El experimento Milgram

En 1961 Adolf Eichmann fue juzgado y sentenciado a muerte en Jerusalén por sus crímenes contra la humanidad durante el nazismo. Era responsable de logística en el transporte de judíos a campos de concentración y participó de algún modo en el Holocausto. Su defensa fue que él estaba cumpliendo órdenes superiores, que él no sólo no era antisemita, además tenía familiares judíos.
El psicólogo de la universidad de Yale, Stanley Milgram, famoso también por haber participado en la también polémica “Teoría de los 6 grados de separación”, se preguntó si eran posibles los argumentos de la defensa del criminal nazi. Para ello elaboró diversos estudios, siendo éste el más famoso:
A través de anuncios en un periódico se reclamaban voluntarios para participar en un ensayo relativo al “estudio de la memoria y el aprendizaje”, por lo que se les pagaba 4$ más dietas. A los voluntarios que se presentaron se les ocultó que en realidad iban a participar en una investigación sobre la obediencia. Los participantes eran personas de entre 20 y 50 años de edad y de todo tipo de educación.
El experimento requiere tres personas: El experimentador (el investigador de la universidad), el “maestro” (el voluntario que leyó el anuncio en el periódico) y el “alumno” (un cómplice del experimentador que se hace pasar por otro participante en el experimento). El experimentador le explica al participante que tiene que hacer de maestro, y tiene que castigar con descargas eléctricas al alumno cada vez que falle una pregunta.
Separado por un módulo de vidrio del “maestro”, el “alumno” se sienta en una especie de silla eléctrica y se le ata para “impedir un movimiento excesivo”. Se le colocan electrodos en su cuerpo y se señala que las descargas pueden llegar a ser extremadamente dolorosas pero que no provocarán daños irreversibles.
Se comienza dando tanto al “maestro” como al “alumno” una descarga real de 45 voltios a fin de que el “maestro” compruebe el dolor del castigo y la sensación desagradable que recibirá su “alumno”. Seguidamente el investigador, sentado en el mismo módulo en el que se encuentra el “maestro”, proporciona unos cuestionarios que debe responder correctamente el “alumno”. Si la respuesta es errónea, el “alumno” recibirá del “maestro” una primera descarga de 15 voltios que irá aumentando en intensidad hasta los 30 niveles de descarga existentes, es decir, 450 voltios. Si es correcta, se pasará a la palabra siguiente.
El “maestro” cree que está dando descargas al “alumno” cuando en realidad todo es una simulación: El “alumno” finge sentir dolor. Así, a medida que el nivel de descarga aumenta, el “alumno” comienza a golpear en el vidrio que lo separa del “maestro” y se queja de su condición de enfermo del corazón, luego aullará de dolor, pedirá el fin del experimento, y finalmente, al alcanzarse los 270 voltios, gritará de agonía. Si el nivel de supuesto dolor alcanza los 300 voltios, el “alumno” dejará de responder a las preguntas y fingirá estertores previos al coma.
Por lo general, cuando los “maestros” alcanzaban los 75 voltios, se ponían nerviosos ante las quejas de dolor de sus “alumnos” y deseaban parar el experimento, pero la férrea autoridad del investigador les hacía continuar. Al llegar a los 135 voltios, muchos de los “maestros” se detenían y se preguntaban el propósito del experimento. Cierto número continuaba asegurando que ellos no se hacían responsables de las posibles consecuencias. Algunos participantes incluso comenzaban a reír nerviosos al oír los gritos de dolor provenientes de su “alumno”.
Si el “maestro” expresaba al investigador su deseo de no continuar, éste le indicaba imperativamente y según el grado:
  • Continúe, por favor.
  • El experimento requiere que usted continúe.
  • Es absolutamente esencial que usted continúe.
  • Usted no tiene opción alguna. Debe continuar.
Si después de esta última frase el “maestro” se negaba a continuar, se paraba el experimento. Si no, se detenía después de que hubiera administrado el máximo de 450 voltios tres veces seguidas.
Antes de llevar a cabo el experimento, el equipo de Milgram estimó cuáles podían ser los resultados en función de encuestas hechas a estudiantes, adultos de clase media y psicólogos. Consideraron que el promedio de descarga se situaría en 130 voltios con una obediencia al investigador cercana al 0%. Todos ellos creyeron unánimemente que solamente algunos sádicos aplicarían el voltaje máximo.
Sin embargo, resumiendo mucho (pues el experimento da para muchas conclusiones),  se comprobó que el 65% de los sujetos que participaron como “maestros” en el experimento administraron el voltaje límite de 450 a sus “alumnos”, aunque a muchos les colocase el hacerlo en una situación absolutamente incómoda. Ningún participante paró en el nivel de 300 voltios, límite en el que el alumno dejaba de dar señales de vida.
Ninguno de los participantes que se negaron a administrar las descargas eléctricas finales solicitaron que terminara el experimento (que se dejaran de realizar ese tipo de sesiones) ni acudieron al otro cuarto a revisar el estado de salud de la víctima sin antes solicitar permiso para ello.
En 1999, Thomas Blass, profesor de la universidad de Maryland publicó un análisis de todos los experimentos de este tipo realizados hasta entonces y concluyó que el porcentaje de participantes que aplicaban voltajes notables se situaba entre el 61% y el 66% sin importar el año de realización ni la localización de los estudios.
Una de las conclusiones de esto es muy dura pero a la vez muy obvia: Una mayoría de seres humanos obedece a otro que considera superior antes que plantearse lo que está haciendo ni por qué lo está haciendo. Personalmente, no entiendo el desconcierto que sufrió Milgran al ver los resultados, es algo que ha pasado en los ejércitos toda la vida cuando ha habido guerras: colocar la obediencia al superior por encima de la piedad hacia otro ser humano. Y que desde luego explica la excusa utilizada por los alemanes que apoyaron a Hitler o los soviéticos que apoyaron a Stalin: ¿Dónde está la frontera entre la culpa por obedecer y la responsabilidad individual? Tema demasiado espeso pero que desde luego da que pensar.
¿Y qué tiene que ver todo esto con la economía? Fácil, ¿Quién ostenta la autoridad en este planeta? O dicho de otro modo, ¿quién percibe el ciudadano que es el que manda en por ejemplo España? El gobierno estatal, el presidente autonómico, el alcalde…ellos son la autoridad y su mensaje era muy claro antes de la crisis (y en la actualidad no ha variado tanto): “consumid, aunque tengáis que endeudaros, para generar más ingresos” No sólo nunca se fomentó el ahorro ni la prudencia, no sólo jamás se pensó en educar al pueblo con nociones básicas de buena administración de los ingresos y los gastos, es que se fomentó desde todas las administraciones lo que ha originado esta debacle: consumo desmesurado y endeudamiento, pues se promovía el negocio inmobiliario sabiendo que sólo unos pocos no necesitaban hipotecas para pagar. Si ellos mandan y ellos hinchan y fomentan las burbujas, sólo un pequeño porcentaje de la población puede sustraerse a esa obediencia -que además apela a sentidos muy arraigados en el ser humano como por ejemplo el imaginarnos siempre un futuro mejor-, a esa fe ciega en que el que manda hace lo que hace porque sabe más que nosotros.
Tremendo error, puesto que nuestros gobernantes lo que han demostrado es que miran más por el corto plazo incluso que nosotros. Pero desde luego, Milgram nos ha dado la excusa perfecta para echar las culpas a otro. ¿A ti te sirve?
PD – Como curiosidad, hay que decir que muchos han criticado los métodos de dicho estudio por “inmorales” pero el 84% de participantes dijeron a posteriori que estaban “contentos” o “muy contentos” de haber participado en el estudio.

