos tenía la mala
intención de crear un falso mito que se sigue repitiendo décadas después, y que
de hecho se sigue leyendo como si fuera cierto en artículos periodísticos
actuales. Y esto pasa incluso cuando se sabe, por cifras oficiales del jefe de
los médicos forenses de Nueva York, que hubo menos suicidios en la ciudad el
mes después del crash bursátil que los que había habido el año anterior en el
mismo periodo.
En realidad, cuando la gente empezó a pasarlo
realmente mal no fue por la bolsa, la tragedia no comenzó hasta que no quebraron bancos. Por eso la caída de Lehman Brothers en 2008 sirvió para recordárselo a
los que lo desconocían o habían olvidado ese hecho, y alertó a gobiernos y
autoridades financieras que se conjuraron en que no volviera a pasar algo así.
Pero eso no pasó entonces, lo que agravó mucho la depresión de 1929, al igual
que la falta de colchones de seguridad y políticas sociales que pudieran mitigar
la crisis. Por otra parte, para el gran público no es lo mismo
un banco de inversión, por muy grande que fuera, que las cinco mil entidades
financieras que cerraron sus puertas aquellos años.
Más allá de la Historia por
todos conocida, a mí me llama la atención que, al contrario de lo que ocurre
hoy donde todo el mundo habla de burbuja, en octubre de 1929 pocos tenían miedo
a un estallido, ni siquiera a un parón económico, mucho menos a una recesión tan grave. Hizo falta un crash
bursátil para que la gente comprendiera la ficción en la que habían vivido la
mayor parte de los “felices 20”. Si algo que apenas era importante para el 1%
de los estadounidenses provocó lo que provocó, ahora que el porcentaje de
adultos invertido supera el 50%, es fácil imaginar lo vital que puede ser para
las autoridades políticas y económicas estadounidenses la estabilidad bursátil.
Por
eso mi creencia en que los bancos centrales, y en concreto la Fed, por mucho
que tengan que luchar contra la inflación, siempre estarán dispuestos a ayudar a los mercados de valores. Y con eso cuentan los grandes inversores.
En España no hay datos fiables
de cuántos españoles invierten en bolsa, sea directamente o a través de fondos, pero hay encuestas que pueden darnos pistas e indican
que de los casi 20
millones de hogares que hay en España, al menos en un tercio hay accionistas. La
diferencia entre España y los Estados Unidos es tan grande, aparte de por tradición inversora, por
los seguros privados, mucho más habituales allí y, sobre todo, por los planes
de pensiones. Mientras en España tenemos una pensión pública principal, allí
–como ocurre en muchos países- las pensiones tienen esquemas de participación
privada y empresarial (a favor de los empleados) que, para vencer a la
inflación, suelen invertir en bolsa durante la vida laboral del que luego será
pensionista. Esto hace que no sólo haya muchos más estadounidenses accionistas, también que el interés porque la bolsa
suba sea mucho más importante que aquí, donde muchos invierten, pero no se
juegan el cobro de la pensión.
En resumen, que, aunque en
España menos, hay un interés político y económico muy claro en conseguir que la
bolsa suba y no creo sea casualidad que el país más envejecido del planeta
–Japón- sea el que más ha presionado a su banco central para comprar acciones y
así mejorar la rentabilidad de los japoneses en un mundo de intereses
tan bajos en la renta fija. También es un tema del que se habló en Europa: si ya se ha cruzado la línea de comprar deuda pública
y deuda privada, ¿por qué no en renta variable? El SNB (banco central suizo), otro de los que
durante años mantuvo los tipos negativos, también tiene en cartera una gran
cantidad de acciones, la mayoría de Wall Street.
Para mí las cotizaciones actuales no reflejan la realidad económica sino el exceso de liquidez y un optimismo casi infantil. El dolor para los inversores si viene un crash bursátil será enorme tras tanto optimismo pre-guerra en Irán. Y sí, seguro que las autoridades financieras y políticas intentarán mitigarlo pero... confiar ciegamente en ello puede ser un error. Aunque escasos, ha habido años muy negativos en la bolsa. No olvidemos que la máxima siempre debe ser preservar el capital.
La polémica del reparto de los beneficios empresariales
Tengo un amigo que hace unos años usó la indemnización por despido para montar una empresa y lo perdió todo. Tiempo después despidieron a su esposa y montaron otra con el finiquito y volvieron a fracasar, y encima acumularon deudas. Yo mismo he intentado tener negocios un par de veces y tampoco resultó, y suerte que perdí muy poco. Son historias bastante comunes, en España dicen las estadísticas que el 50% de todas las empresas no llegan al octavo año de vida y tan sólo 2 de cada tres llegan al quinto. Pocos son conscientes que eso quiere decir que si 3 personas montan una empresa hoy, uno la cerrará antes de 2030. Y lo peor es que es muy probable que en ese intento haya acumulado deudas. Por otra parte, hay muchas empresas sin actividad (en España se calcula que un millón y medio) por lo que la estadística aún sería peor en cuanto a resultados monetarios.
