Realidad a golpe de incendio

 

Mientras nuestro gobierno y sus palmeros siguen con la matraca del crecimiento del PIB nominal y la ficción estadística de los datos de desempleo como prueba del buen desempeño económico del país, nuestro llamado estado del bienestar no para de hacer aguas. La última han sido los incendios devastadores de los últimos días. Todos los veranos ocurre lo mismo, y el estado (desde la administración central a los municipios pasando por las autonomías), no son capaces de protegernos contra algo que todos sabemos que pasará. No se le puede echar la culpa al calentamiento global porque esto ya pasaba cuando yo era niño. Cierto que las altas temperaturas aumentan el riesgo pero el problema es la falta de inversión. Tanto en medidas preventivas como en herramientas contra el fuego. Esto no es más que un ejemplo más de la degradación de los servicios públicos, lo mismo que explica el desastre de la DANA de Valencia o el accidente ferroviario de Adamuz. Cada vez somos más usuarios y cada vez se gasta menos en servicios públicos. Y esto pasa con máximos de recaudación fiscal y con la enorme liquidez proporcionada por los fondos europeos Next Generation (según datos de la Airef sólo el 26% del dinero de éstos contra los incendios se ha llegado a ejecutar). Y esto generará más probabilidades de accidentes en carreteras que no tienen un buen mantenimiento, o -ojalá nunca pase- en una presa, o una lista de espera creciente en la sanidad que aumentará la mortalidad etc.

Normalmente cuando pasa algo muy malo el consuelo es que, tras este desafortunado hecho, se acometen reformas para que no vuelva a ocurrir. Por ejemplo, tras el accidente de Adamuz, el servicio de cercanías de Cataluña, del que se recibían quejas constantes, asumió al fin una muy necesaria revisión de puntos críticos. La situación era -y aún lo es- tan mala, que a día de hoy hay más tramos con limitaciones de velocidad que nunca. Y esto pasó porque hubo muertes en Córdoba, seguramente sin ellas la tragedia habría sucedido en algún “rodalíes”. Del mismo modo, aunque ni el gobierno ni Redeia asumieran la responsabilidad tras el apagón de abril de 2025, sí que se han tomado medidas para que no vuelva a ocurrir (y esperemos sean efectivas porque según parece hemos estado al borde de que volviera a suceder en varias ocasiones). Sin embargo, no ocurre lo mismo con los incendios. Las tragedias de cada verano no conducen a que se revise nada. Todo lo más a que nuestro presidente diga algo tan abstracto como que hace falta un pacto de estado contra el cambio climático.

Nuestro estado del bienestar empeora a pasos de gigante y el motivo es la mala gestión, la confusión de prioridades. Lo primero es que la mayor recaudación se va en demasía en pagar las pensiones públicas, es una partida de gasto que habría que recortar. Soy consciente de lo impopular que es eso pero es necesario. No obstante, también hay que recortar otros gastos (RTVE, publicidad institucional, ayuda al exterior, gasto político, subvenciones etc.) y fomentar inversiones rentables para el bienestar público. Si cada vez somos más los españoles, los servicios públicos deben estar mejor financiados. Y si no se hace, entonces no tenemos capacidad para seguir aumentando la población, aunque eso haga crecer el PIB. Para colmo, está la Ley de Nietos, que muchos están criticando por lo que amplía el censo electoral. No estoy seguro de si esos votos pueden ser decisivos pero a mí me preocupa mucho más el lado económico: ¿estamos seguros que regalar la nacionalidad española a habitantes de países más pobres que el nuestro no puede provocar una emigración masiva si ocurre una crisis allí? Ahora mismo Argentina, por poner un ejemplo, está mejorando su situación pero todos sabemos que las recesiones son cíclicas y que los países “emergentes” no son nada estables. Todos conocemos argentinos que emigraron a España en momentos malos, como últimamente ha pasado con los venezolanos. Si además son españoles por papeles, los incentivos para acudir aquí son mayores. Y como nacionales tendrán los mismos derechos a disfrutar de nuestro estado del bienestar.

No hay que ser un genio de las matemáticas para saber que a mayor población residente en España, habrá mayor demanda de vivienda (el otro gran problema del país) y de servicios públicos y por tanto hay que invertir más en construir y en la red de transporte y en la seguridad de la red eléctrica y en la sanidad etc. etc. Y lo más triste es que a veces no es sólo una cuestión de dinero, también de actuar con sentido común, que en el tema de los incendios ha brillado por su ausencia. Ya se había advertido que con las lluvias de febrero, sería necesario limpiar la excesiva vegetación, algo que no es tan costoso. Pero la prevención ha brillado por su ausencia, y es algo achacable 100% a nuestros gestores políticos. Y lo peor es que los ciudadanos nos metemos en discusiones “ideológicas” cuando es una cuestión de exigir a quien manda a que haga su trabajo. Porque si no, el próximo verano volveremos a sufrir lo mismo.

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