Las limitaciones del PIB

El Producto Interior Bruto es un indicador que pretende valorar el tamaño de una economía y que ha tenido tanto éxito porque es bastante fácil de calcular, teniendo todos los datos, con una sencilla fórmula que implica tan sólo sumas y restas, ya que es igual al Consumo (de consumidores y empresas) + la Inversión + el Gasto del Gobierno + las Exportaciones netas (exportaciones menos importaciones, si se importa más de lo que se exporta entonces este resultado resta en lugar de sumar). Generalmente, el volumen total del PIB no es lo más importante, sino sus subidas y bajadas, que son traducidas como épocas de expansión y contracción.

Se considera que el "inventor" del PIB fue Simon Kuznets (1901-1985), que nació en lo que hoy es Bielorrusia (entonces parte del Imperio Ruso) y murió en su patria de adopción, Estados Unidos, donde vivió desde 1922 y desarrolló toda su carrera profesional. Creador del sistema estadounidense unificado de contabilidad nacional, fue galardonado con el Nóbel de Economía en 1971 por sus estudios sobre el crecimiento económico, que estaba convencido era el mejor método para reducir la desigualdad.

Él presentó la idea del PIB en un artículo de 1937, aunque incluso él era crítico con su "descubrimiento" y en 1962 en una declaración en el Congreso afirmó: "Hay que tener en cuenta las diferencias entre cantidad y calidad del crecimiento, entre sus costes y sus beneficios y entre el plazo corto y el largo". Puede que tenga que ver con el que popularizó, a partir de la Segunda Guerra Mundial, el PIB como medida habitual para medir las economías de los países: John Maynard Keynes. Está considerado como el "fundador" de la macroeconomía y fue el que incluyó el gasto público como parte del PIB, aunque Simon Kuznets pensaba que el gasto público era un bien intermedio, como el petróleo que genera energía.

No voy a entrar en farragosas discusiones sobe macroeconomía y, sinceramente, no sé quién tiene razón. Lo que sí sé es que, mirando cómo se calcula el PIB, éste mide sobre todo el gasto, algo que puede mantenerse artificialmente gracias a la deuda que no aparece reflejada por ninguna parte.

De este modo muchos gobiernos pueden presumir de crecimiento de PIB simplemente porque han disparado su gasto público (sea con inversiones o con subvenciones que han propiciado un aumento del consumo) gastando más de lo que ingresa (lo que conocemos como déficit presupuestario). Para cubrir el desfase emite deuda que retrasará el crecimiento futuro puesto que esa deuda más sus intereses restarán antes o después. Pero a la mayoría de los gobiernos, como se ha podido comprobar los últimos años, eso les importa menos que ganar elecciones. Así pues, el PIB se hincha, la deuda sigue creciendo en volumen pero, como lleva pasando desde finales de 2020 por ejemplo en España, la ratio deuda/PIB puede bajar, ya que crece más el PIB que la deuda. Y nuestro gobierno, y otros, sacan pecho con esto. No obstante, como los tipos de interés son más altos, una vez venza la deuda emitida con bajo coste y sea renovada con la nueva a tipos superiores, los intereses de tanto volumen de deuda dispararán ese gasto y aunque la ratio deuda/PIB pueda seguir bajando un par o tres de años más, la perspectiva de largo plazo es muy problemática 

Hay muchos críticos con el PIB por motivos muy diferentes, hay quien cree que es más importante medir la productividad, la igualdad e incluso hay quien defiende una suerte de "PIB de la felicidad", hasta se habla de un 'PIB verde". Mi opinión es que el problema no está en el PIB, como tampoco lo está en el IPC, sino en la falta de cultura general que lleva a que los políticos puedan hablar de estas variables con medias verdades, e incluso mentiras, y que el gran público las tome como ciertas. 

