La corrupción sale demasiado cara

Los datos son muy claros: en la última década el gasto público se ha incrementado un 50% (en realidad, la mitad si tenemos en cuenta la inflación pero sigue siendo una cifra alta) y la presión fiscal sobre el contribuyente ha aumentado 4 puntos del PIB, lo que unido al crecimiento de éste, ha impulsado la recaudación en más del 70% (de nuevo podemos restarle la mitad por la inflación pero sigue siendo un número enorme). Es decir, cada vez pagamos más impuestos, cada vez el estado recauda más, cada vez el gobierno destina más de ese dinero al gasto público pero… la mayoría se va en pagar pensiones y otros gastos sociales como el IMV y mientras, caen las inversiones en casi todas las demás partidas, a pesar del aumento de dinero. Esto se ha traducido en peores servicios públicos, algo que prácticamente todos -incluso los que siguen apoyando a este gobierno- percibimos. El problema mayor es que ese empeoramiento cuesta vidas, no sólo por el desgraciado accidente ferroviario de Adamuz, también en hospitales con mayores listas de espera por ejemplo. Y si a eso se suma el factor corrupción, el mal destino de lo recaudado por Hacienda empeora todavía más la situación.

Cuando alguien minimiza el gasto en señoritas de compañía, sobornos, mordidas etc. que se han vivido en la gestión de los fondos públicos en España, con el argumento de que son una cantidad muy pequeña en comparación a las partidas presupuestadas, está confundiendo el verdadero coste de la corrupción. Más allá de temas éticos y más allá de que es intolerable lo que, por ejemplo, ha pasado en el Ministerio de Transportes durante la época de Ábalos, parecen olvidar que el asignar determinadas obras a empresas que han pagado por su adjudicación, implica que no se ha optado por las más confiables ni por las de precio más competitivo ni, en resumen, por las mejores. Esto tiene una repercusión directa en el mal servicio al ciudadano. Y, en ocasiones, ese daño incluso se traduce en accidentes mortales, y éstos en una reducción de la sensación de seguridad necesaria para el viajero, y esa desconfianza quién sabe si en menos turistas, nacionales y extranjeros,

Es como las subvenciones mal asignadas, que no sólo aportan un dinero público inmerecido a determinadas compañías, además perjudica a las que sí lo merecen pero no les llegan los fondos. Y si no hay sólo un error de gestión, sino que además viene de una mordida (como parece en el caso de la aerolínea Plus Ultra), de nuevo la corrupción perjudica al tejido empresarial del país, restando eficiencia y productividad a nuestra economía. Incluso lo que no suele denominarse corrupción y suele serlo (como gastar dinero a espuertas en empresas públicas deficitarias buscando efectos propagandísticos, caso RTVE por ejemplo), también tiene un coste que va más allá de ese dinero malgastado. Porque lo que se dedica a esos propósitos, no se destina adonde debe, que puede ser perfectamente la supervisión de una vía de tren. Y es que nada debería ser tratado con más cuidado y honestidad que el dinero público, puesto que de él depende en gran parte nuestra seguridad. Educación, sanidad, transportes… todo es parte de unos presupuestos limitados. Y lo que se saque de ellos para llenar los bolsillos de quienes no lo merecen, deja de estar para lo necesario. Esto es algo muy obvio, y cada cargo público tiene una obligación ética pero también económica. Y no valen excusas.

Tampoco es ni ético ni económicamente adecuado comprar votos en el Parlamento a costa de aumentar la desigualdad territorial, otra forma de corrupción. Lo que ocurre es que los últimos tiempos en España estamos normalizando lo que jamás debería ocurrir, como que el gobierno por puro afán de poder, no convoque elecciones y prefiera seguir prorrogando los Presupuestos Generales del Estado año tras año. También es una forma de corrupción hacer algo a sabiendas de que es lo peor para tu país, ya que no tener Presupuestos impide muchas inversiones necesarias y aumenta la arbitrariedad de las mismas (facilitando con ello la corrupción), ya que nada está asignado previamente. Gastarse más de dos mil millones de euros en adquirir el 10% de Telefónica es un ejemplo perfecto de esto, ¿cómo es posible que sin Presupuestos esto haya podido ocurrir? Y sobre todo, ¿Cuál es la verdadera razón de que se haya hecho? Nadie ha visto ninguna mejora de ningún tipo en la compañía, ni se pueden establecer criterios de servicio público, pero curiosamente sí hemos encontrado que Movistar ha adquirido un documental, que nadie más durante años ha querido comprar, sobre Pedro Sánchez en la Moncloa y que todo apunta a que tiene un sesgo claramente propagandístico. ¿Acaso eso no es corrupción también? Como si no fuera bastante con el dinero de todos que se tira en cadenas de televisión públicas por todo el país.