Y es que
crear una empresa, más allá de la idoneidad de la idea o del talento del
emprendedor, es complicado: trámites burocráticos, necesidad de financiación,
imprevisibilidad del consumidor del que nunca se sabe si responderá o no al
producto o a los servicios que ofrece el nuevo negocio… Pero supongamos que
tenemos éxito y estamos en ese 50% que tras ocho años lo tiene y obtiene
buenos resultados. Lo normal es que los primeros beneficios se dediquen bien a
reinvertirlos en infraestructuras de la propia empresa, bien a devolver la
liquidez que recibió al empezar (sea de créditos bancarios o prestado por
familiares y/o socios) con lo que aparte de asignarse un buen sueldo, el
emprendedor que triunfa no suele “forrarse” y además sufrirá rechazo social. Y
esto es muy injusto porque alguien que consigue vencer contra unas
posibilidades en contra tan altas, y con un triunfo que repercute en más gente
(sus empleados y sus inversores), tiene derecho a ganar por ello. Y la sociedad
debería valorar la figura del empresario porque él es el creador de empleo por
antonomasia.
Supongamos
que ese emprendedor que ha conseguido sobrevivir tras los primeros años quiere
crecer y para ello no le basta con reinvertir beneficios, entonces se plantea
buscar socios capitalistas que aporten capital con el que financiar su
expansión y, de paso, crear más empleos y pagar más impuestos, generando un
efecto positivo para toda la sociedad, más allá del producto que venda. Su
empresa cada vez es menos suya si incluye más socios, tiene que dividir los
beneficios con ellos y, si consigue salir a bolsa, podría ser que ese reparto incluya
a miles de personas. Los casos de grandes empresas con el fundador como gran
accionista de referencia no son demasiados (tenemos por ejemplo el caso de J. Roig
y Mercadona) y aún más escasos tras una salida a bolsa (Inditex y A. Ortega son
la excepción en un Ibex en el que las grandes compañías suelen tener a bancos y
fondos de inversión como principales dueños y el resto de propietarios muy
repartidos) por lo que el caso más habitual es el de un consejo de
administración, elegido por los accionistas (en la práctica sólo por los más
grandes) con unos ejecutivos que dirigen la compañía para dar el mayor
beneficio posible a los dueños, a los que han puesto dinero. Últimamente las
críticas vienen porque se cree que los trabajadores deberían verse más
beneficiados que los inversores en los años buenos.
En un mundo
ideal lo mejor sería que si una gran empresa tiene altos beneficios, al igual
que hace con los accionistas, reparta algo entre los trabajadores. No digo
subir salarios porque puede que al siguiente año las cosas no vayan bien y
bajarlos es más complicado pero ¿por qué no un bonus? Personalmente creo que
está bien que en un año de grandes beneficios también se reparta algo entre los
trabajadores ya que el empleado -en general- ha influido más en el resultado
operativo que el inversor (Mercadona lo hace cada año) pero no es tan fácil. Lo primero es que tendrían que
estar de acuerdo los dueños en ganar menos, y eso puede ser sencillo cuando el
dueño es uno o unos pocos pero no cuando son cientos de miles como suele pasar
en las cotizadas, ¿O es que los millones de españoles accionistas de BBVA,
Caixabank, Santander etc. estarían de acuerdo en reducir su dividendo para
destinar parte de su beneficio –obtenido tras asumir el riesgo de invertir en
dichas compañías- en aumentar las retribuciones de los trabajadores de esos
bancos? Tampoco olvidemos que, salvo excepciones como una gran herencia, el
dinero de los accionistas también procede originariamente de un trabajo que
generó esos ahorros.
Por último,
el del trabajador y el del inversor son riesgos distintos. De hecho, los
ejercicios que hay pérdidas los dividendos se volatilizan y el precio de la acción
suele caer, y eso muy raramente implica que se bajen sueldos. No parece
sencillo convencer a, por ejemplo, un accionista que invirtió en Telefónica hace 25 años y cuya acción acumula una caída importante desde
entonces (pero que consigue medio solventar las pérdidas gracias al cobro de
dividendos –de los que parte se lleva Hacienda, por supuesto-), que debe
recortarlo tras unos buenos resultados para compartirlo con alguien que, sin
arriesgar capital, ya lleva esos mismos 25 años cobrando un salario cada mes.
El populismo lo aguanta todo pero nada es tan simple como parece.
No politicemos la evolución del Ibex
A veces las emociones nos llevan a expresiones que no hemos meditado lo suficiente, y estos días en los que el ambiente político está tan tenso, son muy proclives a que esto pase, especialmente en redes sociales. Esto lleva a que entre los detractores de Sánchez se hable con extremo pesimismo de la economía española, incluso como con deseo de que vaya mal para que los que aún le apoyan abran al fin los ojos; y del otro lado, los hay que incluso establecen una relación entre el buen comportamiento del Ibex los últimos años y el que repitamos presidente una vez más. Pero mientras que lo primero, aunque no lo comparto, tenga una base cierta (el PSOE sólo ha perdido el poder tras una muy mala situación económica, si exceptuamos 2004 en el que intervino el 11-M), lo segundo no tiene sentido ya que es absurdo politizar la evolución de nuestro índice bursátil.