Debemos más dinero que nunca. Ni siquiera la bajada de la ratio deuda/PIB puede esconder eso, y lo cierto es que la perspectiva es muy negativa puesto que ni con crecimiento económico y récord de recaudación fiscal, se reduce el volumen de deuda, y cada subasta que sale es mucho más cara que la anterior, encareciéndose el renovar la que vence. Ya que, y eso es algo que tampoco se publicita nunca, los estados raramente pagan las deudas, simplemente las refinancian emitiendo nueva.

La paradoja del empleo: el caso Amazon

Los resultados del gigante del comercio electrónico Amazon no pueden ser más espectaculares, y por ello es una de las estrellas bursátiles de todos los tiempos. No obstante, en octubre del año pasado anunció miles de despidos a escala mundial y que en concreto en España prescindiría de unos 1.200 empleos de sus oficinas de Madrid y Barcelona. ¿Parece un contrasentido? Lo cierto es que Amazon en España está entre los 10 empleadores privados más grandes y desde 2018 a 2023 creó 20.000 empleos fijos en nuestro país. También es cierto que, a pesar de sus extraordinarios números, no se duerme en los laureles y no deja de aumentar inversiones. Por ejemplo, unas semanas antes de ese anuncio, informó de una inversión de hasta 50.000 millones de dólares en capacidad de computación e IA. Es decir, no es una compañía que reduzca gastos (en este caso en forma de empleos) porque tenga pérdidas pero sí es una empresa que utiliza sus beneficios para generar más crecimiento.

Y al final las inversiones crean empleo. De hecho, la paradoja que podemos ver en el caso de Amazon en España es que esta gran tecnológica puede que arroje un saldo negativo de trabajadores en 2025 pero dudo mucho que indirectamente no esté creando una cantidad similar. Y es que, a pesar de lo que digan algunas políticas indocumentadas, Amazon ha conseguido que cientos de pymes aumenten su facturación allí donde se ha establecido, tiendas que seguro han aumentado sus contrataciones, más allá de las empresas subsidiarias al negocio al por menor de Amazon, que también. La plataforma de comercio electrónico ha colocado en el mapa a muchos establecimientos que no tenían acceso al gran mercado que ahora tienen, y es por eso que el saldo positivo de Amazon en España es enorme, y probablemente superior de forma indirecta que directa.

En cualquier caso, surge la duda de si la reducción de empleo se debe a la IA, y seguramente ese sea el motivo, ya que está pasando en otras muchas tecnológicas. Pero eso lo único que demuestra es que hay un cambio y no una reducción de puestos de trabajo. Sobrarán algunos pero se crearán otros. No tengo claro si el valor añadido de los creados compensará a los perdidos aunque poco podemos hacer contra eso. Todos sabemos que, por ejemplo, en España faltan camioneros, camareros, incluso cocineros. Y esto en un país tan turístico como España es un drama, y una presión para los precios finales al consumidor. Pero no lo es que una compañía que va a seguir invirtiendo y generando negocio en el país, prescinda de algunos trabajadores. Tampoco lo está siendo en Estados Unidos, con una envidiablemente baja tasa de paro, a pesar de los miles y miles de despidos que se han anunciado en las últimas fechas.

El verdadero problema del empleo es el envejecimiento poblacional, y no lo que decidan hacer empresas como Amazon. Y lo es porque la población pasiva es cada vez mayor y la activa cada vez menor, con lo que un porcentaje menor de población debe ser capaz de generar para uno cada vez mayor. En España además lo notamos mucho por las pensiones públicas, con mucha diferencia el mayor gasto social del país. Y también con la sanidad universal, puesto que una población envejecida usa mucho más los servicios sanitarios que una joven. De todos modos el proceso es global. Salvo algunas excepciones, las sociedades en cuanto llegan a un cierto nivel de bienestar económico, reducen su tasa de fertilidad. Y está pasando incluso en la India, y hay países como China que ya están reduciendo su población. Por cierto, como allí la emigración es residual, eso está provocando una fuerte caída del precio de la vivienda.

Si sólo los países más pobres aumentan población, en cierta medida podemos recurrir a la emigración (como de hecho estamos haciendo ya) pero no es una solución a largo plazo, tanto por los choques culturales y sociales, como porque en unos años, el saldo de lo que reciben del estado ya no compensará con lo que aportan. Y de nuevo esto es un drama planetario. Sólo una mayor productividad (precisamente la que se espera se consiga con la IA y de la mano de grandes compañías como Amazon) podría conseguir el “milagro” de que una menor población activa pueda asumir los gastos de una mayor población pasiva. Mientras eso no pase, una política incoherente como la que tenemos en España, privilegiando a los pensionistas respecto a los trabajadores, lo único que consigue es que la reducción de la tasa de paro no se traduzca en un mayor bienestar de la mayoría de la población, ya que los sueldos cada vez cunden menos, tanto por la inflación como por los impuestos. De hecho, en muchos casos tener un empleo ya no se traduce en un bienestar económico, ya que se suma el problema del encarecimiento de la vivienda, que se come cada vez más parte del salario final.