Del mismo modo, que en otras democracias avanzadas haya dimisiones porque se asuman responsabilidades políticas de los errores y de las mentiras y en España los afectados no se den por aludidos, incluso cuando una mayoría de parlamentarios lo pida, también es una forma de corrupción. Empeñarse en mantener a cargo de un ministerio a alguien claramente inadecuado es lo contrario de un buen servicio público e insisto, es un problema, además de político, económico. Aunque claro, en buena lid nuestro presidente no podría cesar a nadie por lo mismo que él lleva haciendo años.


Lo que sí sabemos que hizo Zapatero

 Los casi ocho años de presidencia del hoy imputado fueron nefastos si tenemos en cuenta las cifras económicas. Por ejemplo, la EPA cuando él llegó marcaba una tasa de paro del 11,5% y cuando se fue era del 21,52%. Sin embargo, muchos han disculpado este legado tan negativo debido a la crisis global de 2008. Efectivamente, la llamada Gran Recesión fue prácticamente universal y no se le puede achacar a un dirigente de un país concreto, y menos de uno con tan poco peso planetario. Eso no quiere decir que no cometiera gravísimos errores (y me centro sólo en economía) que lo hacen merecedor de una severa crítica, más allá de temas ideológicos o éticos.

Cuando el PSOE ganó las elecciones de 2004, inesperadamente y gracias a la mala reacción del gobierno en funciones de Aznar ante los atentados de Atocha, se encontró un país con una tendencia muy positiva: PIB creciendo a buen ritmo, creación de empleo, muchos síntomas de convergencia con Europa… Pero claro, el principal motivo de toda esa bonanza tenía nombre y apellidos: burbuja inmobiliaria. Algo que -obviamente- no podía seguir siendo el motor económico de España, incluso si no se fuera capaz de ver los riesgos que se estaban acumulando. Ni el presidente ni su equipo económico hicieron nada: los precios de las viviendas siguieron escalando, el endeudamiento de los hogares (que se podía haber frenado por ejemplo limitando la duración de las hipotecas) adquiriendo bienes sobrevalorados, continuó. Y nada se hizo para frenar la orgía de crédito en la que entraron las entidades financieras, especialmente las de responsabilidad pública. Y es que las cajas de ahorros, con numerosos intereses políticos alentados por la Administración, eran capaces de prestar dinero a promotores, inmobiliarias y compradores… cuando todos respondían por un mismo activo que, además, tenía un precio irracional si se comparaba con la media salarial española.

Todo eso fue responsabilidad de J.L.R. Zapatero, como lo fue negar la evidente crisis que llegaba para así salir reelegido en 2008. Ahí, para el que no lo supiera, quedó evidente la ignorancia del electorado sobre la economía, ya que muchos se creyeron las mentiras que se dijeron en la campaña electoral de marzo de aquel año, cuando la gravedad de la situación era evidente a escala global. El día que murió Pedro Solbes en 2023 se publicaron muchos artículos (yo también escribí uno ) que, como suele pasar cuando alguien fallece, destacaban sus logros. Los tuvo pero eso no puede hacernos olvidar que fue vicepresidente y ministro de economía y hacienda desde 2004 y no sólo no hizo nada para evitar lo que acabó ocurriendo, además en esa campaña electoral defendió la gran mentira de que no estábamos en crisis. Nos mintió a todos para que su jefe saliera reelegido. Y por desgracia lo fue, y si en su primera legislatura Zapatero no hizo nada para evitar el desastre, en la segunda lo aceleró.

