Legalizar lo ilegal

 

Con tantos canales de televisión y la necesidad de tantas cadenas de emitir durante 24 horas no sólo repiten muchos programas, también compran producciones extranjeras realmente curiosas. Uno de esos programas es “Control de Aduanas”, un documental australiano que muestra el trabajo de los agentes de fronteras, desde la detención de ilegales a la detección de productos prohibidos que transportan los viajeros que llegan al aeropuerto, pasando por los que los intentan introducir “cosas” por correo. A veces algún turista lleva un pasaporte falso o un visado engañoso, otras intentan introducir un arma o comida que se considerada un peligro biológico pero la mayor parte de los casos están relacionados con las drogas. Droga que viaja en imaginativos compartimentos secretos de la vestimenta, del equipaje y hasta en el interior del viajero así como oculta en cuadros, lámparas, botones y todo tipo de objetos.

El caso es que tras pillar al infractor, el programa –supongo que por afán didáctico- cuenta cómo el que ha intentado traer drogas a Australia acaba pasando unos cuantos años en la cárcel. Da la sensación que muchos presos de Australia lo son por este tema. Y no tengo cifras exactas pero no dudo que en todo el mundo los casos serán millones. Millones de personas que pierden su libertad y millones de dinero que se gastan en mantener en prisión a unas personas que sí, han hecho algo ilegal, pero que –al contrario que un ladrón o un asesino- no suponen, en principio, un peligro para la integridad física o económica de la ciudadanía. Y es que hay muchos productos que pueden hacer mucho daño –los coches por ejemplo y nadie critica a los concesionarios- pero al final es un tema de elección personal. Igual pasa con la prostitución: todos sabemos dónde está pero eso no significa que todos usemos sus servicios.

Yo he conocido en directo lo peor de la droga puesto que viví más de 20 años –y asistí al colegio y al instituto público- en una barriada –San Blas- cuando era uno de las zonas de Madrid donde más se consumía y traficaba. De hecho, esa experiencia me hizo asociar drogadicción y marginalidad. Pero cuando empecé a trabajar y moverme en ambientes “de pasta” con colegas de otra extracción social me di cuenta que no es tan simple. Era habitual que muchos de mis compañeros se tomaran casi a diario 5 o 6 gin-tonics y luego se fueran a casa conduciendo y de hecho, con el tiempo me di cuenta que el alcoholismo dentro de los “ejecutivos” era algo muy típico. Poco tardé en descubrir también el afán por la cocaína de muchos profesionales del mundo financiero a finales del siglo pasado. Gente joven que de repente ganaba mucho dinero asociaba la calidad de vida con el “putas y coca a tutiplén”.

Por los ambientes en los que me he movido podría haber sido un drogadicto pero no fue así. Creo que las drogas manipulan nuestra personalidad y nos restan capacidad de decisión y libertad y las desaconsejo pero ¿Por qué dar por hecho que si es legal se va a enganchar más gente si ya son accesibles? Está más que contrastado el fracaso de la política represiva contra la adicción. Es más, probablemente sería más difícil de conseguir el producto si fuera regulado porque todos sabemos dónde conseguir drogas y sin embargo yo ignoro cómo conseguir un arma si no es en una armería lo que demuestra que con puntos de venta oficiales la oferta no sería tan amplia y no estaría tan a mano.

Y vamos al tema económico: el dinero que mueve la droga y la prostitución no va a desaparecer por más control policial que pongamos y debemos aprender de la experiencia de tantos y tantos años sobre ello. ¿En serio se cree que alguna vez vamos a parar, por poner un ejemplo trágico reciente, a las mafias que intentan transportar estupefacientes por el Estrecho? Lo que sí podemos conseguir es que el negocio cambie de manos: legalizar todas las drogas supondría un beneficio enorme para el fisco, similar al de sustancias nocivas similares como el alcohol y el tabaco y lo mismo vale para la regulación de la prostitución. Desde un punto de vista de salud pública, también es mucho mejor un control de calidad “farmacológico” de los productos - ¿acaso no se hace ya con el reparto gratuito de metadona a los enganchados a la heroína? - y del buen estado “sanitario” de las mujeres que voluntariamente deciden alquilar su cuerpo. Y a esos beneficios hay que sumar una fuerte reducción de presos, que supone un ahorro de costes –tanto para el sector penitenciario como para el de seguridad policial y fronteriza- pero también una medida social, especialmente para acabar con el tráfico de mujeres. Siempre habrá –como pasa con las armas- algo de comercio ilegal y de mercado negro de drogas y prostitución pero sería muchísimo menor. En los EUA la Ley seca se derogó en 1933 tras 13 años de represión y los principales y más violentos delitos –como pasa hoy en día con las drogas ilegales- estuvieron en ese tiempo relacionados con la fabricación y el tráfico de licores. A día de hoy es anecdótico encontrar alguna destilería clandestina.

Y es que, al fin y al cabo, la droga está ahí, el que quiere encontrarla la encuentra –al igual que pasa con la prostitución- pero, repito, el consumirla es una decisión personal. Si alguien es lo bastante adulto como para tener un permiso que le permite conducir una máquina que puede matar –como un coche-, consumir productos que le provocan cáncer como el tabaco o entrar a una barra americana donde puede emborracharse o acostarse con una mujer que lo mismo está trabajando allí forzada ¿con qué argumento le vamos a negar que pueda fumarse un porro o meterse una raya de coca? Precisamente lo que hay que conseguir es que el consumidor no pueda abusar de su consumo regulando su venta, mejorar el producto para que no esté cortado con “mata-ratas” y que no haga millonario a un delincuente sino que genere beneficios a la sociedad por la vía fiscal. Y si alguien tiene reparos por hacer legal lo ilegal, ¿acaso no acaba este gobierno de regularizar a quienes han entrado ilegalmente en el país? Apliquemos esa misma flexibilidad, y legalicemos unas actividades que suponen menores gastos y mayores ingresos.

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Me entrevistaron en Crédito y Caución

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