Así pues, la clave está en reducir el gasto público y no en aumentar impuestos (llevamos varios años de récord de ingresos tributarios), y en facilitar el acceso a la vivienda construyendo más, entre otras cosas para que los jóvenes puedan formar familias y plantearse tener hijos. Es decir, hacer políticas pensando en el largo plazo en lugar de buscar votos en las próximas elecciones y criticar lo que hagan empresas que llevan años creando empleo. Y de nuevo, es algo que debería ocurrir en todo Occidente, aunque yo me conformaría (y ya sé que sueño) con que pasara en España.

La corrupción sale demasiado cara

Los datos son muy claros: en la última década el gasto público se ha incrementado un 50% (en realidad, la mitad si tenemos en cuenta la inflación pero sigue siendo una cifra alta) y la presión fiscal sobre el contribuyente ha aumentado 4 puntos del PIB, lo que unido al crecimiento de éste, ha impulsado la recaudación en más del 70% (de nuevo podemos restarle la mitad por la inflación pero sigue siendo un número enorme). Es decir, cada vez pagamos más impuestos, cada vez el estado recauda más, cada vez el gobierno destina más de ese dinero al gasto público pero… la mayoría se va en pagar pensiones y otros gastos sociales como el IMV y mientras, caen las inversiones en casi todas las demás partidas, a pesar del aumento de dinero. Esto se ha traducido en peores servicios públicos, algo que prácticamente todos -incluso los que siguen apoyando a este gobierno- percibimos. El problema mayor es que ese empeoramiento cuesta vidas, no sólo por el desgraciado accidente ferroviario de Adamuz, también en hospitales con mayores listas de espera por ejemplo. Y si a eso se suma el factor corrupción, el mal destino de lo recaudado por Hacienda empeora todavía más la situación.

Cuando alguien minimiza el gasto en señoritas de compañía, sobornos, mordidas etc. que se han vivido en la gestión de los fondos públicos en España, con el argumento de que son una cantidad muy pequeña en comparación a las partidas presupuestadas, está confundiendo el verdadero coste de la corrupción. Más allá de temas éticos y más allá de que es intolerable lo que, por ejemplo, ha pasado en el Ministerio de Transportes durante la época de Ábalos, parecen olvidar que el asignar determinadas obras a empresas que han pagado por su adjudicación, implica que no se ha optado por las más confiables ni por las de precio más competitivo ni, en resumen, por las mejores. Esto tiene una repercusión directa en el mal servicio al ciudadano. Y, en ocasiones, ese daño incluso se traduce en accidentes mortales, y éstos en una reducción de la sensación de seguridad necesaria para el viajero, y esa desconfianza quién sabe si en menos turistas, nacionales y extranjeros,

Es como las subvenciones mal asignadas, que no sólo aportan un dinero público inmerecido a determinadas compañías, además perjudica a las que sí lo merecen pero no les llegan los fondos. Y si no hay sólo un error de gestión, sino que además viene de una mordida (como parece en el caso de la aerolínea Plus Ultra), de nuevo la corrupción perjudica al tejido empresarial del país, restando eficiencia y productividad a nuestra economía. Incluso lo que no suele denominarse corrupción y suele serlo (como gastar dinero a espuertas en empresas públicas deficitarias buscando efectos propagandísticos, caso RTVE por ejemplo), también tiene un coste que va más allá de ese dinero malgastado. Porque lo que se dedica a esos propósitos, no se destina adonde debe, que puede ser perfectamente la supervisión de una vía de tren. Y es que nada debería ser tratado con más cuidado y honestidad que el dinero público, puesto que de él depende en gran parte nuestra seguridad. Educación, sanidad, transportes… todo es parte de unos presupuestos limitados. Y lo que se saque de ellos para llenar los bolsillos de quienes no lo merecen, deja de estar para lo necesario. Esto es algo muy obvio, y cada cargo público tiene una obligación ética pero también económica. Y no valen excusas.

Tampoco es ni ético ni económicamente adecuado comprar votos en el Parlamento a costa de aumentar la desigualdad territorial, otra forma de corrupción. Lo que ocurre es que los últimos tiempos en España estamos normalizando lo que jamás debería ocurrir, como que el gobierno por puro afán de poder, no convoque elecciones y prefiera seguir prorrogando los Presupuestos Generales del Estado año tras año. También es una forma de corrupción hacer algo a sabiendas de que es lo peor para tu país, ya que no tener Presupuestos impide muchas inversiones necesarias y aumenta la arbitrariedad de las mismas (facilitando con ello la corrupción), ya que nada está asignado previamente. Gastarse más de dos mil millones de euros en adquirir el 10% de Telefónica es un ejemplo perfecto de esto, ¿cómo es posible que sin Presupuestos esto haya podido ocurrir? Y sobre todo, ¿Cuál es la verdadera razón de que se haya hecho? Nadie ha visto ninguna mejora de ningún tipo en la compañía, ni se pueden establecer criterios de servicio público, pero curiosamente sí hemos encontrado que Movistar ha adquirido un documental, que nadie más durante años ha querido comprar, sobre Pedro Sánchez en la Moncloa y que todo apunta a que tiene un sesgo claramente propagandístico. ¿Acaso eso no es corrupción también? Como si no fuera bastante con el dinero de todos que se tira en cadenas de televisión públicas por todo el país.