Según empeoraba la situación, Zapatero, en lugar de recortar para reducir el enorme déficit presupuestario, subió los impuestos e impulsó más medidas de gasto público (¡quién no recuerda el Plan E! en el que municipios que se quedaban sin ingresos al caer la actividad económica se gastaban fondos estatales en reformar fuentes, por ejemplo) hasta el punto que se volvió contra el ministro Solbes que tan leal le había sido; lo destituyó en abril de 2009 porque éste defendía una política fiscal restrictiva. La patada para adelante del presidente apenas duró trece meses: en mayo de 2010, agobiado por Bruselas (que temía tener que rescatar a España como hizo con Grecia ese mes por vez primera), anunció las medidas más duras adoptadas por un Gobierno español desde la transición, que incluían rebajas salariales para funcionarios y congelación de la paga a los pensionistas, además de fuertes recortes de gasto.

¿Y qué decir de su reacción ante la crisis financiera nacional, que negó una y otra vez (“estamos en la champions league” decía)? No se le ocurrió otra cosa que crear el FROB, que básicamente se dedicó a darle dinero a las cajas de ahorros sin ningún tipo de condicionante. Ya sabemos cómo acabó aquello: como las cajas no pudieron devolverlo, probaron fusionándolas (como si sumar entidades quebradas mejorara algo) y al final el estado las tuvo que nacionalizar y al hacerlo, se vieron comprometidos miles de millones de dinero público que tuvieron que gastarse en que no quebraran. Para colmo, cuando empeoró la crisis griega y con ella la de la Eurozona entera, el ejecutivo de Rajoy se vio obligado a malvender las cajas (con la prima de riesgo disparada), y el dinero se perdió para siempre… Y encima hay quien lleva años echando la culpa al gallego (que yo también creo que lo pudo hacer mejor pero que realmente tenía pocas opciones) del monstruo que dejó el vallisoletano.

Resumiendo (porque esto daría para una tesis), y siendo claros: Zapatero dejó España hecha unos zorros. Primero viviendo de las rentas que le dejó Aznar sin cambiar lo malo que éste dejó y minusvalorando los riesgos que venían; y después reaccionando equivocadamente a la crisis en prácticamente todos los frentes. Se fue de la Moncloa dejando 5 millones de parados, un déficit presupuestario de casi el 10% del PIB y una deuda pública que casi doblaba la que se encontró cuando empezó a gobernar. Si encima del pufo que dejó en el erario por sus malas decisiones, se ha dedicado -si se confirma, que yo defiendo siempre la presunción de inocencia- a cobrar comisiones por influir en el destino de fondos públicos, su comportamiento está en línea con el mal desempeño que tuvo como presidente hacia la economía de los españoles.

El mapa mundi real (versión de la ONU)

 El mapa de la Tierra al que estamos acostumbrados tiene errores muy graves debido a la complicación de hacer una proyección plana de una esfera, este sería mucho más apropiado (debajo se pueden ver las diferencias que en general son que partes del hemisferio norte como la actual Rusia y Groenlandia son en realidad mucho más pequeñas, y lo contrario pasa con algunas zonas del hemisferio sur):



La paradoja del turismo

 La absurda escalada diplomática entre Italia y España a propósito de los males marroquíes, ha provocado que el gobierno español decida poner controles a los ciudadanos procedentes de Italia. Más allá de lo torpe de esta medida, que más bien parece fruto de una pataleta, están sus consecuencias en el turismo. Italia es el cuarto país del que proceden más turistas (casi 5,5 millones) aunque por suerte no llega a los números de los principales pero hay algunas zonas, especialmente en las Islas Baleares (sí, esas en las que de vez en cuando hay manifestaciones por la “masificación” de gentes que vienen a gastarse el dinero allí), donde su ausencia sí se puede notar, y como tal, alguna cadena hotelera ya ha protestado. Y es que a todos nos gusta ser turistas pero a muchos les molesta que los demás lo sean. Lo que desde luego, en términos estrictamente económicos, nadie puede afirmar que el turismo no sea -como decía aquella película de 1968- “un gran invento”.



