Esta década se cumplirá el centenario del famoso crash bursátil de 1929 que se considera empezó la mayor depresión económica de la era moderna y el mayor ciclo bajista de Wall Street tras muchos años de euforia. Para que nos hagamos una idea de esto último, en 1929 hubo 45 cierres en máximos históricos (parecen muchos pero el récord ocurrió en 1995 con 77, y en los últimos años en 2017 hubo 62 y en 2021, 70) y no volvió a haber un nuevo máximo de Wall Street… hasta 1954. ¿Se imaginan que hasta 2051 no volvamos a ver los máximos de Wall Street de este año? Es decir, que aunque sigue habiendo mucha gente empeñada en que a largo la bolsa siempre sube, lo cierto es que el que compró en los altos de 1929 tardó 25 años en recuperar su inversión… si invirtió en el índice, porque es muy posible que lo hiciera en alguna de las muchas compañías que quebraron en aquel ciclo, y por tanto perdiera todo su dinero.
Por suerte para los
norteamericanos, solo había 1.5 millones de personas invertidas en acciones en
1929 o un poco más del 1% de la población del país. De hecho, lo de que la
gente se tiraba por las ventanas porque se desplomaba el Dow Jones es una
falsedad, un bulo.
Por lo visto todo empezó porque ante la visión de un corro de gente en Wall
Street, que no estaba para nada mirando un cadáver, el humorista Will Rogers
bromeó diciendo que «había que hacer cola para conseguir una ventana por
la que tirarse». El chiste lo continuó Eddie Cantor, otro comediante, afirmando
que los recepcionistas de hotel preguntaban a los clientes si querían la
habitación «para dormir o para tirarse». Vamos, que el tema de las fake
news no es nuevo, aunque es de suponer que ninguno de los dos tenía la mala
intención de crear un falso mito que se sigue repitiendo décadas después, y que
de hecho se sigue leyendo como si fuera cierto en artículos periodísticos
actuales. Y esto pasa incluso cuando se sabe, por cifras oficiales del jefe de
los médicos forenses de Nueva York, que hubo menos suicidios en la ciudad el
mes después del crash bursátil que los que había habido el año anterior en el
mismo periodo.
En realidad, cuando la gente empezó a pasarlo
realmente mal no fue por la bolsa, la tragedia no comenzó hasta que no quebraron bancos. Por eso la caída de Lehman Brothers en 2008 sirvió para recordárselo a
los que lo desconocían o habían olvidado ese hecho, y alertó a gobiernos y
autoridades financieras que se conjuraron en que no volviera a pasar algo así.
Pero eso no pasó entonces, lo que agravó mucho la depresión de 1929, al igual
que la falta de colchones de seguridad y políticas sociales que pudieran mitigar
la crisis. Por otra parte, para el gran público no es lo mismo
un banco de inversión, por muy grande que fuera, que las cinco mil entidades
financieras que cerraron sus puertas aquellos años.
Más allá de la Historia por
todos conocida, a mí me llama la atención que, al contrario de lo que ocurre
hoy donde todo el mundo habla de burbuja, en octubre de 1929 pocos tenían miedo
a un estallido, ni siquiera a un parón económico, mucho menos a una recesión tan grave. Hizo falta un crash
bursátil para que la gente comprendiera la ficción en la que habían vivido la
mayor parte de los “felices 20”. Si algo que apenas era importante para el 1%
de los estadounidenses provocó lo que provocó, ahora que el porcentaje de
adultos invertido supera el 50%, es fácil imaginar lo vital que puede ser para
las autoridades políticas y económicas estadounidenses la estabilidad bursátil.
Por
eso mi creencia en que los bancos centrales, y en concreto la Fed, por mucho
que tengan que luchar contra la inflación, siempre estarán dispuestos a ayudar a los mercados de valores. Y con eso cuentan los grandes inversores.
En España no hay datos fiables
de cuántos españoles invierten en bolsa, sea directamente o a través de fondos, pero hay encuestas que pueden darnos pistas e indican
que de los casi 20
millones de hogares que hay en España, al menos en un tercio hay accionistas. La
diferencia entre España y los Estados Unidos es tan grande, aparte de por tradición inversora, por
los seguros privados, mucho más habituales allí y, sobre todo, por los planes
de pensiones. Mientras en España tenemos una pensión pública principal, allí
–como ocurre en muchos países- las pensiones tienen esquemas de participación
privada y empresarial (a favor de los empleados) que, para vencer a la
inflación, suelen invertir en bolsa durante la vida laboral del que luego será
pensionista. Esto hace que no sólo haya muchos más estadounidenses accionistas, también que el interés porque la bolsa
suba sea mucho más importante que aquí, donde muchos invierten, pero no se
juegan el cobro de la pensión.
En resumen, que, aunque en
España menos, hay un interés político y económico muy claro en conseguir que la
bolsa suba y no creo sea casualidad que el país más envejecido del planeta
–Japón- sea el que más ha presionado a su banco central para comprar acciones y
así mejorar la rentabilidad de los japoneses en un mundo de intereses
tan bajos en la renta fija. También es un tema del que se habló en Europa: si ya se ha cruzado la línea de comprar deuda pública
y deuda privada, ¿por qué no en renta variable? El SNB (banco central suizo), otro de los que
durante años mantuvo los tipos negativos, también tiene en cartera una gran
cantidad de acciones, la mayoría de Wall Street.
Para mí las cotizaciones actuales no reflejan la realidad económica sino el exceso de liquidez y un optimismo casi infantil. El dolor para los inversores si viene un crash bursátil será enorme tras tanto optimismo pre-guerra en Irán. Y sí, seguro que las autoridades financieras y políticas intentarán mitigarlo pero... confiar ciegamente en ello puede ser un error. Aunque escasos, ha habido años muy negativos en la bolsa. No olvidemos que la máxima siempre debe ser preservar el capital.
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