Del mismo modo, que en otras democracias avanzadas haya dimisiones porque se asuman responsabilidades políticas de los errores y de las mentiras y en España los afectados no se den por aludidos, incluso cuando una mayoría de parlamentarios lo pida, también es una forma de corrupción. Empeñarse en mantener a cargo de un ministerio a alguien claramente inadecuado es lo contrario de un buen servicio público e insisto, es un problema, además de político, económico. Aunque claro, en buena lid nuestro presidente no podría cesar a nadie por lo mismo que él lleva haciendo años.


Lo que sí sabemos que hizo Zapatero

 Los casi ocho años de presidencia del hoy imputado fueron nefastos si tenemos en cuenta las cifras económicas. Por ejemplo, la EPA cuando él llegó marcaba una tasa de paro del 11,5% y cuando se fue era del 21,52%. Sin embargo, muchos han disculpado este legado tan negativo debido a la crisis global de 2008. Efectivamente, la llamada Gran Recesión fue prácticamente universal y no se le puede achacar a un dirigente de un país concreto, y menos de uno con tan poco peso planetario. Eso no quiere decir que no cometiera gravísimos errores (y me centro sólo en economía) que lo hacen merecedor de una severa crítica, más allá de temas ideológicos o éticos.

Cuando el PSOE ganó las elecciones de 2004, inesperadamente y gracias a la mala reacción del gobierno en funciones de Aznar ante los atentados de Atocha, se encontró un país con una tendencia muy positiva: PIB creciendo a buen ritmo, creación de empleo, muchos síntomas de convergencia con Europa… Pero claro, el principal motivo de toda esa bonanza tenía nombre y apellidos: burbuja inmobiliaria. Algo que -obviamente- no podía seguir siendo el motor económico de España, incluso si no se fuera capaz de ver los riesgos que se estaban acumulando. Ni el presidente ni su equipo económico hicieron nada: los precios de las viviendas siguieron escalando, el endeudamiento de los hogares (que se podía haber frenado por ejemplo limitando la duración de las hipotecas) adquiriendo bienes sobrevalorados, continuó. Y nada se hizo para frenar la orgía de crédito en la que entraron las entidades financieras, especialmente las de responsabilidad pública. Y es que las cajas de ahorros, con numerosos intereses políticos alentados por la Administración, eran capaces de prestar dinero a promotores, inmobiliarias y compradores… cuando todos respondían por un mismo activo que, además, tenía un precio irracional si se comparaba con la media salarial española.

Todo eso fue responsabilidad de J.L.R. Zapatero, como lo fue negar la evidente crisis que llegaba para así salir reelegido en 2008. Ahí, para el que no lo supiera, quedó evidente la ignorancia del electorado sobre la economía, ya que muchos se creyeron las mentiras que se dijeron en la campaña electoral de marzo de aquel año, cuando la gravedad de la situación era evidente a escala global. El día que murió Pedro Solbes en 2023 se publicaron muchos artículos (yo también escribí uno ) que, como suele pasar cuando alguien fallece, destacaban sus logros. Los tuvo pero eso no puede hacernos olvidar que fue vicepresidente y ministro de economía y hacienda desde 2004 y no sólo no hizo nada para evitar lo que acabó ocurriendo, además en esa campaña electoral defendió la gran mentira de que no estábamos en crisis. Nos mintió a todos para que su jefe saliera reelegido. Y por desgracia lo fue, y si en su primera legislatura Zapatero no hizo nada para evitar el desastre, en la segunda lo aceleró.

Según empeoraba la situación, Zapatero, en lugar de recortar para reducir el enorme déficit presupuestario, subió los impuestos e impulsó más medidas de gasto público (¡quién no recuerda el Plan E! en el que municipios que se quedaban sin ingresos al caer la actividad económica se gastaban fondos estatales en reformar fuentes, por ejemplo) hasta el punto que se volvió contra el ministro Solbes que tan leal le había sido; lo destituyó en abril de 2009 porque éste defendía una política fiscal restrictiva. La patada para adelante del presidente apenas duró trece meses: en mayo de 2010, agobiado por Bruselas (que temía tener que rescatar a España como hizo con Grecia ese mes por vez primera), anunció las medidas más duras adoptadas por un Gobierno español desde la transición, que incluían rebajas salariales para funcionarios y congelación de la paga a los pensionistas, además de fuertes recortes de gasto.

¿Y qué decir de su reacción ante la crisis financiera nacional, que negó una y otra vez (“estamos en la champions league” decía)? No se le ocurrió otra cosa que crear el FROB, que básicamente se dedicó a darle dinero a las cajas de ahorros sin ningún tipo de condicionante. Ya sabemos cómo acabó aquello: como las cajas no pudieron devolverlo, probaron fusionándolas (como si sumar entidades quebradas mejorara algo) y al final el estado las tuvo que nacionalizar y al hacerlo, se vieron comprometidos miles de millones de dinero público que tuvieron que gastarse en que no quebraran. Para colmo, cuando empeoró la crisis griega y con ella la de la Eurozona entera, el ejecutivo de Rajoy se vio obligado a malvender las cajas (con la prima de riesgo disparada), y el dinero se perdió para siempre… Y encima hay quien lleva años echando la culpa al gallego (que yo también creo que lo pudo hacer mejor pero que realmente tenía pocas opciones) del monstruo que dejó el vallisoletano.