Lo que hace seis décadas empezó como una actividad económica modesta que ayudaba a que aumentaran nuestras reservas de divisas, se ha convertido en uno de los pilares de nuestro Producto Interior Bruto, con 3,18 millones de afiliados en el sector (un 14% de la fuerza laboral). El Consejo Mundial de Viajes y Turismo (WTTC) ha proyectado que el gasto de los visitantes internacionales en España alcanzará los 121.100 millones de euros en 2026, lo que supone estar -en el mundo- sólo detrás de Estados Unidos y China, países muchísimo más grandes. Turespaña ya ha publicado los datos del primer semestre que se han saldado con un incremento del 5% de los viajeros internacionales lo que en números absolutos implica, según el INE, casi 46,6 millones de llegadas y un 7% más de gasto.

Por eso cualquier medida que suponga un descrédito para España, como que nuestras fronteras no sean seguras, como que aumente la delincuencia, como que se pierda la fe en la fiabilidad de nuestra red de transportes (o en nuestra red eléctrica) como que pongamos controles porque nos hemos enfadado con otro país… es decir, cosas que con este gobierno están pasando, es peligroso. Porque los turistas no vienen sólo por el clima, también porque la infraestructura del país -cualquiera que haya viajado fuera lo sabe- es de las mejores del mundo para los visitantes aunque haya aspectos, como en el típico ejemplo del iceberg, que no se noten a simple vista y muchos se queden sólo con el tópico del sol y las playas. Por ejemplo, cuando disfrutamos de uno de esos desayunos buffet en algún hotel, incluso alejado de rutas muy transitadas, no nos damos cuenta del

enorme mérito que tiene la distribución alimentaria en España. Ya en la pandemia pudimos comprobar lo bien que funcionaron los establecimientos de comida (y de otros muchos productos) y no es una tarea fácil mantener el listón tan elevado. Requiere de muchos trabajadores, muchos vehículos de reparto y, por supuesto, una buena organización entre los productores -agrícolas, ganaderos, de envasado, de procesado etc. etc.- y los clientes finales. Esa cadena que algunos minusvaloran porque creen que en el camino entre el campo y la mesa no hay gastos.

¿Y qué si el turismo es de masas, acaso eso no es un avance social? Hace 100 años sólo podían viajar los ricos, hasta hace muy pocas décadas sólo ejecutivos y potentados cogían aviones, ahora un obrero de Liverpool puede disfrutar de la Costa del Sol con unas pocas horas de diferencia, igual que uno de Algeciras puede viajar a Roma. Si hablamos en términos estrictamente monetarios, es mejor que venga un alto ejecutivo japonés a Madrid o Barcelona y compre entradas para museos y espectáculos y coma en restaurantes caros pero aquí no sobra nadie, hay capacidad para todos. Además, hay cierta confusión con el beneficio real que deja un turista. A veces un noruego que viaja con un pack cerrado de todo incluido a un hotel playero de una cadena extranjera, y apenas sale de ahí, deja menos dinero real en la economía española que un polaco que compra un “Vueling”, contrata un “Airbnb” local, desayuna en el bar “Manolo”, compra en el Mercadona, se toma un helado en el pueblo, coge un autobús (o alquila un coche) para visitar la Alhambra (o el Museo del Real Madrid), pagando religiosamente la entrada etc.

Sin duda, el turismo es un gran invento y España (lo vimos en 2020) sufriría mucho sin él. Desde luego nuestro estado del bienestar le debe más a esa actividad que a los políticos que presumen “de lo público”. A los españoles cada vez nos cunde menos el sueldo y tenemos menos para gastar en “caprichos”, así que benditos sean los foráneos que vienen a disfrutar a España y dejan aquí sus dineros. ¿Que también sería ideal que fuéramos un referente mundial en semiconductores o en IA? Por supuesto, pero no menospreciemos por eso al turismo, más necesario que nunca dado el ánimo derrochador de nuestros gobernantes y la continua necesidad de ingresos que, por su culpa, el país necesita.

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