A mí me gustaría que Sánchez y el PSOE dejaran de gobernar porque la inmensa mayoría del pueblo español dé la espalda a alguien sin palabra y a un partido con una ética tan deteriorada que le parece bien comprar los votos de alguien arreglando sus problemas con la ley para así retener el poder, así como aumentando la desigualdad territorial, pero no deseo una crisis económica para nuestro país, que bastante mal lo está pasando con la continuada pérdida de poder adquisitivo y las hipotecas que estamos asumiendo por culpa del aumento del volumen de la deuda pública. En cuanto a los que vinculan a la bolsa con el color ideológico del gobierno de turno, me parece que no conocen la historia ni cómo funcionan los índices bursátiles. Trump presumía que con él subía mucho Wall Street, llegó la pandemia y cayó a plomo, luego recuperó… y siguió subiendo con Biden, y ahora sube con Trump II, y casi todo se debe a unos pocos valores, casi todos tecnológicos, que ganan su dinero en todo el mundo y, mientras no varíe lo sustancial del sistema estadounidense, subirán y bajarán en bolsa gobiernen demócratas o republicanos. Y en cuanto a la bolsa española, la situación es muy similar. Ni siquiera los escándalos de corrupción política nacional lo han afectado.
Nuestro índice subió muchísimo a finales del siglo pasado: empezó cotizando el 14 de enero de 1992 con un valor inicial de 2.693,17 puntos y en marzo del 2000 casi toca los 13.000 puntos. Además pagando buenos dividendos que se descuentan del precio (con lo que en realidad su rentabilidad es mayor). Eso sí, ese Ibex se parece muy poco al actual, de hecho en febrero del 2000 la desaparecida Terra había llegado a superar en capitalización bursátil a Repsol, BBVA y Santander; por eso, aunque se llame igual, es poco exacto comparar nuestro índice según pasan los años y cambian sus miembros. En cualquier caso, tras el pinchazo de la burbuja “.com” siguió bajando hasta cotizar por debajo de los 6.000 puntos en el verano de 2002 y ahí cambió de tendencia y llegó hasta los 16.000 de finales de 2007. Otra nueva crisis lo llevó a por debajo de 7.000 puntos en 2009, nivel que perdió de nuevo con los problemas de la deuda soberana en 2012 y en 2020 con la pandemia. En 2023 recuperó los niveles nominales prepandemia (máximos históricos reales si tenemos en cuenta dividendos) y la tendencia alcista es muy clara desde otoño de 2022, siendo espectacular (casi un 50% de subida) su comportamiento en 2025 y marcando nuevos máximos en 2026 por encima de los 18.500 puntos.
¿Tiene algo que ver la política con que estos años el Ibex suba? Evidentemente no, la bolsa española llevaba muchos años comportándose mucho peor que la mayoría de índices bursátiles de las economías desarrolladas debido a su composición: ausencia de tecnológicas, que son las que más habían subido desde hace más de una década y demasiado peso del sector bancario, que, hasta el cambio de política de tipos de interés del BCE, irritaban a sus accionistas por su mal comportamiento. Es precisamente esto último lo que ha llevado a que la bolsa española esté destacando pero aun así, incluso teniendo en cuenta dividendos cobrados, el Ibex se comporta peor que los demás grandes índices, europeos y estadounidenses en lo que llevamos de siglo. No descarto que la política económica de nuestros gobernantes (de uno y otro signo) pueda haber influido en esto pero si miramos los valores con mayor peso en el Ibex podemos ver que en el corto plazo es absurdo pensarlo.
Inditex, Santander e Iberdrola con los principales miembros de nuestro índice, con BBVA haciendo de cuarto en discordia. Si nos fijamos, en la mayoría los beneficios tienen muy poco que ver con quién gobierne en España. No es la economía española, son multinacionales, y dos de ellas, sin hacer nada especial, han mejorado enormemente (como todos los bancos) su rentabilidad bursátil gracias al BCE. Y si tenemos en cuenta que ha sido Sánchez el que ha restado ingresos a Iberdrola, Santander, BBVA, CaixaBank, Repsol etc. con impuestos extraordinarios, si queremos hacer una lectura política, tendría hasta más sentido pensar que con Feijoo el Ibex cotizaría más alto aún. Aunque creo que es un ejercicio fútil e innecesario ya que está más que demostrado que los resultados electorales no cambian tendencias, sólo influyen en el muy corto plazo, y sólo cuando suponen una sorpresa. De hecho, estos días estamos viendo cómo nuestro índice se mueve... a golpe de bombas en Irán, nada que ver con las urnas en España.
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Este es un artículo tan largo que he preferido publicarlo en mi blog antes que en cualquier medio, si bien una versión resumida (sólo con ...
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Soy consciente que incluso en webs financieras prestigiosas se habla de ese término mítico “rentabilidad por dividendo”. Esto demuestra, una...