Resumiendo (porque esto daría para una tesis), y siendo claros: Zapatero dejó España hecha unos zorros. Primero viviendo de las rentas que le dejó Aznar sin cambiar lo malo que éste dejó y minusvalorando los riesgos que venían; y después reaccionando equivocadamente a la crisis en prácticamente todos los frentes. Se fue de la Moncloa dejando 5 millones de parados, un déficit presupuestario de casi el 10% del PIB y una deuda pública que casi doblaba la que se encontró cuando empezó a gobernar. Si encima del pufo que dejó en el erario por sus malas decisiones, se ha dedicado -si se confirma, que yo defiendo siempre la presunción de inocencia- a cobrar comisiones por influir en el destino de fondos públicos, su comportamiento está en línea con el mal desempeño que tuvo como presidente hacia la economía de los españoles.

El mapa mundi real (versión de la ONU)

 El mapa de la Tierra al que estamos acostumbrados tiene errores muy graves debido a la complicación de hacer una proyección plana de una esfera, este sería mucho más apropiado (debajo se pueden ver las diferencias que en general son que partes del hemisferio norte como la actual Rusia y Groenlandia son en realidad mucho más pequeñas, y lo contrario pasa con algunas zonas del hemisferio sur):



La paradoja del turismo

 La absurda escalada diplomática entre Italia y España a propósito de los males marroquíes, ha provocado que el gobierno español decida poner controles a los ciudadanos procedentes de Italia. Más allá de lo torpe de esta medida, que más bien parece fruto de una pataleta, están sus consecuencias en el turismo. Italia es el cuarto país del que proceden más turistas (casi 5,5 millones) aunque por suerte no llega a los números de los principales pero hay algunas zonas, especialmente en las Islas Baleares (sí, esas en las que de vez en cuando hay manifestaciones por la “masificación” de gentes que vienen a gastarse el dinero allí), donde su ausencia sí se puede notar, y como tal, alguna cadena hotelera ya ha protestado. Y es que a todos nos gusta ser turistas pero a muchos les molesta que los demás lo sean. Lo que desde luego, en términos estrictamente económicos, nadie puede afirmar que el turismo no sea -como decía aquella película de 1968- “un gran invento”.



Lo que hace seis décadas empezó como una actividad económica modesta que ayudaba a que aumentaran nuestras reservas de divisas, se ha convertido en uno de los pilares de nuestro Producto Interior Bruto, con 3,18 millones de afiliados en el sector (un 14% de la fuerza laboral). El Consejo Mundial de Viajes y Turismo (WTTC) ha proyectado que el gasto de los visitantes internacionales en España alcanzará los 121.100 millones de euros en 2026, lo que supone estar -en el mundo- sólo detrás de Estados Unidos y China, países muchísimo más grandes. Turespaña ya ha publicado los datos del primer semestre que se han saldado con un incremento del 5% de los viajeros internacionales lo que en números absolutos implica, según el INE, casi 46,6 millones de llegadas y un 7% más de gasto.

Por eso cualquier medida que suponga un descrédito para España, como que nuestras fronteras no sean seguras, como que aumente la delincuencia, como que se pierda la fe en la fiabilidad de nuestra red de transportes (o en nuestra red eléctrica) como que pongamos controles porque nos hemos enfadado con otro país… es decir, cosas que con este gobierno están pasando, es peligroso. Porque los turistas no vienen sólo por el clima, también porque la infraestructura del país -cualquiera que haya viajado fuera lo sabe- es de las mejores del mundo para los visitantes aunque haya aspectos, como en el típico ejemplo del iceberg, que no se noten a simple vista y muchos se queden sólo con el tópico del sol y las playas. Por ejemplo, cuando disfrutamos de uno de esos desayunos buffet en algún hotel, incluso alejado de rutas muy transitadas, no nos damos cuenta del

enorme mérito que tiene la distribución alimentaria en España. Ya en la pandemia pudimos comprobar lo bien que funcionaron los establecimientos de comida (y de otros muchos productos) y no es una tarea fácil mantener el listón tan elevado. Requiere de muchos trabajadores, muchos vehículos de reparto y, por supuesto, una buena organización entre los productores -agrícolas, ganaderos, de envasado, de procesado etc. etc.- y los clientes finales. Esa cadena que algunos minusvaloran porque creen que en el camino entre el campo y la mesa no hay gastos.

¿Y qué si el turismo es de masas, acaso eso no es un avance social? Hace 100 años sólo podían viajar los ricos, hasta hace muy pocas décadas sólo ejecutivos y potentados cogían aviones, ahora un obrero de Liverpool puede disfrutar de la Costa del Sol con unas pocas horas de diferencia, igual que uno de Algeciras puede viajar a Roma. Si hablamos en términos estrictamente monetarios, es mejor que venga un alto ejecutivo japonés a Madrid o Barcelona y compre entradas para museos y espectáculos y coma en restaurantes caros pero aquí no sobra nadie, hay capacidad para todos. Además, hay cierta confusión con el beneficio real que deja un turista. A veces un noruego que viaja con un pack cerrado de todo incluido a un hotel playero de una cadena extranjera, y apenas sale de ahí, deja menos dinero real en la economía española que un polaco que compra un “Vueling”, contrata un “Airbnb” local, desayuna en el bar “Manolo”, compra en el Mercadona, se toma un helado en el pueblo, coge un autobús (o alquila un coche) para visitar la Alhambra (o el Museo del Real Madrid), pagando religiosamente la entrada etc.

Sin duda, el turismo es un gran invento y España (lo vimos en 2020) sufriría mucho sin él. Desde luego nuestro estado del bienestar le debe más a esa actividad que a los políticos que presumen “de lo público”. A los españoles cada vez nos cunde menos el sueldo y tenemos menos para gastar en “caprichos”, así que benditos sean los foráneos que vienen a disfrutar a España y dejan aquí sus dineros. ¿Que también sería ideal que fuéramos un referente mundial en semiconductores o en IA? Por supuesto, pero no menospreciemos por eso al turismo, más necesario que nunca dado el ánimo derrochador de nuestros gobernantes y la continua necesidad de ingresos que, por su culpa, el país necesita.

Legalizar lo ilegal

 

Con tantos canales de televisión y la necesidad de tantas cadenas de emitir durante 24 horas no sólo repiten muchos programas, también compran producciones extranjeras realmente curiosas. Uno de esos programas es “Control de Aduanas”, un documental australiano que muestra el trabajo de los agentes de fronteras, desde la detención de ilegales a la detección de productos prohibidos que transportan los viajeros que llegan al aeropuerto, pasando por los que los intentan introducir “cosas” por correo. A veces algún turista lleva un pasaporte falso o un visado engañoso, otras intentan introducir un arma o comida que se considerada un peligro biológico pero la mayor parte de los casos están relacionados con las drogas. Droga que viaja en imaginativos compartimentos secretos de la vestimenta, del equipaje y hasta en el interior del viajero así como oculta en cuadros, lámparas, botones y todo tipo de objetos.

El caso es que tras pillar al infractor, el programa –supongo que por afán didáctico- cuenta cómo el que ha intentado traer drogas a Australia acaba pasando unos cuantos años en la cárcel. Da la sensación que muchos presos de Australia lo son por este tema. Y no tengo cifras exactas pero no dudo que en todo el mundo los casos serán millones. Millones de personas que pierden su libertad y millones de dinero que se gastan en mantener en prisión a unas personas que sí, han hecho algo ilegal, pero que –al contrario que un ladrón o un asesino- no suponen, en principio, un peligro para la integridad física o económica de la ciudadanía. Y es que hay muchos productos que pueden hacer mucho daño –los coches por ejemplo y nadie critica a los concesionarios- pero al final es un tema de elección personal. Igual pasa con la prostitución: todos sabemos dónde está pero eso no significa que todos usemos sus servicios.

Yo he conocido en directo lo peor de la droga puesto que viví más de 20 años –y asistí al colegio y al instituto público- en una barriada –San Blas- cuando era uno de las zonas de Madrid donde más se consumía y traficaba. De hecho, esa experiencia me hizo asociar drogadicción y marginalidad. Pero cuando empecé a trabajar y moverme en ambientes “de pasta” con colegas de otra extracción social me di cuenta que no es tan simple. Era habitual que muchos de mis compañeros se tomaran casi a diario 5 o 6 gin-tonics y luego se fueran a casa conduciendo y de hecho, con el tiempo me di cuenta que el alcoholismo dentro de los “ejecutivos” era algo muy típico. Poco tardé en descubrir también el afán por la cocaína de muchos profesionales del mundo financiero a finales del siglo pasado. Gente joven que de repente ganaba mucho dinero asociaba la calidad de vida con el “putas y coca a tutiplén”.

Por los ambientes en los que me he movido podría haber sido un drogadicto pero no fue así. Creo que las drogas manipulan nuestra personalidad y nos restan capacidad de decisión y libertad y las desaconsejo pero ¿Por qué dar por hecho que si es legal se va a enganchar más gente si ya son accesibles? Está más que contrastado el fracaso de la política represiva contra la adicción. Es más, probablemente sería más difícil de conseguir el producto si fuera regulado porque todos sabemos dónde conseguir drogas y sin embargo yo ignoro cómo conseguir un arma si no es en una armería lo que demuestra que con puntos de venta oficiales la oferta no sería tan amplia y no estaría tan a mano.

Y vamos al tema económico: el dinero que mueve la droga y la prostitución no va a desaparecer por más control policial que pongamos y debemos aprender de la experiencia de tantos y tantos años sobre ello. ¿En serio se cree que alguna vez vamos a parar, por poner un ejemplo trágico reciente, a las mafias que intentan transportar estupefacientes por el Estrecho? Lo que sí podemos conseguir es que el negocio cambie de manos: legalizar todas las drogas supondría un beneficio enorme para el fisco, similar al de sustancias nocivas similares como el alcohol y el tabaco y lo mismo vale para la regulación de la prostitución. Desde un punto de vista de salud pública, también es mucho mejor un control de calidad “farmacológico” de los productos - ¿acaso no se hace ya con el reparto gratuito de metadona a los enganchados a la heroína? - y del buen estado “sanitario” de las mujeres que voluntariamente deciden alquilar su cuerpo. Y a esos beneficios hay que sumar una fuerte reducción de presos, que supone un ahorro de costes –tanto para el sector penitenciario como para el de seguridad policial y fronteriza- pero también una medida social, especialmente para acabar con el tráfico de mujeres. Siempre habrá –como pasa con las armas- algo de comercio ilegal y de mercado negro de drogas y prostitución pero sería muchísimo menor. En los EUA la Ley seca se derogó en 1933 tras 13 años de represión y los principales y más violentos delitos –como pasa hoy en día con las drogas ilegales- estuvieron en ese tiempo relacionados con la fabricación y el tráfico de licores. A día de hoy es anecdótico encontrar alguna destilería clandestina.

Y es que, al fin y al cabo, la droga está ahí, el que quiere encontrarla la encuentra –al igual que pasa con la prostitución- pero, repito, el consumirla es una decisión personal. Si alguien es lo bastante adulto como para tener un permiso que le permite conducir una máquina que puede matar –como un coche-, consumir productos que le provocan cáncer como el tabaco o entrar a una barra americana donde puede emborracharse o acostarse con una mujer que lo mismo está trabajando allí forzada ¿con qué argumento le vamos a negar que pueda fumarse un porro o meterse una raya de coca? Precisamente lo que hay que conseguir es que el consumidor no pueda abusar de su consumo regulando su venta, mejorar el producto para que no esté cortado con “mata-ratas” y que no haga millonario a un delincuente sino que genere beneficios a la sociedad por la vía fiscal. Y si alguien tiene reparos por hacer legal lo ilegal, ¿acaso no acaba este gobierno de regularizar a quienes han entrado ilegalmente en el país? Apliquemos esa misma flexibilidad, y legalicemos unas actividades que suponen menores gastos y mayores ingresos.

La solidaridad a veces duele

Un estudio genético global ha demostrado lo que la arqueología y la antropología ya habían indicado: absolutamente todos los tipos humanos del planeta, desde los esquimales a los aborígenes de Australia, desde los arios a los chinos, proceden de África. La ciencia pues ha demostrado que es absolutamente cierto lo de que todos somos hermanos si bien ha abierto nuevas dudas ya que se han encontrado restos humanos en la Patagonia que no han evolucionado genéticamente de los del norte de América –que a su vez proceden del grupo asiático- sino directamente del grupo humano original de África por lo que de algún modo -a día de hoy inexplicable- africanos primitivos llegaron por mar a Sudamérica cuando no existían barcos. Dejando esto de lado, lo cierto es que lo racional –y yo diría que lo ideal- sería que hubiera un nacionalismo humano, que el bienestar de otro hombre, aún a miles de kilómetros de distancia, fuera algo que nos preocupara tanto como el de un compatriota. Pero esto no pasa en la realidad.

Por casualidad ví en la televisión cómo un colombicultor explicaba que en épocas de hambre en España se criaban palomos que se soltaban para que ligaran con alguna hembra, trajeran a su vuelta a las jaulas a las palomas conseguidas y que éstas sirvieran de cena esa noche. Aún en la hoy rica China, en Shanghai, hay un mercado de compra-venta de palomas y de sus huevos porque se las comen. En la Gran Depresión se hizo famosa una frase de Grocuho Marx: “No entiendo de economía, pero sé que las cosas van bien cuando son los neoyorkinos los que dan de comer a las palomas y no las palomas las que dan de comer a los neoyorkinos”. Es decir, aún somos –en la Europa del siglo XXI en comparación a muchas zonas del planeta- unos privilegiados. Por supuesto tenemos toda la razón para quejarnos, tenemos derecho a ello y debemos hacerlo porque no es justo aceptar una involución como la que está provocando la mala gestión de nuestros dirigentes políticos pero nuestro problema –al menos aún- es de calidad de vida mientras que para cientos de millones de personas el problema es la supervivencia.

Por razones –también de casualidad y que no vienen al caso- acabé ayudando a un cura con el aluvión que –antes de la crisis de 2008- tenía de inmigrantes ilegales, especialmente con los de Europa del Este, que apenas chapurreaban algo de inglés y con los que no conseguía comunicarse. Era una labor enriquecedora y con la que aprendí mucho, desde cómo viven realmente los que duermen en la calle (su complicidad por ejemplo con encargados de grandes almacenes para asearse en los baños a unas determinadas horas) a las condiciones de los que consiguen, sin tener papeles, alguna habitación en algún piso-patera pasando por entender el pánico que suelen sentir todos por usar los albergues municipales por el miedo a robos (es curioso cómo los inmigrantes de un país de quién más desconfían es de los inmigrantes de otro país) etc. Y el proceso siempre era el mismo: en un primer momento, asustados como estaban por una posible deportación, agradecen exageradamente toda la atención que se les muestra, sus caras de alegría son toda una motivación pero en cuanto pasan algunos semanas y a veces en días, empiezan a poner peros a la ayuda que reciben. Recuerdo que nos llegó un cargamento de latas de kilo de carne en salsa procedentes del Ministerio de Asuntos Exteriores y que estaban destinadas a ayuda a países árabes (¿por qué llegó a un almacén de comida de Barcelona? Yo también lo pregunté pero nadie me lo supo explicar). El caso es que la etiqueta estaba en español y árabe y decía que el 100% del contenido era ternera (si no lo hacían así, por motivos religiosos podían rechazarlo al pensar que pudiera ser cerdo) y las repartimos pensando que estábamos ofreciendo un producto de mayor calidad de la habitual pero al día siguiente uno me dijo que se lo diera a mi perro, que estaba muy salado. También pasaba que ayudabas a alguien y luego lo veías comprando cervezas en el supermercado…

Pero la cosa fue peor con la crisis y la llegada de nacionales a los comedores: personas que se quejaban de la calidad de la comida, de que los yogures caducaban ese mismo día, de que tenían muy malas digestiones cada vez que comían allí… todo esto es subjetivo y lo mismo otro ha visto otra cosa pero en general ver a personas que se aprovechan de un comedor social para ahorrar y así poder pagar la letra de la hipoteca de ese mes cuando en otro lugar del mundo ese mismo alimento podría salvarle la vida a otro ser humano, me superaba. Me hizo valorar mucho más el trabajo tan poco reconocido de los miles de voluntarios que trabajan en el sector de la caridad en España. Yo no pude soportarlo y como ya no me necesitaban para el lenguaje porque los inmigrantes extranjeros se redujeron al mínimo me borré..


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En 1961 Adolf Eichmann fue juzgado y sentenciado a muerte en Jerusalén por sus crímenes contra la humanidad durante el nazismo. Era respons...